Opinión | A compás
El ‘flamenkito’ y otras perversiones de la Feria de Abril

Feria de Abril. / Atrápalo / Europa Press
Un poco por rabia y también como declaración de intenciones me confesé desde el principio en mis perfiles públicos de redes sociales como amante del flamenco, sin ‘k’ ni diminutivos. La idea entonces no era tanto mostrar mi disconformidad por esa música que merodea lo jondo con más o menos gusto sino señalar su diferencia con un arte de extrema dificultad técnica y artística que se banaliza y difumina entre este batiburrillo de nomenclaturas.
El flamenquito se ha consolidado como un género propio, con códigos, referencias y un lugar muy definido dentro de la cultura popular andaluza. Aunque bebe de lo jondo, se diferencia del flamenco por su ligereza, su vocación festiva y su facilidad para conectar con el gran público.
Con sus variantes, que son muchas, el flamenquito se ha ido erigiendo casi como un género propio, que nada tiene que ver con proyectos más experimentales o propuestas de flamenco fusión. Es decir, entre la afición existe un consenso claro y natural sobre lo que abarca esta categoría y lo que, por su calidad, innovación o aportación, queda fuera. Aunque recorran los márgenes del flamenco, a nadie se le ocurriría decir que Ketama, Pata Negra, Niña Pastori, Los Delinqüentes, Chambao o El Bicho hacen flamenquito, sino nuevo flamenco, flamenco rock, flamenco latino, flamenco garrapatero, flamenco chill o directamente otra cosa.
Si hubiera que establecer unos parámetros para su clasificación, diríamos que el término alude más a esos temas ligeros y reconocibles, de estribillo pegadizo y factura musical sencilla, que se nutren de los palos más festeros de lo jondo (rumbas y tangos, básicamente), pero que se ejecutan con un compás acelerado y un acompañamiento instrumental (guitarra, teclado, cajón, pandereta e incluso batería) envolvente con el fin de que puedan ser seguidos por cualquiera sin necesidad de prestar mucha atención o tener unas facultades especiales.
La Feria de Sevilla es el gran escaparate de esa “flamenkitización” de los éxitos comerciales. Reguetón, salsa, trap o pop pasan por el filtro de rumbas, tangos y compás acelerado para convertirse en la banda sonora perfecta del rebujito, el bullicio y la celebración
Aquí no se mira la impronta personal del artista ni se exige que deleite al público con una interpretación magistral. Lo que prima más bien es la capacidad que tengan sus protagonistas para animar al respetable, la frescura con que aborden las composiciones y, principalmente, la amplitud y diversidad del repertorio. De hecho, la velocidad (y el tino) con que estos músicos sean capaces de versionar los grandes hits del momento es una clave fundamental para conseguir bolos y reproducciones.
Lo cierto es que bajo este patrón machacón cabe cualquier canción conocida sea del género que sea. De ahí que cualquier éxito que se precie, venga del reguetón, la salsa o el trap, tenga rápidamente su correspondiente versión flamenquita. Lo comprobamos en cada Feria de Abril donde estos grupitos se ven obligados a actualizar su oferta musical incorporando los últimos temazos del año y donde hemos podido escuchar insólitas -y perversas- adaptaciones a compás de canciones como La bicicleta de Shakira, Felices los 4 de Maluma, Despacito de Luis Fonsi, Bailando de Enrique Iglesias o Despechá de Rosalía.
El éxito de esta “flamenkitización” en un espacio como la Feria de Sevilla se explica fácil. En un contexto de bullicio, jolgorio, distensión y evasión, en el que se quiere bailar y olvidar, esta fórmula se erige como la banda sonora perfecta para acompañar las reuniones diversas e improvisadas, el brindis de rebujito y los codiciados platos de jamón.
Por encima de las grandes orquestas que gozan de tanto predicamento en otras ciudades españolas, en la capital andaluza es el flamenquito el que se apodera de la fiesta “nuestrificando” e incorporando el carácter local y ese aire cañí a los sonidos más universales y comerciales.
Dentro del flamenquito conviven varias corrientes estéticas, desde la más cani o lolaila hasta la más quinqui o cortijera. El texto cuestiona especialmente esta última deriva, a la que acusa de alejarse de lo popular para caer en lo empalagoso, lo pretencioso y hasta en cierta exaltación del clasismo.
De todas formas, dentro del flamenquito se pueden distinguir tres grandes influencias que definen distintos estilos y corrientes estéticas. Un flamenquito más cani o lolailo, que se nutre de la herencia de artistas como Los Yakis, Camela, El Barrio, Andy y Lucas, Las Chuches, Los Rebujitos o La Húngara; otro más maqui o quinqui, que recurre a las canciones de Los Chichos, los Chunguitos, las Grecas, Junco, Tijeritas, Canelita… Y el conocemos popularmente como cortijero, que predomina el resto del año en los locales de Triana, y cuya inspiración, tanto en las letras como en los arreglos musicales, es más rociera. Aquí, de hecho, han destacado formaciones como Siempre así, que junto a Raya Real ha sido uno de los conjuntos de versiones de rumbas más exitosos de los últimos tiempos.
Admito que de toda la tipología es esta última la que me produce más rechazo. Entre otras cosas, porque abandona lo popular y se aleja de su función original, la de actuar como catalizador de la fiesta, para caer en lo empalagoso y lo pretencioso.
Lo que salva al flamenquito es que nos permite celebrar el cutrerío, reírnos del hortera que llevamos dentro y desinhibirnos sin complejos. De algún modo, estos grupitos conectan con la filosofía de la feria misma. La de participar de una ilusión efímera que busca unirnos en lo más elemental. Mucha más perversión, en realidad, hay en esas casetas que hacen una oda al clasismo cerrando sus toldos para que unos cuantos con jurdeles disfruten a solas de los artistas flamencos que les cantan y bailan a compás.
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