Opinión | A COMPÁS
¡Bienvenida Mrs. Heeren!

Cristina Heeren durante su discurso en la fiesta del 30 aniversario de la Fundación Cristina Heeren. / El Correo
Si no fuese por su porte aristocrático y por el respeto e interés que suscita en la cohorte de invitados que acudieron a la gala del 30 aniversario de la Fundación Cristina Heeren, cualquiera diría que esta señora menuda y discreta, a la que parecen molestarle los focos, es la impulsora de la primera y única escuela de flamenco integral que existe en el mundo. Sita, tras su primera sede de la calle Fabiola y su paso por Heliópolis, en el edificio de una antigua pastelería de la calle Pureza, de cuyo horno salen ahora muchos de los grandes artistas de nuestro tiempo.
Mientras los políticos discuten, convocan reuniones interminables y aprueban medidas que nunca se llevan a cabo, esta hispanista norteamericana mantiene sin dar ruido este centro educativo -también ¡Bienvenida Mrs. Heeren!Teatro de Flamenco desde hace unos años- que ha recibido desde su creación a más de diez mil alumnos de hasta 28 nacionalidades distintas. Las únicas cifras de las que verdaderamente presume la mecenas, quien abandonó su trabajo como realizadora y montadora de cine en París para entregarse a su pasión.
Fruto de una afición profunda a este arte, que sabe que otros impostan por aparentar pedigrí, Cristina Heeren, siendo mujer y extranjera, asumió con coraje, determinación y generosidad un asunto que sigue completamente abandonado desde lo institucional. El de ofrecer un programa formativo completo que abordara el flamenco en sus tres disciplinas y que contara con una metodología propia en la que tuviera cabida lo técnico, lo artístico y lo vivencial. “Esto parece la ONU”, bromeaba en el vídeo promocional Antonio Molina ‘El Choro’, uno de los sobrinos predilectos de la tita Heeren, que llegó aquí con apenas 16 años desde su humilde barriada de El Torrejón de Huelva, gracias a una de las becas que concede anualmente la Fundación a jóvenes con más talento que posibilidades.
El Choro, como tantos otros, ha crecido en esta casa donde, no sólo han podido desarrollar su talento y aprender la profesión, sino crear una familia con compañeros que hoy día son hermanos. Flamenco de Hércules, una suerte de campamento jondo estival que puso en marcha hace tres años junto a Lucía La Piñona y Carmen Young, es una de las criaturas que nacen de esta unión de artistas que han pasado por La Heeren. “Esto es una familia y la familia se mantiene siempre”, aseguraba orgullosa la estadounidense en el acto.
Aunque parezca mentira, más allá de las clases que imparten las academias privadas o las masterclass donde perfeccionar determinados lenguajes, ni Sevilla ni Andalucía cuenta con una oferta académica flamenca a la altura de lo que ofrece la Fundación. Y hasta que se fueron incorporando estas enseñanzas a los Conservatorios profesionales, la Fundación ha sido el único refugio de aprendizaje para los que querían dedicarse al flamenco de manera profesional. “La primera universidad de arte flamenco”, destacaban. “Un centro de alto rendimiento”, definió el bailaor Alberto Sellés.
Naranjito de Triana, Paco Taranto, Calixto Sánchez, José de la Tomasa, Milagros Mengíbar, Manolo Soler, Manolo Franco, Rafael Campallo, Pedro Sierra o Carmen Ledesma son sólo algunos de estos catedráticos que han dado prestigio a la sede y propiciado un hermoso intercambio generacional con alumnos como los cantaores Rocío Márquez, Laura Vital, Luisa Palicio o Argentina; los guitarristas Manuel de la Luz, José Luis Medina, Tino van der Sman o Jesús Rodíguez o los bailaores Luisa Palicio, Florencia Oz, Juan Tomás de la Molía, además de los ya mencionados.
Primero como monitores y luego como docentes, lo cierto es que gran parte de los ex alumnos siguen vinculados de un modo u otro a la escuela. Esto es, al margen de lo formativo, la Fundación apoya y acompaña a sus artistas a lo largo de toda su carrera, a través de las citadas becas, los concursos de Talento que dan proyección a nuevas voces del cante, el toque y el baile y su Teatro Flamenco de Triana que da espacio (y trabajo) a una importante nómina de estos flamencos.
Sólo había que ver la cara de ilusión -y de nervios- de los jovencísimos aspirantes que pisaron el escenario del Muelle de la Sal para compartir la alegría de neoyorkina y entender que sea en este ambiente, y no al lado de los rostros influyentes de la sociedad sevillana que se congregaron aquí, donde se le vea más cómoda y feliz. Por algo, la condesa de Heeren, huyó del ambiente de la nobleza y de la alta sociedad y cambió una vida de película por una aventura, quizá más hostil pero también mucho más gratificante.
De hecho, mientras las revistas se empeñan por destacar sus contactos con Orson Welles, Ernest Hemingway o Ava Gadner y su amistad con Antonio Ordóñez, Heeren, quitándole importancia, prefiere hablar de la proyección de sus artistas, a los que sigue siempre que puede. Y lejos de echarse flores o insistir en sus logros, aprovecha sus escasas apariciones para mostrar su “tristeza porque no haya habido voluntad política de homologar la escuela”, como reiteró en la escueta intervención que protagonizó esta noche.
Es verdad que, como tataranieta del fundador de los primeros grandes almacenes de Estados Unidos, el emprendimiento lo lleva en los genes. Pero conociendo lo que implica sostener durante tres décadas un proyecto de esta envergadura en un mundo tan complejo y poco organizado a veces como el flamenco, es fácil imaginarse las dificultades, envidias y críticas con las que tendrá que lidiar. Por eso que, por romanticismo, cabezonería o convencimiento, Cristina Heeren siga firme en su empeño e invirtiendo en lo jondo en un ejemplo de mecenazgo sin precedentes en este arte merece cuanto menos respeto, admiración y reconocimiento. Con títulos y medallas, y con el aplauso y el afecto de la afición, el sector cultural y lo jondo.
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