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Opinión | Tribuna

Vanesa Navarro

Vanesa Navarro

CEO de Malacate Comunicación

Sevilla

El escondite político

Vista de publicidad electoral en una calle de Málaga.

Vista de publicidad electoral en una calle de Málaga. / Gregorio Marrero / EFE

Cuando de niña jugabas al escondite y escuchabas los pasos del que buscaba acercarse, el corazón se te disparaba. No lo decidías. Simplemente ocurría. Y lo que hacías a continuación —salir corriendo, quedarte inmóvil, aguantar la respiración— tampoco pasaba por ningún razonamiento. Lo decidía tu cuerpo.

Andalucía vota el domingo. Y estos últimos días de campaña se parecen mucho a ese momento: el tiempo se acaba, el buscador se acerca, y los candidatos reaccionan desde las tripas más que desde el programa.

Merece la pena preguntarse por qué.

Existe una idea muy extendida que conviene desmontar: que una campaña emocional es una campaña vacía. Que apelar al sentimiento es renunciar a la ideología. La neurociencia lleva décadas diciendo lo contrario.

El neurobiólogo Antonio Damasio demostró en los años noventa que el cerebro humano no toma buenas decisiones cuando le falta emoción. Sus pacientes con daño en ciertas zonas cerebrales razonaban perfectamente y, sin embargo, eran incapaces de elegir bien en su vida diaria. Lo que fallaba no era la inteligencia: eran las señales emocionales que actúan como brújula inconsciente cuando nos enfrentamos a la incertidumbre.

Votar es, por definición, elegir entre futuros que no podemos ver. Una incertidumbre enorme. Y el cerebro, antes de que ningún argumento llegue a procesarse, ya ha respondido con el cuerpo.

El neurocientífico Drew Westen fue más lejos aún: con resonancias magnéticas sobre votantes reales, demostró que los circuitos emocionales se activan antes que los racionales cuando el cerebro procesa información sobre candidatos. La razón llega después, y en gran medida para justificar lo que el instinto ya decidió.

La emoción, en política, no es el ruido del sistema. Es parte del sistema. Pero hay una trampa. La emoción sin ideología dentro se evapora. El votante no lo sabe explicar, pero lo nota en el estómago: cuando un discurso emociona pero no dice nada, algo no cuadra. La emoción es el vehículo; la ideología, el destino. Cuando el vehículo viaja vacío, no convence.

Con eso en la cabeza, la recta final andaluza se lee de otra manera.

José Ignacio García no se esconde: sale a pillar. Desde el primer día apostó por la emoción declarada —"Adelante, vota lo que sientes"— mezclando andalucismo, feminismo y juventud sin disimulo. No hay vacío debajo: hay ideología condensada en su forma más directa. Es el jugador al escondite que decide salir corriendo antes de que lo encuentren.

Juanma Moreno arrancó como el que cuenta despacio, seguro de que nadie se movería. Pero en el debate final algo se torció: el frente de izquierdas sobre los cribados lo sacó del perfil prudente y respondió desde la herida. "Me habéis llamado asesino desde las cuentas oficiales de su partido". Eso no estaba en ningún guion. Era el corazón latiendo más deprisa de lo previsto. El buscador que, de repente, también tiene miedo.

María Jesús Montero es quien aguanta el aliento más tiempo. Con las encuestas en contra, eligió en sus últimos mítines un tono más emocional que triunfalista, ante militantes que aplaudían casi como quien busca una razón para creer. Ha construido una narrativa de resistencia"se ha pisoteado mi imagen"— que no abandona su ideología: la traduce al único idioma que el cerebro escucha primero.

Antonio Maíllo es el que contiene la respiración con más disciplina. Su campaña acumula emoción sin gritar: una cadena de "pors" —por la vivienda, por la sanidad, por ti, por Andalucía— que convoca sin estridencias. Sabe que el buscador está a un metro. Apuesta a que la izquierda que no se resigna lo encuentre a él antes de que sea tarde.

Manuel Gavira es el único que no juega al escondite: nunca aceptó las reglas. Vox llega al final con el mismo discurso del primer día, sin mover una coma. Su emoción no es la del que se esconde ni la del que busca: es la del que espera fuera, seguro de que el miedo ajeno es su mejor argumento.

El domingo, cuando Andalucía entre en los colegios electorales, no lo hará con un programa en la mano. Lo hará con el cuerpo cargado de semanas de imágenes, de frases que resonaron o que dejaron frío, de momentos en que el corazón latió más deprisa.

El escondite habrá terminado. Y el cerebro —ese órgano que vota antes de que lo sepamos— ya habrá decidido.

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