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Opinión | Las cosas del votar

Ana Salazar

Ana Salazar

Presidenta de ACOP

Sevilla

Adamuz y la lógica del último escaño

Vídeo | Capítulo 21. "Adamuz y la lógica del último escaño". Por Ana Salazar

Ana Salazar

Hay un momento en las campañas electorales donde los partidos dejan de pensar en política y empiezan a pensar en escaños. Y todo indica que Andalucía ha entrado ya en esa fase.

Porque hasta ahora la lógica del PP parecía bastante clara. Con las encuestas apuntando a una posible mayoría absoluta, la estrategia más racional era una campaña plana, tranquila y sin sobresaltos. En un contexto de incertidumbre internacional, polarización y ruido político, la estabilidad parecía ser uno de los principales activos de Moreno Bonilla.

No siempre se vota cambio. A veces se vota normalidad.

Por eso daba la sensación de que al PP le sobraba esta última semana de campaña. Cuando vas por delante, cada día extra aumenta las posibilidades de errores o de movilización del adversario. Y además, conforme se acerca el final, los partidos pequeños suelen encontrar algo más de espacio electoral, complicando especialmente el reparto de los últimos diputados provinciales.

Pero entonces apareció Adamuz.

Primero en el debate de vuelta. Después en redes sociales, donde el PP decidió convertir el tema en uno de los mensajes destacados de la noche. Y más tarde con la aprobación de ayudas en el Consejo de Gobierno para las familias de los fallecidos y los heridos del accidente, manteniendo el asunto vivo incluso mientras la oposición denunciaba el uso electoralista de una tragedia y la polémica no dejaba de crecer.

Y ahí es donde la campaña cambia de naturaleza.

Porque la pregunta deja de ser si esto mejora o empeora la imagen general del PP. La cuestión pasa a ser otra mucho más concreta: si este tipo de movimientos ayudan a consolidar determinadas décimas en una provincia donde puede estar jugándose el último escaño.

Cuando un partido quiere apuntalar una mayoría absoluta, la campaña deja de diseñarse únicamente para ampliar bloques. Empieza a diseñarse para asegurar territorios concretos. Un diputado en Córdoba. Un resto en Jaén. Una movilización diferencial en Almería. Un puñado de votos decisivos en Cádiz.

Y desde esa lógica, algunas decisiones que mediáticamente pueden parecer arriesgadas empiezan a tener sentido electoral.

Porque los partidos no evalúan si habrá críticas. Siempre las hay. Lo que evalúan es si esas críticas cambian votos o si, por el contrario, quedan encapsuladas dentro del electorado adversario mientras consolidan posiciones propias.

De hecho, una de las claves más interesantes de esta recta final es precisamente esa: que el PP quizá ya no está intentando crecer, sino consolidar una mayoría absoluta suficientemente amplia como para evitar una noche agónica el domingo.

Porque 55 escaños no es un número cómodo. Es una calculadora abierta toda la noche electoral, pendiente de restos, voto exterior y posibles movimientos de último momento. Un número que se te escapa sin que te des cuenta.

Y eso explica por qué la campaña del PP empieza a parecerse más a una cirugía matemática.

La insistencia con Adamuz puede interpretarse como nerviosismo. Pero también puede interpretarse justo al contrario: como una decisión muy medida de un partido que cree saber exactamente dónde se está jugando los últimos diputados.

No hay que olvidar que en las anteriores elecciones autonómicas Vox se quedó en Córdoba a apenas 1.300 votos de arrebatarle al PP el último escaño provincial. Y cuando una mayoría absoluta depende de los restos, unas pocas décimas dejan de parecer poca cosa.

Quizá por eso Adamuz dice menos sobre la tragedia y más sobre el punto exacto de la campaña en el que está el Partido Popular. Y es justamente ahí, en esa mezcla de cálculo, intuición y miedo donde se reconocen las campañas que aspiran a una victoria incontestable.

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