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Opinión | EN LA CIUDAD

La fiesta de fin de curso

La fiesta fin de curso

La fiesta fin de curso / Reyes Gallegos

El otro día, en la fiesta de fin de curso de mis hijos hablé con muchos padres y madres. El comentario más generalizado era el cansancio; de lo que fuera: del calor, del trabajo, del curso, de las actividades extraescolares, de la yinkana a la que estamos sometidas cada día. Varias madres agotadas me contaban la intensidad vivida en el último mes. Y las ganas que tenían de que acabara ya el curso.

La queja unánime en este sentido me resultó rara, incluso injusta. Que completar un ciclo educativo, de desarrollo y enseñanza para nuestros hijos, se entienda como el final de una carrera de obstáculos y nos alegre que se termine, teniendo -como tenemos- el privilegio de contar con una educación pública de confianza, me parece preocupante. Es cierto que las pruebas o exámenes, aún más en edades tempranas, me parecen innecesarias. Todo docente podría evaluar a los alumnos en base al día a día. Pero al margen de eso, no creo que el “curso académico” sea el causante de tanto agotamiento.

Yo, que llevo viendo a mis hijos especialmente cansados estos días, lo asocio a la vida a la que les estamos sometiendo: eventos, partidos, idiomas, conservatorios de música y otras actividades extraescolares donde también tienen deberes y exámenes finales. Ya hemos leído mil veces sobre la importancia de que los niños se aburran en su tiempo libre para desarrollar, entre otras cosas, la creatividad o la capacidad de frustración.

Pero creo que somos nosotros los que no lo llevamos muy bien, y ante el miedo al vacío, o la tentación de poner fin a ese aburrimiento y frustración con una pantalla de móvil o televisión, preferimos una rutina familiar llena de actividades y tareas, así como la nuestra. De paso, en esas horas de carrera entre actividad y actividad extraescolar, aprovechamos para pegarnos nosotros a las pantallas: contestar correos y WhatsApp, hacer llamadas de trabajo, publicar un post, comparar precios, tener una reunión online de 45 minutos o escribir un informe. Es decir, nuestra checklist sigue en pleno funcionamiento las tardes que estamos con los hijos, además de estar siempre disponibles en el móvil o en alerta a las últimas novedades. De ahí creo que viene tanto cansancio.

La multitarea que muchas veces nos imponemos nosotros mismos por incapacidad de poner límites, nos obliga a realizar un cambio de foco constante y en poco tiempo, lo que según los expertos, igual que a los niños, afecta a la salud mental de los adultos, y no nos favorece en el desarrollo de la imaginación, de la atención o la paciencia, porque la sobreestimulación “obliga a que el cerebro esté en alerta y a que nuestro sistema nervioso se desborde”. Y aparece el burnout -o estar quemados- que tanto se escucha últimamente y se asocia al estrés.

Mientras le daba vueltas a esto, me acordaba de dos cosas con las que me he encontrado en los últimos debates en los que he participado. Una es la relación de la generación de adolescentes con las tecnologías y sus consecuencias. No podría numerar la cantidad de institutos que he visitado este año, en barrios de diferentes niveles de rentas, donde los jóvenes sufren problemas de aislamiento, ansiedad, e incluso protocolos abiertos por comportamientos autolíticos, y donde los trabajadores sociales o educadores de los centros me hablan de chavales sin capacidad de frustración, que se encuentran estresados por un nivel de autoexigencia y/o presión externa -mucha provocada en las redes sociales-, o que se pasan las tardes encerrados en su habitación jugando a videojuegos o en el entorno digital.

La mayoría no ve a sus padres en todo el día porque estos están en el trabajo.La otra, que tiene relación con esta, es una cuestión que surgió hace poco en un debate con Juani, una mujer de 87 años y una de las protagonistas de Ellas en la ciudad, que hablaba de cómo había influido en los barrios la incorporación de la mujer al trabajo en la falta de vida en las plazas y parques donde ella y sus vecinas tejían barrio por las tardes mientras acompañaban a los hijos. Por suerte para nuestra autonomía y economía, las mujeres nos hemos incorporado al mundo laboral, pero las tareas familiares no se han distribuido, y en lugar de trabajar todos menos horas para poder dedicar todos más tiempo a la vida, hemos delegado el tiempo de la vida a otros, suponiéndonos también un coste.

En el momento en el que una unidad familiar con dos sueldos tiene que trabajar durante todo el día, y no puede vivir por las tardes: con la familia, con los amigos, paseando, cocinando, leyendo o no haciendo nada, algo no va bien en la sociedad. Necesitar -en el mejor de los casos- meter con calzador una hora a la semana de yoga o pilates como el único momento “para nosotras mismas”, y sustituir las horas de tiempo libre de nuestros hijos por clases de idiomas o por la Tablet, tampoco pinta muy bien.

Resulta paradójico que estemos disponibles durante todo el día, menos cuando nos encontramos en persona porque estemos agotados. Mientras en la fiesta nuestras hijas bailaban la canción “yo me caso contigo, tu nombre suena bien con mi apellido”, un padre me decía que se sentía engañado con su vida productiva y que querría vivir con menos, y vivir más. Efectivamente, si ahondamos un poco, no podemos no llegar a la conclusión de haber sido engañados y engaañadas.

Nuestra generación de universitarios formados para ser lo más productivos y productivas posible, hemos otorgado un estatus incluso clasista a ese comentario de “estoy desbordada”, como símbolo de que las cosas nos van bien, cuando el tan mal visto “no hacer nada” gestionado armónicamente con unas horas lógicas de productividad sería lo mejor para la salud mental. No puedo dejar de preguntarme ¿qué pasaría si parásemos todos a partir del cierre de las puertas de los colegios, a las 14h? ¿Como sería si viviéramos un gran apagón diario todas las tardes de nuestras vidas? Puede que incluso la economía se autorregulase, se equidistribuyera, y viviésemos mejor calidad de vida sin generar tanto cortisol, sin tanta hiper conexión, y sin ni tanto trabajo u obligaciones a veces voluntarias.

Sin embargo, aunque escriba esto, es muy probable que yo no quite a mis hijos de las extraescolares el próximo curso, ni que vacíe mi agenda. Como parte de esta sociedad, no seré capaz, por miedo a que se aburran ellos, o por miedo a “dejar escapar cosas” o perderme “posibles oportunidades” yo. Anhelo encontrar la manera de disminuir sus actividades y las mías, aunque para eso tengamos que disminuir también la dopamina que genera estar siempre en todas partes. Más a corto plazo, aspiro a que un poco de aburrimiento llegue a mi casa durante este verano. Y a evitar trasladar la checklist del año productivo al checklist del verano. Como dice Chull Han: más fiesta y más siesta.

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