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Opinión | En la ciudad

Sevilla

Una piscina pública y un bikini propio

Piscinas públicas en Matosinhos, Oporto (Portugal) Proyecto de Álvaro Siza.

Piscinas públicas en Matosinhos, Oporto (Portugal) Proyecto de Álvaro Siza. / Reyes Gallegos

La semana pasada estuve en La bolera, un bar del barrio sevillano de Alcosa, donde a veces quedo con mis amigas y coprotagonistas del documental Ellas en la ciudad. Fui a despedirme de ellas antes de la espantada del verano, aunque seguramente en aquella plaza alcoseña, como en tantos barrios, había muchas familias que no se van de vacaciones. Eran las diez de la noche y aún hacía unos cuarenta grados cuando salió en la conversación la necesidad de más piscinas públicas en las ciudades con calor extremo, fundamentalmente para las numerosas familias y, sobre todo, niñas y niños que no “veranean”.

Se me ocurrió entonces preguntarles si ellas habían conocido aquella famosa “playa” de Sevilla, la playa María trifulca. Como siempre que las escucho, se abrió un nuevo universo ante mí. Mientras escribo esto les pido disculpas por contar una conversación privada, pero entenderán que para la memoria reciente de este país merece la pena. De hecho, lamenté no haber tenido una grabadora para recoger los testimonios tan valiosos que como siempre me ofrecieron.

La playa María trifulca, en los bajos el actual puente del Quinto Centenario de Sevilla, entonces arenales, hacía de zona de baño y recreativa hasta finales de los 50, que empezó a desarrollarse el proyecto del Puerto. A esta zona rodeada de puestos o “ventorrillos” de helados y refrescos, acudían numerosas familias, o eso tenía entendido yo. Sin embargo, los testimonios de Victoria, Toñi, Maribel o Carmen fueron bien distintos. Me contaron que que aquella playa era la “playa prohibida”. Algunos de sus maridos sí habían ido a bañarse allí antes de casarse, pero ellas, ni nombrarla. Los jóvenes varones de clase media y obrera que iban, no se atrevían a hablar de esta playa en sus hogares porque estaba muy mal visto. Tenía fama de ser una zona del río peligrosa pero también un territorio profano. A otras zonas del río como los Humeros o San Jerónimo (tras las vías del tren) sí iban los chicos a bañarse más abiertamente. Hablando de esto con ellas, descubrí que la playa no era sólo un privilegio de clases, sino también de género. Victoria me contó que la primera vez que ella fue a una playa lo hizo con una familia para la que trabajaba como sirvienta, y que se dio un baño completamente vestida. Recuerda, entre risas, que otras sirvientas y ella, un día en la cocina de la casa de veraneo, cogieron los bañadores de la señora y se los probaron. No pudo tener un bañador propio hasta después de casada. Esto le hace a Maribel recordar un verano que su hermana venía de trabajar en Alemania y se trajo bikinis. Las dos se los pusieron en una piscina pública y vino la policía a echarlas acusándolas de escándalo público. Carmen, que es súper moderna, se ríe y se sonroja cuando me cuenta que con sus hijas ya mayores, ha hecho top less resultándole un acto muy liberador. El tono de nuestra conversación era jocoso, pero el contenido no lo es. De hecho, Toñi dijo “para que las jóvenes de hoy digan si antes se vivía mejor”. Y aquí estoy escribiéndolo por si alguna que lo dude lee esto o se lo cuentan: que hasta nuestro traje de baño puede llegar a ser una decisión política, y que las mujeres somos las primeras afectadas siempre. Lo que podríamos pensar que son historias del pasado lejano, no sólo nos las pueden contar hoy nuestras madres, tías o abuelas, sino hacernos ver lo frágil que puede ser cualquier retroceso. El género aún sigue estando presente en las playas como entonces, convirtiéndose éstas en un espacio público sexualizado. De hecho, aún hoy es desigual mostrar los pezones si eres mujer u hombre, además de la presión social de los cuerpos femeninos muy por encima de los masculinos (la operación bikini, las intervenciones quirúrgicas, etc.) o, como en cualquier espacio público, la sensación de seguridad en según qué playas si te encuentras sola.

También podríamos indagar en el clasismo y la creciente privatización de muchas playas en los entornos de algunos resorts o grandes urbanizaciones de lujo. Pero volvamos a las piscinas y a la mayoría de las playas aún públicas -por suerte-, que tanto me atraen como ejercicio antropológico y democrático fascinante. Tengas el dinero que tengas, en verano hay un espacio inmenso y público donde nos encontramos como iguales, con una toalla, un trozo de tela que nos cubre y una sombrilla. Y donde la educación que cada cual trae de casa es lo único que cuenta: colocar tu silla con cuidado de no limitar la vista al horizonte a otras personas que llegaron antes que tú; no juzgar otros cuerpos; saber que tu música no les interesa las personas de tu alrededor; o no ocupar varios metros en primera línea de playa con tropecientas sillas o con las nuevas estructuras a modo de caseta que se han puesto de moda y que miden 25m2. "Habría que exigir como derecho urbano el baño en lugares con alerta por calor extremo", concluíamos el otro día en La bolera.

Aquella noche en el bar también estábamos pletóricas porque celebrábamos que este mes hemos recibido nuestro primer reconocimiento internacional con el documental en la ciudad Oporto, Portugal, en Arquitecturas film festival. Yo había aprovechado el viaje a esa bonita ciudad para visitar las piscinas públicas del arquitecto Siza, que fueron referencia en mi Trabajo final de carrera hace veinte años. En él propuse, además de zonas deportivas y jardines drenantes que recuperaban el agua del Río y de la lluvia y la filtraba mediante sistemas naturales, unas piscinas públicas y al aire libre en el Paseo Juan Carlos I (desde Plaza de Armas hasta Barqueta). Unas piscinas muy similares a las que por fortuna para los parisinos se han inaugurado este verano en el Sena, y que existen en otras ciudades europeas con menos problemas climáticos que Sevilla, como Berlín o Copenhague. Seguramente, nuestro problema sea las personas que toman esta decisión en nuestra comunidad autónoma, no necesiten una piscina pública en verano, ni empatizan con el resto. Ojalá me equivoque y alguno decida que ya es hora de hacer realidad el proyecto de una playa en Sevilla, o al menos, unas piscinas públicas y al aire libre en el margen fluvial.

La portada de mi proyecto final de carrera era curiosamente una imagen en blanco y negro de la playa María trifulca. A partir de ahora miraré la foto de otra forma: no sólo como reivindicación del derecho de todas las personas a un baño estival en una piscina de su ciudad, sino también al derecho de vivirlo y disfrutarlo con un bikini propio y sin ninguna discriminación por género.

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