Opinión | En la ciudad
El lugar donde fuiste feliz

Cine de verano Hispano-Villasol ubicado en la Alameda de Hércules desde 1938 hasta 1949. / ICAS SAHP, Fototeca Municipal de Sevilla, fondo Vilches
“Recuerdo la escalera de madera de mi tía, con sus peldaños de roble oscuro, suavemente gastados por el uso, cuyo crujido al pisarlos siempre me anunciabael momento de entrar en su casa, transmitiéndome una sensación de profunda familiaridad. Aquellos recuerdos contienen la esencia más pura y densa de la arquitectura”.
Hace muchos años, leí este párrafo de Peter Zumthor -uno de mis arquitectos favoritos durante la carrera- en su libro Pensar la arquitectura. Pensé en la capacidad de un espacio para conmovernos en fracciones de segundo, y en la fuerza de la memoria acústica y visual o la atmósfera para evocarnos recuerdos que configuran nuestra percepción del espacio y nuestro afecto o amor por ellos.
La topofilia, de las raíces griegas topos -lugar- y philia-amor o afinidad-, es el vínculo afectivo y el amor intenso que las personas desarrollan hacia un entorno, paisaje o lugar específico.
Pensé en la capacidad de un espacio para conmovernos en fracciones de segundo, y en la fuerza de la memoria acústica y visual o la atmósfera para evocarnos recuerdos que configuran nuestra percepción del espacio y nuestro afecto o amor por ellos.
Las ciudades están cambiando a un ritmo más rápido que los recuerdos. Sobre el amor y el desamor comienza hablando Pedro Bravo en su libro Todo esto antes era ciudad. Como decía aquella canción de Joaquín Sabina: al lugar donde has sido feliz no debieras jamás de volver. ¿Quién no ha vuelto a Barcelona, a Londres o a Berlín y ha sentido ese desgarro? Aquello que te enamoró de una ciudad hoy no existe: se parece a todas las demás que has visitado. Y donde había algo que te hizo vibrar, hoy es una pizzería más o un hotel. Pedro Bravo le llama desamor en su libro, refiriéndose a esa nostalgia y vacío incómodo sin ausencia. Padura habla de extrañamiento o ajenitud en su libro sobre La Habana. La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene. Decía Italo Calvino en Las ciudades invisibles. Las ciudades mueren cuando expulsamos a quienes las recuerdan.
Las ciudades están cambiando a un ritmo más rápido que los recuerdos. Sobre el amor y el desamor comienza hablando Pedro Bravo en su libro Todo esto antes era ciudad. Como decía aquella canción de Joaquín Sabina: al lugar donde has sido feliz no debieras jamás de volver. ¿Quién no ha vuelto a Barcelona, a Londres o a Berlín y ha sentido ese desgarro?
Últimamente, cuando camino por mi barrio con mis hijos, no puedo evitar hablarles de lo que había antes, o de lo que eran antes algunos sitios. Y no hablo solamente de aquellos rótulos o fachadas que tanta identidad tenían y han desaparecido. Me refiero a lo que acontecía en los lugares. El otro día les hablé del cine de verano donde veíamos películas en las noches de junio y julio mientras comíamos pipas en un solar que hoy es la comisaría de policía. Y del último cine que cerró en la Alameda. Les hablé de su entrada cósmica: aquella taquilla recubierta hasta el techo de luces como rayos naranjas invitándonos a entrar en el corazón de una nave nodriza con gruesas puertas acristaladas. Ya dentro, aquella penumbra de cuero acolchado y sofás de oficina moderna, anticipaban la magia oscura de la sala al final de las escaleras revestidas de moqueta. Los proyectores sonaban a un ritmo regular, y una era capaz de adivinar que algo no iba bien en la sala de proyecciones porque el ritmo viraba, se hacía otro. Porque el espacio también lo ocupaba el sonido y porque los recuerdos están llenos de rumores sonoros.
Ahora en la puerta del cine hay una chapa sorda, infranqueable. Los expositores donde se exhibieron los carteles de las películas de muchos amigos son ahora como ojos vacíos de un edificio que está perdiendo su memoria. Pronto será un hotel. Uno más. Es decir: un espacio de tránsito, inhabitable. Circunstancial. Ese es parte del problema: las ciudades se han vuelto circunstanciales. Su identidad se confunde con la identidad de otras.
Ahora en la puerta del cine hay una chapa sorda, infranqueable. Los expositores donde se exhibieron los carteles de las películas de muchos amigos son ahora como ojos vacíos de un edificio que está perdiendo su memoria. Pronto será un hotel. Uno más.
Me contaba ayer una amiga artista música sevillana, que parte del último fashion film de Paco Rabanne ha sido rodado en los antiguos corralones de artesanos de Sevilla que quieren vender para hacer viviendas de lujo y un hotel más. Ese espacio -para muchos mitológico- dejará de existir pronto a pesar de la resistencia de los lugareños. Quedará su rastro en nuestro recuerdo y nuestras filias, y pasará a convertirse en un decorado, un lugar intervenido e inmortalizado por una marca o un hotel. Frente a todos nuestros esfuerzos, el mercado será el que consiga protegerlo de una manera fácil. Su maquinaria puede con todo. Y lo hará convirtiéndolo en otra cosa. Como encerrándolo en una botella de cristal que solo pueden abrir algunos.
Como dice Bravo en su libro: Puede que, como en esas gigantescas discusiones de pareja en las que la relación parece estar estallando en mil pedazos, encontremos en medio de la disputa el amor detrás de las razones para la frustración y decidamos que lo único que merece la pena es seguir. Eso sí, aprendiendo de los errores y tomando un nuevo camino. Juntos.
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