Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

La hora del compromiso mediterráneo

El III Foro Económico y Social del Mediterráneo de Prensa Ibérica analiza nuestro litoral como un reto transversal de agua, territorio, movilidad, economía y justicia social

L'Albufera de València.

L'Albufera de València. / JM López

El cambio climático ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una condición estructural de la vida mediterránea. Ya no hablamos solo de temperaturas más altas, lluvias torrenciales, sequías prolongadas o episodios extremos. Hablamos de economía, salud pública, movilidad, agricultura, turismo, vivienda, industria, energía, biodiversidad, educación y cohesión social. El clima ha pasado de ser un asunto ambiental a convertirse en el eje transversal de nuestro tiempo. Por eso urge trabajar con una mirada más amplia, coordinada y sostenida.

La misma tierra que ha construido prosperidad alrededor del mar, la agricultura, el comercio, los servicios y las ciudades abiertas es hoy uno de los espacios europeos más expuestos a la nueva realidad climática. Todos los modelos apuntan a que cada vez será más difícil hablar de veranos normales en la cuenca mediterránea. La excepción empieza a parecerse demasiado a la rutina.

Uno de los cambios culturales pendientes está en el agua. Necesitamos activar sistemas capaces de combinar recursos tradicionales con aportaciones complementarias. La lluvia, los ríos y los acuíferos seguirán siendo esenciales, pero ya no bastan. La reutilización del agua residual debe convertirse en prioridad. Eso implica mejorar la depuración, invertir en redes, reducir pérdidas, elevar la calidad del tratamiento y asumir que cada gota recuperada es una pieza de soberanía climática. En el Mediterráneo del siglo XXI, depurar mejor también es producir futuro.

’Albufera, el Delta del Ebro, el Mar Menor o el Parque Nacional de Doñana ofrecen una lección incómoda. La salinización avanza, la intrusión marina amenaza y los vertidos urbanos e industriales siguen comprometiendo la salud de los ecosistemas. El aumento de clorofila y la presencia de nutrientes recuerdan que estos no resisten indefinidamente la acumulación de errores. Son una infraestructura natural de defensa, regulación y vida. La dana de Valencia fue un ejemplo claro, porque demostró hasta qué punto los arrozales y el lago pueden amortiguar una emergencia. Cuidar l’Albufera significa protección civil, seguridad territorial y responsabilidad económica. Lo mismo cabe decir del Mar Menor, protagonista desgraciado de una mortandad masiva de sus especies cuyas imágenes dieron hace unos años la vuelta al mundo o de la insoportable presión que el delta del Ebro o Doñana soportan y que ha obligado a intervenir a la UE.

Movilidad y vivienda

La misma lógica sirve para la movilidad, la vivienda, el urbanismo y las infraestructuras. El III Foro Económico y Social del Mediterráneo de Prensa Ibérica plantea que una ciudad mediterránea no puede afrontar el futuro con respuestas aisladas. La movilidad sostenible necesita gobernanza metropolitana, conexión entre transporte y empleo, integración con la vivienda, transición justa y resiliencia ante fenómenos extremos. Lo que vale para los desplazamientos vale también para el agua, la energía y el territorio y a veces la escala del problema ya no coincide con la escala administrativa de muchas decisiones.

Por eso el cambio climático exige pactos, no gestos. Exige cooperación entre administraciones, empresas, universidades, sindicatos, agricultores, científicos, medios de comunicación y ciudadanía. También reclama estar atentos a la justicia social, porque la adaptación no puede cargar sus costes sobre quienes menos alternativas tienen.

La educación para el riesgo empieza a ocupar el lugar que nunca debió faltarle. Saber cómo actuar ante una inundación, una ola de calor, una emergencia hídrica o una interrupción de servicios esenciales forma parte de una cultura democrática de autoprotección. Preparar a la población, formar a los escolares, actualizar protocolos, realizar simulacros, comunicar bien y anticipar escenarios pertenece ya a la nueva agenda pública mediterránea.

El Foro Económico y Social del Mediterráneo, impulsado por Prensa Ibérica, nació precisamente de esa necesidad de redescubrir lo evidente. Tras su estreno en València y su segunda edición en Málaga, Barcelona acoge desde este martes su tercer capítulo con el compromiso de analizar el Mediterráneo como una comunidad de oportunidades y compromisos. Sus ciudades concentran población, actividad económica, turismo, logística, cultura e innovación. Si el litoral español reúne una parte decisiva de la población y del producto interior bruto, su adaptación climática no puede tratarse como un capítulo sectorial, sino como una estrategia de país.

Ha llegado el momento de depurar más y mejor. Reutilizar agua. Proteger humedales. Sellar vertidos. Rediseñar la movilidad metropolitana. Preparar infraestructuras para episodios extremos. Educar para el riesgo. Conectar la transición ecológica con el empleo, la vivienda y la justicia social. El Mediterráneo no necesita descubrir el cambio climático porque ya lo está viviendo. Lo que necesita es organizarse para no llegar tarde otra vez.

El futuro será más mediterráneo si somos capaces de convertir la vulnerabilidad en inteligencia colectiva.

Tracking Pixel Contents