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Opinión | Miel, limón & vinagre

Rodrigo Sorogoyen, la vida es chunga y está en plano secuencia

Rodrigo Sorogoyen.

Rodrigo Sorogoyen.

Si es cierto eso de que cuando te mueres toda tu vida pasa delante de tus ojos, sepa que si a usted le toca como montador de guardia Rodrigo Sorogoyen contemplará sus greatest hits en un plano secuencia de unos veinte minutos, con muchas broncas, la cámara pegada a su jeta y sus allegados y un tono intenso hasta cuando se muestren los momentos en que hacía la declaración de la renta. Porque el plano secuencia y la bronca malrollera continua son la gran seña formal del cine de este madrileño exigente, ambicioso y que nunca saldrá en la lista ésa de famosos con los que uno se iría de cañas, pero que se pasea por la Croissette del Festival de Cannes con la vitola del auteur español del momento.

Supongo que es lógico que este licenciado en Historia por la Complutense acabara siendo director de cine. Porque la ficción estuvo presente en su vida siempre, sin que él lo supiera: «Mi trauma viene de que mis padres me ocultaron que estaban separados. Por amor. Mi padre se iba cuando yo me dormía. Pero mi padre me recogía del colegio, me llevaba a casa, jugaba conmigo y yo me acostaba y mi padre se iba», contó recientemente en una entrevista en la SER. Luego resulta que conoció a su abuelo cuando cumplió ocho años pero tres meses después «lo atropelló un autobús».

Con ese currículum convendrán conmigo que este hombre no iba a terminar haciendo comedias familiares protagonizadas por Leo Harlem en vez de melodramas desde del lado 'jarcor' de los sentimientos como Madre (2019) o El ser querido (2026) o malrollismo de machos de campo en plan As bestas (2022).

A Sorogoyen le han llamado muchas veces pijo, supongo que por tener una presencia atildada, un comportamiento discreto y un apellido raro (tampoco ayuda que le guste que los amigos le llamen Ruy). A ver, es nieto y sobrino de los directores de cine Antonio del Amo y José Luis Madrid, respectivamente, lo que no habrá sido un hándicap a la hora de intentar seguir sus pasos. Pero si hubiera pertenecido realmente a la upper class intuyo que no habría tenido que recurrir al crowdfunding y encontrar a casi 200 mecenas para pagar los, ojo, 8.000 de los 60.000 euros que faltaban por financiar de su primer largo en solitario, Stockholm (2013). O quizás es que sus familiares son unos ratas, que todo puede ser.

Yo, en cambio, asocio lo del pijerío a una cierta arrogancia y severidad en su manera de aproximarse a sus personajes y, especialmente, por cómo elige hablar de sus conflictos, el dichoso plano secuencia, un cliché ya para los directores que entienden la expresión audiovisual desde el alarde técnico. Rodrigo Sorogoyen argumenta que lo usa para «meter al espectador en la escena y vivir lo que los personajes están experimentando». Bien, Rodrigo, pero, al final, terminamos hablando más de las proezas milimétricas que de lo que estaban sintiendo y diciendo los personajes que lo habitaban, así que algo falla. O no, porque tú has estado nominado al Óscar por un cortometraje (Madre, 2018) y ahora estás en Cannes y yo aquí, escribiendo sobre ti.

Me da la sensación de que Isabel Peña, la coguionista del madrileño desde su primer largo, ejerce un tanto de freno para un potencial derrape de ego de Sorogoyen (también ella es más alta que él, por cierto). La de Zaragoza (que en muchos aspectos parece su opuesto: tuvo una «infancia maravillosa» y da la sensación de que su curiosidad por las personas es más de cotilla que de morboso) dice seguir los preceptos del gran Cesare Zavattini: «Para tener una historia sólo hay que sentarse en una terraza de Roma con una libreta y una pluma y escuchar a la gente que pasa».

Ambos, Isabel y Rodrigo, hablan y hablan durante meses hasta que encuentran un tema que les apetece (una noticia, una anécdota) y a partir de ahí construyen sus películas. Intuyo que esas charlas enriquecen lo que, sólo pergeñadas por Sorogoyen, quedarían en ensayos más cojos sobre la masculinidad tóxica, las mentiras en las relaciones de pareja y otros asuntos capitales en las películas de ambos [Nota: bien por Sorogoyen por llevarla a Cannes y sentarla en la mesa de la rueda de prensa de El ser querido].

No tiene pinta de que Rodrigo Sorogoyen (a estas alturas, Ruy) 'toque pelo' en Cannes (Javier Bardem, quizás): sólo la prensa española desplazada allí ha regado de cinco estrellas sus reseñas (pero ya saben que el chovinismo siempre es francés); los críticos internacionales, en cambio, le han endosado de media un 2 sobre 4. Veremos qué tal le sienta el suspenso precisamente cuando el mundo estaba escrutándolo por fin. En fin, la vida es chunga y está en plano secuencia. Es lo que nos lleva diciendo unos cuantos años.  

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