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Opinión | En la ciudad

Yo siempre a veces

Detalle de una puerta en Berlín

Detalle de una puerta en Berlín / Reyes Gallegos

La serie Yo siempre a veces, reciente ganadora del premio al mejor guión en el prestigioso festival internacional Canneseries, está rodada en dos de mis ciudades favoritas, Berlín y Barcelona. Fundamentalmente, en una Barcelona desconocida, que apenas vemos en las películas y nunca en las postales. El paseo nocturno del primer capitulo en busca de la rave es de las mejores cosas que he visto últimamente. Me fascinan las derivas urbanas en el cine, y más en una geografía como la de la capital catalana, con ese cambio topográfico entre un barrio y otro, que permite divisar la ciudad desde distintos puntos medida que te alejas un poco del centro.

La interpretación de la protagonista, Ana Boga, es increíble, pura verdad. No importa si lo que le pasa lo has vivido exactamente igual, de manera parecida o sólo lo intuyes. Lo hace tan natural que empatizas por completo. También se nota que Marta Bassols o Marta Loza (sus creadoras) conocen en primera persona la maternidad, por cómo retratan la capacidad de las madres para amar y crear entre nuestro bebé y nosotras un hábitat inmaterial pero seguro, así caigan bombas alrededor. Es impresionante lo bien que se cuenta no sólo que nuestra mirada hacia el mundo cambia por completo al ser madre -qué mirada la de la protagonista: a ella misma a través del espejo, al padre, a su madre, a sus amigas, a la jefa, a los guiris, a la ciudad-, sino que nuestra identidad va mucho más allá de amar a un hijo y de saber cuidarle. Que el rollo de la “conciliación” es mentira, sobre todo durante el año y medio o dos que comprenden el periodo del embarazo y la lactancia, y que eso no quita que una madre tenga derecho a ser contradictoria como lo era antes de parir, y a reivindicar la compatibilidad entre maternar y su capacidad para trabajar, desear o pasarlo bien.

La protagonista, Laura, es una joven de 30 años, trabajadora, inteligente, inquieta y culta. Pero también madre soltera en un país (España) donde los servicios sociales no responden eficazmente a esta situación. Pero la serie no sólo empatiza con la maternidad en solitario, sino también con la conciencia de clase, con la perspectiva de género, con las situaciones límites cuando te encuentras en los márgenes y, sobre todo, con la precariedad de toda una generación en cuyo país no se valora lo formada, creativa o resolutiva que seas, sino lo pronto que llegues al trabajo y acates las normas. Un país donde la especulación inmobiliaria hace imposible que una persona sola pueda pagarse no un apartamento, sino una habitación, si además de trabajar, tiene que cuidar a un bebé o a una persona dependiente. Se reflejan a la perfección las consecuencias que tiene para los habitantes entregarle una ciudad al turismo y no tener posibilidades de acceso a una vivienda, cómo no tener techo te expulsa de un país o de elegir tu propia vida, y cómo a día de hoy puede ocurrirle a cualquiera. En el caso de Laura, el problema aumenta al ser madre y pertenecer a una familia adinerada. Pero es inevitable pensar que si es prácticamente imposible para la protagonista, española, joven, y un diccionario andante -como le llama su novio-, cómo lo será para una persona sin estudios, dependiente o migrante sin papeles.

Por todo esto, la serie me mantuvo angustiada, pero me sentí realmente identificada al recordar cuántas veces he soñado con haberme quedado a vivir en Berlín porque me he sentido profesionalmente expulsada en mi ciudad. Y todas las veces que por vivir en ella he renunciado a desarrollar un trabajo que me apasiona. Si la protagonista de la serie se ve abocada a elegir entre ser una magnífica gestora cultural en Berlín o acudir al afecto de los suyos en su ciudad so pena de servir platos a los guiris, yo -y la mayoría de mis colegas- sentimos esa frustración profesional en una ciudad tan conservadora y resistente al cambio como Sevilla, empeñada en mantener el status quo en casi todo menos en el turismo. Lo de querer vivir en Berlín no era algo “snob”, sino la posibilidad de poder realizar el trabajo para el que nos formamos. En mi caso, es imposible como urbanista que los gestores públicos deleguen y nos permitan implementar políticas de movilidad sostenible, por ejemplo, o de gestión eficiente de los recursos públicos de una ciudad. En materia de vivienda tampoco nos dejan llevar a cabo soluciones ya exitosas en otras geografías, como poner a disposición suelo y edificios públicos para viviendas sociales o cooperativas de vivienda en cesión de uso. A nivel estatal la cosa no está mejor: hace cuatro días se ha derogado el decreto para prorrogar los alquileres, lo que afecta a miles de familias y jóvenes españoles.

En una calle de Berlín modificada con urbanismo táctico.

En una calle de Berlín modificada con urbanismo táctico. / Daniela Cobos

Es triste que Laura y su hijo estén más desprotegidos de vivienda y de servicios públicos en su ciudad que en otro país. E igual de triste que España deje ir a talentos formados en su propia Universidad pública, muchas como yo, gracias a las becas. No puedo evitar pensar que si la generación millenial (y a este paso la zeta) está marcada por la inestabilidad laboral, económica y de vivienda, a mi generación nos marcó la crisis inmobiliaria de 2008, y elegir entre rebajar las expectativas profesionales o irnos a trabajar fuera. Como Laura, más de la mitad de mis compañeras arquitectas emigraron a otros países europeos y a otros continentes. La mayoría de arquitectas que se han quedado se han dedicado a la docencia u otras profesiones, y los que siguen resistiendo en la arquitectura, no tienen muchas más opciones que sucumbir a proyectos pobres arquitectónicamente pero muy rentables para los inversores, o bien a la tramitación de licencias y reformas para apartamentos turísticos. A ambas generaciones -la de Laura y la mía- nos une esa necesidad constante de reconstruir nuestro lugar en el mundo. El hecho de no poder desarrollar el talento que tenemos, afecta a nuestra identidad y autonomía, como personas y como país. Para mí, la serie es una llamada a gritos a la sociedad y a los dirigentes, de los que necesitamos que dejen de apostarlo todo al turismo, y en lugar de expulsarnos de nuestro país y de nuestras vidas, protejan la sanidad y la educación públicas, aseguren la vivienda y faciliten la creación de otras industrias mucho más necesarias para construir el futuro que queremos y necesitamos. Yo siempre a veces me pregunto por qué en este país no se reconoce el valor de nuestros sectores, y qué podemos hacer para conseguir transmitir lo beneficioso que sería para nuestra sociedad una apuesta firme por la buena arquitectura, el arte y la cultura.

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