Opinión | Tribuna
Del Mundial a Hollywood (en pase corto)

Fotograma de 'Un perro andaluz', cortometraje de Luis Buñuel y Salvador Dalí.
Escribo esta tribuna horas antes del partido entre España y Austria y, por lo tanto, sin saber todavía si la selección española ha pasado de fase. Luego vuelvo sobre esto, pero aprovecharé este limbo informativo en el que me hallo para hablar de algo que sí sé porque ya se ha publicado. No va de fútbol (al menos, por ahora).
Hace pocos días y siguiendo una clásica tradición veraniega, Hollywood anunció qué cineastas de nuestro país pasarían este año a formar parte de su Academia y, por ende, de ese selecto club entre cuyos privilegios y honores se encuentra el de votar en los Premios Oscar. Esta vez, se suman ocho nombres. Algunos se podían predecir, como el del director y guionista Oliver Laxe, cuya película Sirat tuvo posibilidad de ganar el Oscar a la Mejor Película Internacional, o los de las sonidistas Laia Casanovas, Yasmina Praderas o Amanda Villavieja, nominadas también a la estatuilla dorada por su trabajo en esa misma cinta. Otros, al menos para mí, eran menos esperados -aunque no menos justos- como el del montador y músico Cristóbal Fernández, el compositor Alberto Cardelús o el del productor Adrián Guerra. Pero quizás por nuestra amistad, quizás por su insistencia en que compre leche de avena tipo barista o quizás por lo que ahora les voy a contar me hizo especial ilusión encontrar el nombre de Dani Feixas, un cineasta de Vic cuyo cortometraje Paris 70 consiguió entrar en la shortlist de los Premios Oscar.
Y me alegré no solo por Dani, que se lo merece y espero que invite pronto a sus amistades (ejem) para celebrarlo, sino porque el mundo del cortometraje patrio anda sacudido desde hace años y necesita noticias optimistas para seguir siendo reivindicado y sobreponerse a tantos golpes; el último, que Movistar Plus+ haya decidido -aunque ya suenan rumores de rectificación- dejar de otorgar su premio Proyecto Corto, una iniciativa que ha ayudado a levantar las primeras obras de cineastas como J.A. Bayona, Alauda Ruiz de Azúa, Alberto Rodríguez, Nacho Vigalondo, Arantxa Echevarría, Clara Roquet, Isaki Lacuesta o Ian de la Rosa, y así hasta doscientos cortos (el último en lograrlo, de hecho, fue el propio Feixas). En todo caso, hay que agradecer a la plataforma este trabajo y su extraordinario legado, y el haber sido la primera cadena en apostar tan claramente por el corto. Quizás es una oportunidad para que otras cadenas en abierto, de pago e incluso las autonómicas -TVE apoya el corto a través de los festivales- tomen ese relevo. No quiero sonar injusto ni ingenuo. Sé que hay propuestas de distintos comités y directivas, y que no siempre se puede lograr lo que se quiere. Ojalá se consiga.
El mundo del cortometraje patrio anda sacudido desde hace años y necesita noticias optimistas para seguir siendo reivindicado
Mientras, atrás quedó esa época en que las salas proyectaban un cortometraje antes del largometraje, práctica que -excepto deliciosos atrevimientos de Pixar con sus propias películas- ha desaparecido y que la cinefilia sigue anhelando. Y no será porque faltan cortos. Solo el año pasado se calificaron 643, y no descarto que este año se superen los setecientos. Y luego están aquellos que no se llegan y oficializar y son fruto de inconsciencias en las que más de uno hemos incurrido. De todas esas experiencias se extrae aprendizaje, colegas y emociones. Y todas ellas son cine. No olvidemos que Luis Buñuel empezó haciendo un cortometraje con un tal Salvador Dalí, y que éste dibujó otro con Walt Disney, y que cineastas como Pedro Almodóvar, Carla Simón, Rodrigo Sorogoyen, Elena López Riera, Daniel Sánchez-Arévalo o Javier Fesser siguen experimentando con el formato, demostrando así que el corto no es solamente "el paso al largo" (aunque pueda serlo también), sino una película que exige ser contada en menos minutos. Es lo que el relato a la novela. Y sin textos cortos, no existirían Cheever ni Monterroso.
En la Academia de Cine española -o sea, la de los Goya- también está candente el debate sobre si el cortometraje debe tener su propia especialidad, asunto que cuenta con fanáticos y detractores a pesar de que las academias de Hollywood, Francia, Reino Unido, Portugal y hasta la del Cine Europeo cuentan con ella (de hecho, se da la extraña circunstancia de que Feixas puede votar en los próximos Oscar pero no cumple requisitos para votar en los próximos Goya) y, sobre todo, que el cortometraje mueve un capital cada vez más potente, empezando por los tres millones de euros que otorga anualmente el Ministerio de Cultura más lo que aportan las distintas comunidades autónomas (en el caso de Andalucía, con una partida de 85.000 euros anuales) sin hablar del monto privado y las apuestas de productoras que arriesgan todo por amor al cine y, sobre todo, a los guiones. Se ha dicho muchas veces que el corto es cine. Toca gritar que también es industria.
Escribo esto, insisto, sin saber todavía si España habrá ganado a Austria y, por tanto, si los tantos -nótese mi deseo expreso en el plural- habrán llegado gracias a un pase corto o a un pase largo, un dato irrelevante si el balón entra a puerta y, con el gol, llega la emoción. Lo mismo ocurre cuando se entusiasma al público a través de la pantalla, que la película lo es por sí misma y no por la longitud de su metraje. Como suele decirse, el fútbol es así. Y el cine también. Pasen y vean.
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