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Opinión | A compás

Los flamencos inventaron el FOMO

Vídeo | Actuación de Mayte Martín en el Festival de Jerez

Actuación de Mayte Martín en el Festival de Jerez /

Intuyo que habrán escuchado eso del FOMO, que procede del acrónimo inglés Fear of missing out y que se traduce como miedo a perderse algo o temor a quedarse fuera. En estos tiempos de postureo, hiperconexión y sobreexposición, el término se ha puesto de moda porque viene a recoger la ansiedad social que desata la sensación de que los demás estén viviendo experiencias más gratificantes o emocionantes que nosotros. O, lo que es aún más triste, la frustración por no formar parte o no tener acceso a esa realidad, supuestamente idílica; o la necesidad de ocupar el tiempo sólo para poner un doble check en la lista de objetivos cumplidos y ganar la aprobación en forma de likes.

Si digo que los flamencos inventaron el concepto es porque llevan décadas haciendo gala de un activismo, tan intenso y militante, que llega incluso a condenar al que no sigue el ritmo hasta hacerlo sentir culpable si falta a alguna de las convocatorias que se consideran fundamentales para cumplir con el rito. Que son muchas y todo el año.

Si digo que los flamencos inventaron el concepto de FOMO es porque llevan décadas haciendo gala de un activismo, tan intenso y militante, que llega incluso a condenar al que no sigue el ritmo hasta hacerlo sentir culpable si falta a alguna de las convocatorias

Al respecto, bromeaba con un colega de profesión en torno a la idea de crear un Pasaporte Jondo, similar al que teníamos en la Expo del 92, donde se nos fuera colocando sellos por asistir a festivales, peñas o encuentros jondos y, así, poder refrendar nuestro pedigrí. Claro que enseguida aventuramos que habría más de una discusión sobre el valor de cada estampación o si sería más conveniente ponerlas a la entrada o a la salida.

Digo esto último porque la presencialidad es algo que se premia en el flamenco casi más que en el ámbito laboral. Como en esas empresas que practican un presentismo tóxico, la comunidad flamenca venera el estar físicamente en los sitios y aguantar el tirón sin rechistar ni mirar el reloj, a veces hasta por encima del compromiso. Un culto a la silla que en gran parte responde al anhelo, siempre presente en el flamenco, de que surja la mística y aparezca ese minuto de genialidad que justifique el sacrificio. Aquello que conocemos como duende.

Es curioso, por ejemplo, que uno de los mantras asumido por los flamencos sea el de aceptar que, justo cuando hayas decidido marcharte de donde sea, empezará una fiesta inolvidable para el que se queda. “Llega un momento en que cuesta más irse que quedarse”, me recuerda una amiga que le dije en el Tabanco La Reja de Jerez a las claras del día reflexionando sobre este bucle. “¡Qué cansao es ser flamenco!”, se suele apuntar con guasa confirmando lo que defendía Manuel de Califato ¾ en su concierto en Icónica Santa Lucía Fest: “las raves la inventaron las gitanas de los corralones de Triana”.

El concierto de Califato ¾ y La Plazuela de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes

El concierto de Califato ¾ en Icónica Santalucía Sevilla Fest / Marina Casanova

Mucho antes de que proliferaran los macro festivales, miles de aficionados recorrían cada verano Andalucía -luego el mundo- en busca de cante, baile y guitarra en un exigente peregrinaje, de muchos kilómetros, horas y gastos, que se sigue produciendo hoy día de manera más silenciosa y discreta que en esas otras grandes citas musicales que inundan Instagram. Así, municipios como Utrera, donde su Potaje Gitano -el festival flamenco más antiguo del mundo- celebra ya su 70 edición; Mairena del Alcor, otro de los grandes referentes de las citas estivales; o La Puebla de Cazalla, cuya identidad cultural gira en torno a la Reunión de Cante Jondo, congregan todavía a miles de cabales para practicar algo tan extraño -y necesario- como el arte de saber escuchar.

El carácter vivencial y comunitario de este arte, que no se puede aprender ni aprehender quedándote en tu casa teleescuchando, mantiene vivo el ritual. Entre otras cosas porque los flamencos entienden que la experiencia jonda trasciende lo que refleja la pantalla y que aquí no sólo importa lo que sucede en el escenario, sino el diálogo que el artista mantiene con el público y viceversa.

Potaje Gitano de Utrera

Potaje Gitano de Utrera / S. A.

El silencio sagrado, casi reverencial, que se vive en estos entornos; la celebración de una vulnerabilidad (en la que más que la perfección prima la entrega) y la aspiración constante de la búsqueda de la autenticidad -ese abandonarse al propio arte-, invita a una catarsis de dolor o a un éxtasis de alegría compartida, difícil de encontrar en otras disciplinas. Cuando los espectadores se emocionan juntos escuchando a un artista, como sucedió con Mayte Martín en la pasada edición del Festival de Jerez, es imposible que luego se mire igual. Hay pocas cosas que unan más que una buena llorera compartida.

El carácter vivencial y comunitario de este arte, que no se puede aprender ni aprehender quedándote en tu casa teleescuchando, mantiene vivo el ritual

No digo que el teatro, la danza, el circo o la música no cuente con seguidores igual de fieles e implicados, pero es verdad que la horizontalidad que cultiva el flamenco favorece una cercanía y una familiaridad que no es tan habitual en otros sectores. Es decir, la peña, los festivales, las fiestas y reuniones de cabales alimentan un ritual social que permite compartir mesa e inquietudes, también con los artistas.

Una de las prácticas que el flamenco conserva en esta línea son las maravillosas tertulias; esto es, convocatorias periódicas abiertas a las que cualquiera puede acudir para expresarse cantando, tocando la guitarra o bailando libremente, sin necesidad de ser profesional y sin sentirse juzgado. "Yo voy, me canto dos letras, y me vuelvo nueva para casa", me decía una de las habituales a la que se organiza el Taller Flamenco cada lunes en El Corral del Esquivel.

Tertulia Flamenca del Taller Flamenco en El corral de Esquivel

Tertulia Flamenca del Taller Flamenco en El corral de Esquivel / S. A.

Por supuesto, no hay un modelo de aficionado ni es preciso cumplir con un patrón para visitar este arte. Aunque ya les adelanto que ser flamenco a medias termina resultando francamente difícil y que, una vez descubran lo que ofrece, les costará no abandonar el resto de aficiones y no arañarse la cara o ponerse los dientes largos, como decíamos antes del dichoso anglicismo.

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