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Cultura en campaña: mucho más que un adorno electoral

Los candidatos a la presidencia de la Junta de Andalucía para el 17M. / El Correo
Durante años, la cultura ha ocupado un lugar secundario en las campañas electorales andaluzas, casi siempre eclipsada por debates considerados más urgentes: sanidad, empleo, vivienda o impuestos. Sin embargo, en estas elecciones de mayo de 2026 algo parece estar cambiando. La cultura ha dejado de ser un simple complemento ornamental de los programas para convertirse, al menos sobre el papel, en un asunto con peso propio.
No es casualidad. Andalucía sabe que una parte esencial de su imagen exterior, de su economía y de su autoestima colectiva descansa precisamente en la cultura: el flamenco, el patrimonio histórico, la literatura, el cine, las fiestas populares o la creación contemporánea. Pocas comunidades poseen un capital simbólico tan potente. Y, sin embargo, pocas veces ese valor se traduce en una política cultural ambiciosa y sostenida.
La cultura ha dejado de ser un simple complemento ornamental de los programas para convertirse, al menos sobre el papel, en un asunto con peso propio. Andalucía sabe que una parte esencial de su imagen exterior, de su economía y de su autoestima colectiva descansa precisamente en la cultura.
Las principales fuerzas políticas concurren ahora con propuestas diferenciadas. El Partido Popular, con Juanma Moreno al frente, insiste en una visión de la cultura como industria estratégica. Incentivos al audiovisual, digitalización de archivos, conservación patrimonial y colaboración público-privada dibujan un modelo orientado al crecimiento y a la proyección exterior. La cultura como motor económico. Como marca. Como escaparate.
El PSOE andaluz, liderado por María Jesús Montero, plantea una mirada distinta: la cultura como derecho ciudadano. Más presupuesto público, ayudas a creadores, red de espacios en municipios medianos y pequeños y programas escolares reflejan una apuesta más social, centrada en el acceso y en la cohesión territorial. La cultura como servicio público y como igualdad de oportunidades.
Vox se mueve en otro terreno: el de la identidad nacional y la defensa de las tradiciones. Tauromaquia, Semana Santa, patrimonio religioso y revisión de subvenciones consideradas ideológicas forman parte de su discurso.
La cultura genera riqueza, empleo y prestigio. La diferencia está en el enfoque. Para unos debe impulsarse desde la empresa y la inversión privada; para otros requiere una fuerte presencia pública.
La cultura entendida como legado histórico y continuidad simbólica.
Por Andalucía, en cambio, vincula la política cultural a una agenda progresista: igualdad de género, descentralización, apoyo a salas pequeñas y transición ecológica de eventos y festivales. Defiende una cultura menos dependiente del mercado y más conectada con derechos sociales y nuevas sensibilidades.
Adelante Andalucía introduce además un componente propio: el andalucismo cultural. La defensa del habla andaluza, de la memoria histórica propia, del flamenco de base y de los espacios comunitarios busca situar la cultura como herramienta de afirmación política y autoestima colectiva.
En realidad, más allá de los matices, todos reconocen algo evidente: la cultura genera riqueza, empleo y prestigio. La diferencia está en el enfoque. Para unos debe impulsarse desde la empresa y la inversión privada; para otros requiere una fuerte presencia pública. Para unos la prioridad son las tradiciones; para otros, la diversidad y la creación contemporánea. Para una basta con grandes ciudades y grandes eventos; para otros es imprescindible llevar la oferta cultural al conjunto del territorio. Pero el debate no termina en los partidos.
La cultura no es un lujo para tiempos de bonanza ni una fotografía bonita para campaña electoral. Es economía, educación, identidad, empleo y cohesión social al mismo tiempo.
También sindicatos y empresarios están interviniendo con claridad. CCOO y UGT reclaman más inversión pública, empleo digno, estabilidad laboral y acceso cultural igualitario. Recuerdan algo incómodo pero cierto: detrás de cada festival, teatro o producción audiovisual hay trabajadores sometidos con frecuencia a precariedad e intermitencia.
La Confederación de Empresarios de Andalucía, por su parte, insiste en la simplificación administrativa, la atracción de rodajes, la colaboración público-privada y la internacionalización de la marca Andalucía. Considera la cultura como una industria capaz de generar competitividad, empleo e inversión. Y probablemente ambos tengan parte de razón. Sin empresas no hay músculo económico; sin protección pública no hay equilibrio ni acceso universal. Sin mercado no hay expansión; sin derechos laborales no hay sostenibilidad.
Ese será, en el fondo, uno de los grandes retos del próximo Gobierno andaluz: entender que la cultura no es un lujo para tiempos de bonanza ni una fotografía bonita para campaña electoral. Es economía, educación, identidad, empleo y cohesión social al mismo tiempo. Las elecciones decidirán quién gobierna Andalucía. Pero también deberían decidir qué lugar ocupará la cultura en el futuro de la comunidad: si seguirá siendo un capítulo menor en los presupuestos o si, por fin, se la tratará como lo que realmente es: una inversión estratégica.
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