Opinión | En la ciudad
Que me alimente

Balcón de los Corralones de la Calle Castellar de Sevilla y Candado y pegatina publicitaria en un piso turístico del centro de Sevilla / Reyes Gallegos
En el pasado Festival de cine de Málaga se estrenó el cortometraje Que me alimente, de las directoras Olga Navalón y Bea Hohenleiter. En este cortometraje la ciudad juega como metáfora, haciendo de las obras que la transforman el subtexto del trágico proceso que está viviendo la protagonista. El drama que ella vive se cruza con planos de grúas gigantes, balizas y vallas, como paralelismo entre su cuerpo, al que maltrata, y una ciudad en proceso de cambio. La sensación de angustia que provoca la cinta me traslada a cómo siento las ciudades últimamente. No se trata de transformaciones positivas, como lo serían la rehabilitación o renaturalización de las urbes. Las imágenes del corto y la emoción que me despiertan tienen más que ver con eso tan neoliberal de arañarle al presente un futuro mejor que nunca llega y que además asfixia. Un proceso que disocia a la ciudad del concepto para lo que fue creada: la de unir y relacionar a las personas que la habitan para que puedan hacer cosas juntas.
Si en el cortometraje Que me alimente la protagonista padece la falta de comunicación con su familia, en las ciudades contemporáneas estamos asistiendo a un proceso especulativo que va cada vez más deprisa y de espalda a sus habitantes. En el caso de Sevilla, la periferia sur se ha transformado en un nuevo horizonte de incontables grúas que construyen bloques idénticosa precio de lujo y sin ningún tipo de arraigo o identidad. Las noticias de la última semana cuentan que el precio de la vivienda ha llegado a su tope en la ciudad, disparándose no sólo en el centro, sino también en San Jerónimo o Sevilla Este. Las consecuencias del turismo y la gentrificación han llegado a barrios como el Retiro obrero y Miraflores, que ya viven las tensiones entre la preservación de su identidad y la presión inmobiliaria. Muy cerca, la barriada Santa María de Ordáz y sus vecinos se encuentran en un estresante proceso de paralización de un proyecto de torre de ocho plantas que surge de la recalificación por decreto de un suelo dotacional. Las barriadas donde vive más población migrante, se encuentran abandonadas de mantenimiento, servicios e infraestructuras públicas, como es el caso de El Cerezo y El Rocío, donde también suben los precios y el ambiente de crispación, inseguridad y racismo aumenta a pasos agigantados sin que se esté llevando ninguna política pública de acompañamiento. Barrios aún más periféricos, como Su Eminencia, están completamente olvidados, con problemas incluso de abastecimiento de luz y agua.
Por su parte, el centro urbano de Sevilla ha sobrepasado con creces su capacidad de alojar turistas. Cuenta con casi diez mil pisos turísticos, siendo una de las líderes en irregularidades del país. Cada día nos sobrevuelan más aviones y en la zona norte intramuros, la única que quedaba con algo de personalidad, se está produciendo la amenaza y acoso para hacer desaparecer uno de los pocos espacios que quedan vinculados a los oficios tradicionales, con la finalidad de convertirlo en otro hotel y en viviendas privadas. La presión inmobiliaria se basa en el estado de abandono y precariedad de estos lugares, que son la consecuencia de graves incumplimientos en la falta de mantenimiento de estos edificios patrimoniales por parte de las administraciones, y en los acuerdos con los arrendatarios de los locales. Si el negocio de la vivienda y del turismo "es el motor principal de nuestra economía" quizás sea por la falta de fomento que existe hacia otras industrias y oficios.
Si el negocio de la vivienda y del turismo "es el motor principal de nuestra economía" quizás sea por la falta de fomento que existe hacia otras industrias y oficios
En este proceso de especulación y turistificación, en el que los souvenirs sustituyen al pequeño comercio y las tiendas del centro de Sevilla son idénticas a las del Newtown de Johannesburgo, las ciudades se homogenizan y peligra su propia identidad. Recuerdo cuando fui a Londres por primera vez y todo me parecía diferente a lo que yo conocía. Las fachadas, las tiendas, los mercados, los cafés, el tipo de vestimenta y la cantidad de culturas que convivían y trabajaban en la ciudad. Me emociona y entristece revivir esas sensaciones en una ciudad en la que administraciones y habitantes trabajan para el turismo. Sueño con llegar a conocer un modelo de ciudad que consiga no solamente que éste decrezca, sino que vuelva al concepto del antiguo viajero/a, que respetaba y se adaptaba a cada lugar y a cada cultura. En una ciudad donde la política de vivienda piense en la gente que la vive y la sostiene día a día. Donde los problemas de salud y educación de las personas sean una prioridad. Donde la administración pública valore y proteja los mercados, los comercios y los oficios, y donde ceramistas, herreros, artesanos, arquitectos o músicos vivan de su trabajo y no tengan que alquilar pisos para guiris, ponerles copas o limpiar apartamentos.
Deseo una ciudad que, como antaño, sea más "rica" -en el sentido más amplio de la palabra- cuanto más variado sea su comercio. Una ciudad vívida que aprenda de la historia y rescate lo mejor de cada época. Una ciudad donde se diseñen paseos islámicos, foros y anfiteatros romanos al aire libre para el disfrute de sus habitantes, no para los que la visitan. Una ciudad que gestione el agua como lo hacían los árabes. Una ciudad que incorpore huertas que nos permitan alimentarnos de comida autóctona. Una ciudad llena de olores, colores y sombra. De vida. De barrio. En definitiva, una ciudad que nos alimente a los que la vivimos de todo aquello para lo que fue creada.
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