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Opinión | Tres en línea

Esto es lo que hay

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (d), y el entonces de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón (i), en una imagen de 2024.

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (d), y el entonces de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón (i), en una imagen de 2024. / Miguel Ángel Molina / EFE

La última vez que un presidente andaluz se reunió con uno valenciano fue en septiembre de 2024, apenas un mes antes de la DANA que el 29 de octubre de ese mismo año arrasó casi un centenar de poblaciones en Valencia y se cobró 230 vidas mientras sus máximas autoridades estaban de fiesta, de compras, en casa o, lo que no sé si es peor, discutiendo si la alerta a los ciudadanos, que a esa hora ya se habían ahogado, debía enviarse con tilde en “València” o sin ella.

El encuentro fue fruto de las circunstancias: la cadena COPE celebraba un acto en Granada al que había invitado tanto a Juan Manuel Moreno Bonilla como a un Carlos Mazón que por aquel entonces se comportaba como un “máster del Universo” apoyado en unas encuestas que, efectivamente, le catapultaban al estrellato tras un año en el gobierno. Y Mazón, por culpa de las pésimas comunicaciones que hay entre la Comunidad Valenciana y Andalucía, tuvo que desplazarse un día antes y quiso aprovechar la excursión haciéndose unas fotos con el líder andaluz. “¡Ché, pito!”, que se diría en alicantino macarrónico.

El equipo del.exMolt Honorable vendió aquello como una “cumbre” con todas las de la ley para alinearse, entre otras cosas, en materia de financiación, como si hiciera falta. Pero en realidad, Moreno le dio al hoy exjefe del Consell un trato sumamente displicente: sin agenda ni convocatoria de medios, transigió con que les hicieran unas fotos paseando por el jardín pero ni le recibió en su despacho ni le dio más bola que la que le daría al embajador de Freedonia. Una nota de prensa de escasamente dos párrafos acompañada de un par de fotos oficiales fue todo lo que la Junta difundió de aquello.

Los periódicos de Prensa Ibérica fueron los únicos que publicaron el fiasco que resultó aquel “encuentro”, en vez de tragarse la supuesta “cumbre”. Por dos razones, primero porque contábamos con El Correo de Andalucía, del mismo grupo, como corresponsal de lujo para que nos contara que había pasado de verdad. Y segundo, porque circunstancialmente el que esto suscribe se encontraba ese mismo día y a la misma hora que Mazón en el Palacio de San Telmo. Sólo que yo estaba dentro y él, fuera.

Pero todo esto no pasaría de anécdota desfasada, puesto que Mazón ya cayó, si no fuera por la actitud que aquel día pude apreciar en el Gobierno andaluz. Cuando pregunté a uno de sus miembros a qué venía aquel trato, más allá de la falta de química que desde el principio había existido entre los equipos de Moreno y Mazón y entre los propios presidentes, lo que me contestó el consejero de la Junta con el que estaba fue que “Este chico [por Mazón] tiene que aprender que aquí hay divisiones: en Primera están Juanma, Ayuso y Alfonso [Rueda], que somos los que tenemos mayoría absoluta. A Mazón, faltándole diez escaños, ponerlo en Segunda es hacerle un favor”.

Si eso es así, y entonces lo era, habrá que concluir ahora que Juanma Moreno acaba de descender de categoría. Pero lo relevante de su caso no es que, aunque sea por los pelos, no haya sido capaz de revalidar la mayoría absoluta de la que gozaba. Sino que es toda una figura, trabajada con denuedo, la que se ha venido abajo con esos dos escaños que le han faltado. Moreno ya no es el yerno preferido, ni el supermán de la moderación en una España polarizada, ni el hombre llamado a frenar, desde la derecha, a la ultraderecha: “Si no quieres Vox, vota Juanma”. No. Moreno no es un político diferente, contra la imagen que nos habían ido construyendo; a la hora de la verdad, es un político igual que el resto, que ha tardado una votación y dos avemarías en desdecirse de todo lo que afirmó y plegarse a lo que le exigía Vox para investirlo sin ir a unas nuevas elecciones con las que, hace apenas dos semanas, seguía faroleando, pero que todos sabíamos, para empezar Vox, que nunca se iban a producir. No hay nada peor en cualquier juego que que el rival te tome la medida y hace tiempo que Vox se la tomó al PP.

Moreno ya no es, del otro lado, contrapunto de Feijóo. Moreno es más que nunca Feijóo y su ansiedad por llegar a La Moncloa, sea a costa de Sevilla, de Mérida, de Zaragoza, de Valladolid o de Valencia. Lo que haga falta. Y los militantes del PP ya no tienen varios espejos en los que intentar reconocerse, sino sólo dos: el de Feijóo y el resto de tropa, empezando por el presidente de la Junta de Andalucía, a los que como se ha visto el cacareo contra Vox les dura lo que tardan en contarse las papeletas, y el de Ayuso, que de momento tiene (nos guste o no) criterio propio.

El primer Moreno, el que alcanzó la presidencia de la Junta con los peores resultados registrados por el PP pero con los votos de Ciudadanos y Vox, fue un Moreno que tiró de humildad, no sólo él sino sobre todo sus equipos, y supo con todas las dificultades hacer una buena gestión. El segundo, el de la legislatura que acaba de terminar, ha sido un Moreno pagado de sí mismo y con un equipo que de forma incomprensible le ha ido aislando, de la gente y de su propio partido; convenciéndole de que no había que pisar ni la calle ni las sedes, porque lo suyo era levitar. Cambiando la empatía por la prepotencia. Vamos a ver cómo se reinventa el tercer Moreno, pero muchos cambios tendrá que hacer, sobre todo en su guardia de corps más cercana, si quiere que haya un cuarto Moreno en Andalucía o tiene que ir ya eligiendo ministerio en Madrid para dejar paso.

Lo que no le vale ya al PP, digo por Andalucía como podría decir por lo que vaya a venir cuando haya unas elecciones generales en Madrid, es esa altanería de tratar a Vox como si fueran una pandilla de descerebrados con los que te sientas a pegarles el timo de la estampita: te doy esto y esto otro de regalo y me votas. El resultado hasta aquí siempre es el mismo: da igual si Vox se lleva más o se lleva menos, si lo que dice está bien o está mal, si es legal.o imposible. Lo que importa es que impone su discurso. Si el PP mostrara más respeto por lo que tiene enfrente, es posible que fuera a las negociaciones teniendo claras, no sólo sus líneas rojas, sino sobre todo las de sus votantes. Pero como hasta el último instante desprecia a los de Abascal, en vez de asumir que, con acuerdo o no, siempre tendrá que darles la batalla si no quiere resultar diluido, lo que hace es llegar desarmado a las mesas de negociación, donde el PP juega a corto y la ultraderecha se sienta con luces largas. Así que, es verdad: no hay elecciones que Sánchez no pierda. Pero tampoco ninguna en que Feijóo no se arruinara si cobrara por objetivos.

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