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Opinión | Tribuna

María del Mar Ramírez Alvarado

María del Mar Ramírez Alvarado

Consejera del Consejo Audiovisual del Andalucía. Catedrática de la Universidad de Sevilla.

SEVILLA

Venezuela: si la naturaleza se opone

Un trabajador de los cuerpos de rescate que trabaja en las zonas siniestradas por el doble terremoto de Venezuela del pasado 26 de junio.

Un trabajador de los cuerpos de rescate que trabaja en las zonas siniestradas por el doble terremoto de Venezuela del pasado 26 de junio. / Jimmy Villalta / Zuma Press / Eu / Jimmy Villalta / Zuma Press / Eu

El 29 de julio de 1967 tuvo lugar en Venezuela el terremoto más destructivo del siglo XX en el país. Quienes crecimos allí lo hicimos escuchando historias de aquel sismo que produjo importantes daños materiales y el derrumbamiento de no pocos edificios. Ese fatídico día Santiago de León de Caracas, ciudad fundada por el capitán Diego de Lozada en 1567, estaba engalanada para celebrar el cuatricentenario de la expedición fundacional que había llegado de El Tocuyo a un verde valle de bondadoso clima. Nada presagiaba la tragedia.

El rugido percibido del centro de la tierra duró entre 33 y 45 segundos, dependiendo de la zona, y causó un gran impacto en los caraqueños que durante los años venideros incluyeron la experiencia de terror vivida aquel sábado, pasadas las ocho de la noche, como uno de los temas siempre recurrentes en sus conversaciones. Aquel movimiento telúrico, de magnitud 6,3 en la escala Richter, produjo entonces 245 muertos y unos dos mil heridos. Las pérdidas materiales se calcularon en cuatrocientos cincuenta millones de bolívares, unos diez millones y medio de dólares al cambio de la época. El epicentro se localizó en el Mar Caribe, a unos setenta kilómetros de las costas, por lo que su efecto fue especialmente destructivo en Caracas y en La Guaira.

Nací en octubre de aquel año, mi madre estaba embarazada. Cuenta que estaba a punto de salir con mi padre a visitar a unos amigos cuando sintió que todo se movía a su alrededor: bajaron corriendo las escaleras desde una tercera planta mientras los cristales se iban rompiendo a su paso y el rugido era atronador. Cuando yo era pequeña vivía en una zona por la que en teoría pasa la mortífera falla tectónica de San Andrés, Los Palos Grandes. Siempre tuve mucho miedo a los terremotos.

El 29 de julio de 1967 tuvo lugar en Venezuela el terremoto más destructivo del siglo XX en el país. Quienes crecimos allí lo hicimos escuchando historias de aquel sismo que produjo importantes daños materiales y el derrumbamiento de no pocos edificios

El 24 de junio de 2026 a las 18:04:33 me encontraba en México, en la ciudad de Mérida, asistiendo a un congreso internacional. Mi teléfono empezó a vibrar en los grupos de mensajes de la familia y de mis excompañeras de colegio, no pocas de las cuales viven aún en Venezuela. Un doblete sísmico de 7,2 el primero y 7,5 el segundo, más de minuto entre ambos, tenía a todos aterrados. En esta ocasión el epicentro no estuvo en el Mar Caribe sino tierra adentro, en el Estado Yaracuy. Mis allegados estaban a salvo pero las dimensiones entonces y ahora eran difíciles de imaginar. Mi hermana menor, que vive en Caracas, dice que es lo más terrorífico que ha vivido jamás: se abrazó con su esposo e hijo, los tres en el salón de su casa en íntimo recogimiento, esperando lo peor. Ya luego salieron corriendo.

A día de hoy el saldo es de casi dos mil muertos, sabiendo que son muchos más los que se encuentran desaparecidos entre los escombros. Hay unos once mil heridos. Dependiendo de las fuentes consultadas, se estima que más de cuatrocientos edificios se derrumbaron por completo y unos 1300 lo hicieron en una importante proporción. De acuerdo con imágenes satelitales, se calcula que hay unos 58 mil edificios afectados.

