Opinión | Le Fumoir
El despido

Sede de la editorial Grasset en París. / LPLT / Wikimedia Creative Commons
Se ha desatado una enorme polémica en Francia tras el despido, después de 26 años en el puesto, del director de la editorial Grasset, Olivier Nora, por parte del nuevo propietario del sello, Vincent Bolloré. Bolloré, para los que no lo conozcan, es un billonario propietario del grupo Vivendi, a través del cual controla la editorial Hachette, que a su vez se ha hecho con Grasset. Prosperó en los 90 gracias a la propiedad de puertos en África occidental, y se mueve como pez en el agua en los círculos de poder del país vecino, donde es visto como un tiburón de los negocios. Su yate, el “Paloma”, se hizo famoso porque Sarkozy participó en un crucero en él tras su elección en 2007, lo que se consideró delito de lesa patria por la opinión pública francesa, amiga del boato republicano, pero que aborrece, con razón, la ostentación como el peor de los pecados. Un presidente de la República puede tener amantes, segundas familias, connivencias con autócratas de otros continentes, pero no se le perdona aparecer en el yate de un empresario rico. El anuncio del despido de Nora, que Bolloré entiende como una decisión soberana de la nueva propiedad de la editorial, responde, según él, a criterios puramente comerciales. Sin embargo, no piensan lo mismo buena parte de los autores del catálogo de la casa, que han decidido, de consuno, en un fuenteovejuna literario, dejar Grasset para expresar su desacuerdo con la decisión. Entre ellos: Virginie Despentes, Bernard-Henri Lévy, Vanessa Springora o Frédéric Beigbeder, que han contado a su vez con el apoyo público de otros célebres escritores e intelectuales como Éric Fottorino, Pascal Bruckner, Anne Sinclair o Christine Angot. El debate que subyace va mucho más allá de la mera destitución del director de una editorial, y atañe directamente a la superestructura de todo el mundo cultural francés. Supone la entrada de un empresario considerado capitalista salvaje al modo norteamericano y de la nueva derecha global en un medio -un universo- tradicionalmente controlado por la “intelligentsia” del país: republicana, burguesa, de estirpe masónica, notable impronta judía y mayoritariamente de izquierdas –aunque en Francia, la derecha intelectual, como el propio Beigbeder, está en el sistema y tiene peso específico propio-. Es lo que algunos han llamado “la pequeña casta de Saint-Germain-des-Prés”, el barrio de la orilla izquierda feudo de la intelectualidad parisina. La irrupción de Bolloré pone en peligro el monopolio de ese grupo de intelectuales que ocupan la escena cultural, sucesivamente, desde el final de la IIGM, y especialmente tras mayo del 68. De ahí una polvareda que ha hecho que hasta el presidente de la República, Emmanuel Macron, haya tenido que salir a la palestra para defender ese “status quo” que ahora se tambalea. Bolloré, al modo de esos nuevos propietarios campanudos de equipos de fútbol, está dispuesto a hacer tabla rasa. Viene a decir que "quien paga, manda", una regla inapelable del capitalismo, que sin embargo no es ley en una realidad cultural de Estado como la francesa. Antes, los potentados en Francia procuraban marcar perfil bajo, por miedo, sobre todo, a la autoridad fiscal. Muchos decidían vivir en el extranjero, en Bélgica, Suiza o Luxemburgo. Francia siempre ha sido un país rico, pero sus ricos no querían que se supiera que lo eran. Era parte del discreto encanto de su burguesía. Hoy, los billonarios globales, liderados por los de Silicon Valley, han decidido salir del armario y ocupar todas las parcelas de poder. Empezaron por la economía, siguieron por la política y ahora buscan tomar la cultura. Es algo parecido a lo que ocurrió en el Washington Post, cuando el dueño de Amazon, Jeff Bezos, decidió adquirirlo, haciendo virar su línea editorial hacia posiciones más cercanas al poder trumpista. Lo ocurrido forma parte de un fenómeno llamado por algunos “el gran reemplazo” del poder. El debate hoy no es tanto entre derecha e izquierda –eso ha quedado superado- como entre el poder duro del dinero y los demás poderes, instituidos o no. El de los intelectuales en Francia era –es- un potentísimo grupo de influencia, un poder blando que marca el “esprit” no sólo de la escena cultural, sino de la república en sí, con todo lo que ello tiene de consustancial al país tal como lo entendemos desde 1958. Por eso esta batalla no es menor, y por eso nos muestra que el mundo está cambiando hasta en lugares, como Francia, donde nada nunca parece cambiar. Veremos si en este nuevo mayo francés prevalece, con el apoyo del Estado, la “excepción cultural francesa”, o si en esta primavera de París el magnate Bolloré se lleva por delante al gremio de pensadores y juntaletras de la “rive gauche” a los que, pese a su arrogancia intelectual y su maniqueísmo ideológico, los afectados de una cierta francofilia no podemos evitar querer. Si ven ustedes al “Paloma” amarrado frente a la brasserie Lipp, significará que han perdido y que Francia habrá cambiado para siempre, aunque no necesariamente para mejor.
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