Opinión | A compás
¿Cómo es ser Farruquito?

Portada del documental 'Serás Farruquito'. / El Correo
No debe ser fácil ser Farruquito. Lo pienso cada vez que lo veo en el escenario e intuyo la vulnerabilidad que esconden sus ojos detrás de su brutal presencia escénica. Si los demás nos pasamos la vida tratando de reconocernos o alejarnos de todo aquello que llevamos a cuesta desde niños, ¿cómo se digiere ser nieto de una de las figuras del baile flamenco más emblemáticas de la historia e hijo de dos artistas únicos como el cantaor Juan El Moreno y la bailaora Rosario La Farruca?
Sobre la transmisión de este legado, los honores del apellido y sus peajes profundiza precisamente Serás Farruquito, el documental estrenado en el pasado Festival de Cine de Sevilla y que tras un importante recorrido por festivales internaciones, como el DOC NYC, Fipadoc de Francia o RedSea de Arabia Saudí, llega a los cines el próximo 15 de mayo. Una obra que dará pie a un espectáculo que estrenará en la Bienal de Flamenco el 28 de septiembre.
(Tráiler del documental que llegará a los cines el próximo 15 de mayo)
Más allá de una biografía sobre este niño prodigio, considerado por el New York Times como “el mejor bailaor flamenco de este siglo”, la cinta de Santi Aguado y Reuben Atlas, escarba en su árbol genealógico para tratar de explicar el enigma que conlleva heredar un talento y cumplir dentro y fuera de casa el rol que te viene dado. “Tú has sacao mi veneno. Éste es mío”, cuenta orgullosa su madre que le decía su abuelo Farruco, quien desde el principio vio en él “su reencarnación”. La misma que él intuye en su hijo El Moreno.
Lo cierto es que este “mesías del baile” no sólo encarna un legado estético y ético, sino también los valores de la cultura gitana y un modo concreto de entender el flamenco que durante mucho tiempo ha estado en pugna con otro, el payo, que no corre por las venas, sino que se aprende en los conservatorios y academias. Una idea en torno al que se ha ido construyendo un relato que contrapone el flamenco intuitivo frente al conceptual. El natural frente al ensayado. El visceral frente al rígido. El auténtico frente al impostado. “Nunca sé lo que voy a hacer cuando me subo a un escenario”, suele confesar Farruquito en sus espectáculos alimentando el mito.
Este discurso que, aunque superado, sigue suscitando importantes debates y polémicas, cojea en cualquier caso desde el momento en que se desvela la cantidad de horas de estudio que Farruquito practica desde que tiene uso de razón. La férrea disciplina que le transmiten desde niño y cómo su entorno va depositando en él enseñanzas y consejos que le hacen tomar muy pronto consciencia de lo que significa ser artista y establecer con el flamenco una relación sagrada.
Es evidente que la naturaleza de los gitanos, su propia sensibilidad, el peso que tiene en ellos los lazos familiares, el respeto a los mayores, el orgullo con el que lucen sus tradiciones, la cercanía con la que se relacionan, la convivencia intergeneracional que mantienen y el carácter fraternal con que se tratan favorece este intercambio de saberes y conocimientos que encuentra en el flamenco su lenguaje natural. De ahí que pocas disciplinas artísticas pueden competir en sagas y dinastías como el arte jondo.

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No es que sea necesario llevarlo en el ADN para ser una figura, pero la forma de relacionarte con este arte jamás podrá ser igual si tus primeros pasos los das a compás o si, siendo un chaval, ves a tu padre morir con 42 años cantándote en el escenario, como narra el protagonista en la película que aborda la cara más amable y la más dura de esta estirpe flamenca marcada por el talento, el sacrificio y la tragedia.
A través de grabaciones e imágenes del archivo familiar, entrevistas, ensayos en el estudio y actuaciones desde sus inicios a la actualidad (con cuatro piezas grabadas exprofeso), Serás Farruquito logra sumergir al espectador en la complejidad de un personaje preso de su destino. “Yo he sido creador, pero con tu edad no ha bailao nadie como tú bailas”, le advierte el abuelo en uno de los clips.
Con un relato sincero y directo, la película consigue revelar la genialidad del artista y la fragilidad de la persona que hay detrás. Sobre todo, porque junto a la épica que rodea su vida y su carrera rondan también los fantasmas, miedos, heridas e inseguridades del niño que cuatro años ya debutó en Broadway y del adolescente que, sin elección, tuvo que tomar las riendas de su casa.

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Lo interesante de la propuesta en este caso es que permite acercar el alcance universal del que fue considerado por la revista People “como una de las 50 personas más bellas del mundo” sin huir de los episodios más duros que han marcado su historia. Sus orígenes humildes, el fallecimiento del tío del que hereda el nombre en un accidente de tráfico a los 18 años y, paradojas, el otro accidente mortal que le lleva a prisión y lo condena al ostracismo durante años. Todo con una narrativa emotiva que, sin embargo, deja lugar a la risa e incluso a cierta autocrítica sobre la representatividad que conlleva este legado.
Escuchándole en la cinta me pregunto si a Farruquito le han dejado ser Juan Manuel Fernández Montoya. Si se ha permitido alguna vez conocer lo que hay debajo del disfraz de “el capitán”. ¿Cómo recoge su heredero esta antorcha y mantiene viva la llama?
Igual que predico que hay que ver a Farruquito al menos una vez en la vida porque existen muy pocos bailaores una identidad tan personal y que sean capaces de producir la fascinación que él produce, confieso que me ha enfadado muchas veces porque pienso hasta qué punto es cautivo de su cliché o le condiciona el peso de la tradición que le ha tocado defender. La que lo ha convertido ya en leyenda, en mito, en referente y en faro.
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