June 30, 2026, Caracas, Miranda, Venezuela: Firefighters, forensic police, and rescue workers are searching for victims in the Santa Rita building in the San Bernardino parish of Caracas...Caracas, Venezuela, was hit by two powerful earthquakes. June, 30, 2026,Image: 1113750261, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no , Credit line: Jimmy Villalta / Zuma Press / Europa Press Editorial licence valid only for Spain and 3 MONTHS from the date of the image, then delete it from your archive. For non-editorial and non-licensed use, please contact EUROPA PRESS. Jimmy Villalta / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto 30/06/2026. Jimmy Villalta / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto;Caracas;Venezuela;earthquake;tragedy;national;emergency;Venezuelans;seismic;activity;and;tremor;Firefighters;forensic;police;rescue;workers;victims.;Santa;Rita;building;San;Bernardino;parish;Press;DSC_9943.JPG;20260630_zip_v125_023.jpg;Caracas, Venezuela, Was Hit By Two Powerful Earthquakes

Bomberos, equipos forenses y agentes de los cuerpos de rescate del terremoto de Venezuela, en Caracas. / Jimmy Villalta / Zuma Press / Eu / Jimmy Villalta / Zuma Press / Eu

El libro del Éxodo en la Biblia refiere la historia de las diez plagas que azotaron Egipto como castigo al faraón por no acatar la orden divina transmitida por Moisés de dejar salir al pueblo de Israel en busca de la tierra prometida. Primero las aguas del río Nilo se convirtieron en sangre, después hubo una invasión de ranas en todo el país, más tarde el polvo se transformó en mosquitos o piojos (dependiendo de la versión) y enjambres de insectos cubrieron las ciudades. A continuación, el ganado falleció por una epidemia y otra más causó dolorosas llagas en personas y animales. Por si fuera poco, una devastadora tormenta de granizo destruyó las cosechas y, lo poco que sobró, fue devorado después por una plaga de langostas. Egipto quedó sumido en la oscuridad más absoluta durante tres días seguidos y, por último, murieron los primogénitos de todas las familias. El libro bíblico del Éxodo detalla claramente las diez plagas de Egipto aunque la expresión más extendida las reduce a siete tal vez por el marcado simbolismo de este número.

Cuando Hugo Chávez asumió el poder en 1999 habían transcurrido décadas de alternancia del bipartidismo AD-COPEI. Ciertamente existían diferencias alarmantes entre clases sociales, pobreza y también corrupción, disfunciones diversas, devaluación de la moneda. Pero nada puede compararse con lo ocurrido a posteriori: Venezuela comenzó una travesía por el desierto siendo escenario de una inimaginable distopía. Así, se transformó en un rico país empobrecido (abundancia potencial versus carencia real), con una alarmante concentración del poder y liderazgo unificado, deterioro cada vez más acentuado de la vida cotidiana y enorme carestías e incertidumbres.

Las plagas mortales asaltaron la nación de forma despiadada. La primera, un progresivo debilitamiento institucional cada vez más a la medida del liderazgo presidencial exorbitado que desembocó en una segunda: expansión del control y del dominio hacia los restantes poderes públicos, en especial al judicial, así como hacia las fuerzas represivas del Estado. El agua transmutada en sangre. Después vino una destrucción sistemática e irresponsable del aparato productivo con expropiaciones, inseguridad jurídica, cierre de negocios y salida de empresas con sede en el país. Venezuela ha sido siempre un país mono productor del petróleo y de sus derivados, y esta vez las voraces langostas descuidaron las industrias básicas, deterioraron las refinerías, despidieron al personal capacitado y no invirtieron en su conservación. Al unísono, el polvo se transformó en mosquitos succionadores en una corrupción estructural de enormes dimensiones.

