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Opinión | Tribuna

“No me extraña que le hicieran bullying”. De la sensibilización a la acción

Menores entrando en clase en un colegio.

Menores entrando en clase en un colegio. / EFE

“No me extraña que le hicieran bullying es una frase, cuando menos, intolerable.

La realidad es que algunos estudiantes, no “encajan” en el aula: por intereses distintos, formas de relacionarse que generan fricción o respuestas emocionales más intensas. Otros, simplemente —sin motivo aparente—, acaban siendo señalados por alguna persona.

El problema suele comenzar con el rechazo de unos pocos. Pero la situación se agrava cuando se instala en el grupo lo que denominamos una norma implícita: determinadas conductas negativas hacia ese alumno se toleran, pueden percibirse como aceptables, incluso justificadas por su “forma de ser”, se normalizan. En otros casos, simplemente nadie actúa, y la víctima se queda sola.

Desde mi punto de vista, la norma implícita es una de las señales más rotundas —y a la vez más infravaloradas— del acoso escolar. Y aquí está el punto clave: cuando detectamos una norma implícita de este tipo, vamos tarde. La imagen de ese alumno o alumna dentro del grupo ya ha sido construida en negativo, y revertirla es complejo. Dependerá de la duración del caso, de la afectación de la víctima y del comportamiento de los compañeros y compañeras, fundamentalmente.

Porque el bullying (agresión repetida, intencional y con abuso de poder) no es una conducta individual, sino un fenómeno de grupo. La evidencia científica lleva décadas señalándolo. En torno a cada situación de acoso escolar aparecen distintos roles: quien agrede, quienes apoyan, quienes refuerzan sin implicarse directamente, quienes observan sin intervenir y quienes defienden.

El comportamiento de cada rol influye en los demás, por eso funciona como un sistema: en particular, el refuerzo —explícito o implícito— que recibe quien agrede por parte de quienes le apoyan, le refuerzan o permanecen pasivos, actúa como un motor que mantiene la conducta. Es precisamente en esa interrelación donde se sostiene— o se frena—la situación.

Por eso, la pregunta para intervenir no es solo qué ocurre, sino qué papel ocupa cada persona dentro del grupo: ¿participa en insultos? ¿calla? ¿apoya comentarios dañinos? o en cambio ¿interpreta las diferencias como algo positivo? ¿es modelo de respeto?.

Para ser justos, estas preguntas no deberían dirigirse exclusivamente a los menores, sino también a los adultos cercanos. Decía Bronfenbrenner que el alumnado se desarrolla en interacción constante con su entorno, y lo que ocurre en la escuela no es ajeno a lo que sucede en la sociedad. Por tanto, aquí identificamos la primera palanca de cambio para los referentes más próximos: construir modelos positivos.

¿Y cuál es la palanca de los centros?

Cada centro parte de una realidad distinta, con sus tiempos, sus recursos y sus propias prioridades. En ese contexto, el reto no es embarcarse en una cruzada sin límites, sino ordenar, priorizar y sostener en el tiempo aquellas actuaciones que realmente funcionan, completándolas coherentemente.

Los enfoques integrales o whole school approach (en inglés) que implican a toda la comunidad educativa y abarcan prevención, intervención y seguimiento, son los más eficaces. La prevención es la más importante, porque cuando el grupo ya ha decidido quién no encaja (o quién no importa), la intervención se vuelve más compleja, aunque factible.

En este marco, algunas pautas preventivas son:

El liderazgo de la dirección, que es determinante, pues de él dependen la coherencia, la coordinación y la asignación de recursos. Tras un diagnóstico inicial, su implicación se concreta en un plan de mejora sostenible que integre riesgos (personales y digitales, entre otros) y que permita identificar activos en el contexto (red de ayuda, espacios seguros, colaboradores, etc.).

El profesorado, el elemento clave. Entrenar su mirada en la detección de señales garantiza una intervención temprana, y su tolerancia cero reduce la prevalencia del acoso. Su adherencia al protocolo interno es esencial.

Con el alumnado, el reto es pasar de la sensibilización a la acción generando espacios seguros para la defensa. El uso de recursos estructurados —como el libro El niño que entró por la ventana, con guía práctica— contribuye a dinámicas de aula protectoras con normas consensuadas, y al aprendizaje por modelos.

Finalmente, gestionar la relación con las familias implica canalizar su papel de protección, estableciendo un pacto de colaboración previo a la aparición de los casos.

Afortunadamente, tenemos medidas eficaces frente al bullying más allá de la sensibilización, pero sin duda la clave es articularlas en un plan integral y sistemático, implicando a toda la comunidad educativa. Es entonces es cuando dejaremos de oír esa frase sumamente injusta: “no me extraña que le hagan bullying”.

Sobre la autora

La doctora Blanca López Catalan es titular en la Universidad Pablo de Olavide y autora de la novela guiada 'El niño que entró por la ventana'

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