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Opinión | A compás

Sevilla

Flamenco en modo avión: Del '¡Amo a escuchá!' a '¡Vamo a grabá!'

Imagen de una fiesta flamenca en Jerez.

Imagen de una fiesta flamenca en Jerez. / El Correo

De los creadores de las toses secas y nerviosas que se desatan en cuanto cuando se abre el telón llegan las horteras melodías de teléfonos sin silenciar, las videollamadas en vivo o las grabaciones de las actuaciones que proliferan cada vez más en los teatros rompiendo por completo uno de los preceptos básicos que demanda el arte: atención.

Por más que las locuciones previas adviertan expresamente a los espectadores en todos los idiomas que, por favor, se apaguen los móviles y que está prohibida la grabación parcial o total del espectáculo no hay día que alguien deslumbre al personal con su pantalla a todo brillo.

Además de la falta de educación que implica el gesto -para el resto del público y, sobre todo, para los que en ese momento están en escena y precisan de concentración extrema-, tener entre manos el dichoso smartphone desvela la peligrosa dependencia a unos aparatos que están acabando con la propia experiencia de observación de la obra artística; y de nuestra manera de relacionarnos con el otro y mirar el mundo, claro.

Sin reparos, rompemos la intimidad del teatro, cortamos esos “vínculos invisibles” de los que habla la maravillosa campaña de la nueva temporada del Teatro de la Maestranza, y nos cargamos a golpe de clic la sensación de auténtica conexión con lo que estamos viendo, simplemente porque somos incapaces de poner el modo avión durante dos horas.

“¿Y si la auténtica protesta fuese callarse? ¿Y si la verdadera revolución empezase por quedarse quieto?”, se pregunta el investigador, Pedro Bravo, en su ensayo ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa, en el que reflexiona sobre este presente acelerado y ruidoso en el que cuesta “mucho menos fluir con el jaleo que esforzarse por conservar la tranquilidad”.

En el flamenco, hemos presumido siempre de saber escuchar. Jaleamos de forma natural expresiones como “¡Vamos a verte!” o “¡Amo a escuchá!”, tanto para mostrarle al artista nuestra atención como para hacer un llamamiento al recogimiento colectivo que permita invocar al duende. De hecho, en festivales o en peñas es motivo de orgullo contar con un foro atento y es común competir sobre en cuál se guarda más silencio porque se entiende que esa capacidad de contemplación marca el grado de afición. En su díptico La fuente de lo jondo el morisco Francisco Moreno Galván pintó al público iluminado, con la misma intensidad que la del cantaor, precisamente para señalar su papel como sujeto activo e imprescindible para la experiencia jonda.

Sin embargo, en peñas señeras, como la Peña Flamenca Torres Macarena, llevan tiempo pidiendo prudencia en cuanto al uso del móvil. También porque enfocar al artista en un recinto tan pequeño se presenta casi como una invasión y compartir después los recitales prácticamente íntegros en las redes puede llegar a vulnerar la imagen del protagonista o su propiedad intelectual. Por su parte, muchos tablaos han resuelto esta inquietud con un simpático e inteligente procedimiento que consiste en avisar al inicio que sólo se podrá activar el play en los últimos minutos, cuando ya salen los artistas relajados en la fiesta por bulerías. La iniciativa logra así preservar el secreto de lo que sucede dentro y conservar la magia ante quienes acuden por primera vez.

Resulta bastante curioso comprobar los cientos de asistentes sacan felices su dispositivo en cuanto se les deja en una suerte de conquista digital que me recuerda a lo que contaba Juan José Millás en su libro de relatos Los objetos nos llaman. Aquí el escritor narraba el dramático instante en que, en el pasillo de un supermercado, nota que había perdido el móvil: “tenía a la vez un sentimiento de extrañeza y de incredulidad, como si acabara de sufrir la amputación violenta o indolora de un órgano… Sólo quien ha perdido un teléfono móvil tan inteligente como el mío sabe de lo que hablo… No exagero si digo que mi móvil era un órgano más de mi cuerpo, no tan importante como el hígado o los riñones, pero más valioso que el apéndice o la vesícula biliar”, escribe Millás con su habitual ironía y gusto por el realismo fantástico.

La relación con los smartphone ha derivado en una hiperconectividad que, a su vez, desata la necesidad constante de inmortalizar cualquier cosa por ridícula que sea, no ya con la intención de retenerlo en nuestra memoria (cosa extremadamente difícil cuando se está más pendiente del enfoque que de lo enfocado) sino de exhibírselo a los demás. Platos de comida, puertas, selfies, brindis impostados, playas o conciertos que acaban llenando una nube que nos atosiga después con paciente insistencia con ofertas dirigidas a ampliar nuestro almacenamiento virtual y dar cabida a este contenido infumable que no volveremos a mirar nunca. Prometo que ves a espectadores aparentemente respetables saltarse las advertencias de la sala para convertirse en improvisados paparazzi y disparar fugaces fotos borrosas, desenfocadas y mal iluminadas que terminarán borrando minutos más tarde.

Según recoge Bravo en el mencionado ensayo “diariamente, cada persona del mundo pasa de media tres horas y quince minutos mirando la pantalla de su teléfono inteligente, una acción que repite, también de media, cincuenta y ocho veces al día”. En el caso de las redes sociales, el uso medio diario está en dos horas y treinta minutos y el tiempo semanal dedicado a ver contenidos en vídeo está en 19 horas. Datos, sin duda, abrumadores de 2024, que habrán crecido con toda seguridad.

Durante un concierto en Ecuador, Enrique Bunbury, llegó a detener el recital para reprender a un asistente: “¿Van a hacer esto toda la noche? La puta cámara grabando todo el puto rato... ustedes incomodan y hacen que esto sea peor”, exclamó el roquero.

Si tratar de encontrar al artista entre tanta mano alzada es ya una batalla perdida en estas grandes producciones, también lo es disfrutar de la naturalidad de una reunión flamenca sin que haya quien lo estropee grabando. La esencia misma de la fiesta jonda está en su carácter fraternal e íntimo. Para que resulte distendida y los artistas puedan encontrarse a gusto, sin la presión de tener que ofrecer una intervención impecable, ha existido siempre un pacto no firmado en el que se asume la privacidad. Por eso, aunque suene extremo, el móvil ha acabado con las fiestas; ya saben, cuando se enciende el foco, empieza la interpretación.

A estas alturas parece improbable que el furor termine, aunque quizá está en nuestra mano, nunca mejor dicho, pulsar el power off y mantener el móvil quieto si queremos seguir disfrutando del flamenco y de la vida.

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