Los males se intensificaron cuando la tormenta de granizo destruyó los cultivos provocando un hambre atroz y dejando a más del 80% de la población en situación de pobreza y de pobreza extrema. La plaga que mató el ganado hizo que, en consecuencia,disminuyera la esperanza de vida de los venezolanos en tres años desde 2021. Enjambres de insectos infectaron las instituciones y desatendieron el sistema sanitario, causando dolorosas úlceras en tantas y tantas personas. El sistema eléctrico colapsó por falta de mantenimiento y las densas tinieblas camparon a sus anchas, mucho más que aquellos tres días de oscuridad sobrenatural que asustaron a los egipcios. Buscando esperanza y cierta paz después de los terribles incidentes de 2016 (duda acerca de las elecciones, represión policial, presos políticos, carestía de alimentos y de medicinas…), unos nueve millones de venezolanos abandonaron la tierra prometida en la que estaban arraigados y salieron desesperados de su hogar a recorrer el mundo entero, con sus pertenencias en maletas y sus recuerdos en mochilas a la espalda. Ha sido el de Venezuela el mayor éxodo transfronterizo en el mundo contemporáneo no producido por guerras, catástrofes o conflictos armados.

Unos 9 millones de venezolanos abandonaron la tierra prometida en la que estaban arraigados (...) Ha sido el de Venezuela el mayor éxodo transfronterizo en el mundo contemporáneo no producido por guerras, catástrofes o conflictos armados.

La décima plaga, esta sacudida del centro de la tierra, no se ha llevado solo a los primogénitos de faraones y de siervos, han muerto muchos más atrapados en los escombros. Son historias dramáticas, tragedias que producen un dolor punzante, familias enteras sepultadas, niños, ancianos. Pero más allá de lo emocional, es esta una situación que ha dejado al descubierto el enorme vacío tras décadas de descuido, desmantelamiento de las instituciones, incompetencia, ausencia de planificación y falta de inversiones públicas. El terremoto del 24 de junio de 2026 se ha transformado fatalmente en un símbolo del colapso que ya existía: falta de equipos de rescate y de personal encargado, ejército de guantes blancos desaparecido, carencia de insumos médicos y quirúrgicos, desorganización e irresponsabilidad, nula prevención ni planes de emergencia y cero capacidad operativa. Ya empiezan a verse saqueos, abusos de poder, robos y trapicheos, extorsiones y situaciones dantescas en un país habituado a la corrupción. Venezuela está indefensa, asolada y desolada, desfallecida, con cientos de familias de luto que también se han quedado sin hogar.

El terremoto se ha transformado fatalmente en un símbolo del colapso que ya existía: falta de equipos de rescate y de personal encargado, ejército de guantes blancos desaparecido, carencia de insumos médicos y quirúrgicos, desorganización e irresponsabilidad

En el año 1812 tuvo lugar en el país otro histórico terremoto que devastó las ciudades más importantes. Nos es raro que crezcamos allí con ese miedo en las venas. Era entonces un 26 de marzo de 1812, jueves de Semana Santa en plena gesta independentista. A las cuatro de la tarde los fieles se encontraban congregados en las iglesias para escuchar la misa. El violento sismo hizo que, sólo en aquella Caracas que contaba con unos 44 mil habitantes, muriera un cuarto de la población, unas diez mil personas. El arzobispo Narciso Coll y Prat dijo entonces que se trataba de un "espantoso pero bien merecido terremoto" como castigo a la rebelde Provincia de Venezuela. Fue en este contexto cuando Simón Bolívar pronunció la célebre frase "si la naturaleza se opone a nuestros designios lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca", leitmotiv en tantos grafitis del chavismo y que bien hemos estudiado los nacidos en aquella rivera del Arauca vibrador.

Pero ¿de dónde sacar aliento?, ¿cómo respirar entre las vigas y salir de los cascotes de cemento armado?, ¿cuánto se tardará en recomponer esta debacle?, ¿cómo resurgir de tanta ruina y resarcir tan enormes pérdidas? Por no tener, ni siquiera tienen los venezolanos un un gobierno soberano, legítimamente democrático, que ofrezca estabilidad, proyectos, orden y certezas. Están hipotecados. ¿Se podrá en Venezuela luchar contra la naturaleza y hacer que la naturaleza obedezca? Toca ahora pasar el duelo con dignidad, sacar fuerza de flaqueza y, desde otros lados del planeta, apiadarnos del sufrimiento que producen las mortíferas plagas y tender la mano. Ojalá sea esta la oportunidad definitiva de resurgir de las cenizas.

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