Opinión | Tribuna
Cuando despertó, el teatro (y la música) ya estaba allí

Manolo Solo / El Correo
Creo que la primera vez que vi a Manolo fue en Bailongas, aquel cortometraje de Chiqui Carabante que ya nos hubiera gustado firmar a cualquier cineasta. Le acompañaba en la pantalla Julián Villagrán, la primera persona en la que pensé cuando me llegó ese mensaje de Whatsapp (después, al instante, aterrizó en mi mente Pilar) y Julián fue una de las primeras personas que abracé al llegar a su despedida en las cimas San Isidro (y de nuevo, casi al instante, también a Pilar).
Desde que vi aquel corto, y como joven director con ínfulas que fui un tiempo (y del que ya solo quedan las ínfulas), me dediqué a perseguirle de manera más o menos compulsiva para enviarle lo que podrían ser mis siguientes proyectos de cortometraje, guiones inmaduros que siempre esquivó con acierto, buen gusto y mejor educación. Ojalá siempre dijeran que no como sabía hacerlo Manolo. Pero la culpa no era solo de los textos. Manolo empezaba a despegar de esa forma que él tenía tan particular de volar, sin llamar la atención, con la voz calmada y baja, y esos ojos que ya nacieron enmarcados, como atados al fotograma. Tenía que elegir bien sus próximos trabajos y donde poner la energía. Y vaya sí lo hizo.
Manolo Solo despegó de una forma muy particular: sin llamar la atención, con la voz calmada y esos ojos que parecían haber nacido enmarcados, como atados al fotograma.
Sin dejar de lado el formato del cortometraje, que siempre apoyó con papeles excepcionales, Manolo ha trabajado con directores como Santi Amodeo, Alberto Rodríguez, Manuel Martín Cuenca, Guillermo del Toro, Emilio Martínez-Lázaro, Daniel Monzón, Alejandro González Iñárritu, Carlos Therón, Paco León, Daniel Calparsoso, José Luis Cuerda, Avelina Prat (en uno de sus últimos trabajos) y así hasta completar un listado abrumador que quedaría incompleto sin tres de sus grandes hitos: ese Santi Triana que compuso para Raúl Arévalo en “Tarde para la ira” y le dio el Goya; Miralles, ese ambiguo encargado de El buen patrón, de Fernando León de Aranoa; y Miguel Garay, cineasta de Cerrar los ojos con el que Manolo cumplió uno de los sueños de todo actor: trabajar con Víctor Erice.
Y eso, sin contar otros muchos nombres ni mencionar sus infinitos trabajos en televisión, donde hizo de todo. Y ese “de todo” incluye desde formatos premium como Anatomía de un instante, La peste o El ministerio del tiempo a diarias, secundarios, pequeñas partes y hasta voces de personajes de Bola de Dragón. Quizás por eso, el tanatorio de San Isidro se convirtió aquella tarde calurosa de Madrid en un desfile de rostros fundamentales de nuestro audiovisual, que se acercaron a decir adiós a su amigo y, de paso, abrazar a su gente más querida. Era extraordinario ver a nombres como Álex de la Iglesia, Alberto San Juan o Tristán Ulloa intercambiar cariño y recuerdos con el plantel de actores y actrices de Andalucía que habían crecido con Manolo y que ahora estaban en la capital.
Recuperar una escuela pública como el Centro Andaluz de Teatro sería uno de los homenajes más significativos a Manolo Solo. Eso sí es crear legado y hacer crecer Andalucía.
Y de pronto, en un pensamiento-relámpago, me vino el Centro Andaluz de Teatro. El CAT, como siempre le hemos llamado, antes y después de su desaparición. Recordé ese templo de la interpretación de la calle San Luis donde empezó una generación que ahora, presa del dolor y el vacío, despedía a uno de los suyos después de que la mayoría -y por supuesto, el despedido- conquistaran (y sigan conquistando) las pantallas y los escenarios más importantes de este país. Y pensé que, sin el CAT (donde también estudió Carabante, por cierto) quizás no hubiera existido un Manolo Solo, ni un Julián Villagrán, ni una Pilar Gómez, ni una Cuca Escribano, ni una Mercedes Hoyos, ni un José Luis García Pérez, ni una Mari Paz Sayago ni, por supuesto, un Paco León (que me disculpen los mil y un nombres que aquí faltan). Y pensé que, ahora habría que hacer no uno, sino muchos homenajes a Manolo, uno de ellos y, quizás, el más significativo, sería que la administración abordara con cariño y rigor recuperar algo así, una escuela apoyada por el sector público que formase a los artistas del mañana. Eso sí es crear legado. Y eso es hacer crecer Andalucía elevando el espíritu (y la industria).
Últimamente, me encuentro con profesionales de nuestra tierra que lamentan el poco apoyo que recibe el audiovisual andaluz fuera de la comunidad. Y es cierto, aunque me atrevería a decir que esto no ocurre por los motivos de persecución o marginación que mucha gente argumenta. En mi opinión, la responsabilidad de todo comienza siempre por uno mismo, y a pesar de los claros intentos del gobierno autonómico por potenciar las ayudas al sector y la evidente necesidad de ostentar unas ventajas fiscales que acerquen nuestro cine a las posibilidades financieras de otras comunidades, todavía falta apoyar con más firmeza la base principal sobre la que se sustenta cualquier disciplina artística o no: la educación.
La formación y el intercambio de experiencia entre profesionales en activo y nuevos talentos son las piezas que permitirán al audiovisual andaluz competir con otros territorios y superar sus complejos.
Ya lo he dicho otras veces en este periódico que me sigue custodiando a pesar de mis repeticiones. La formación, consistente en compartir saber y experiencia de profesionales en activo con el talento presente y futuro, es la pieza que sí va a marcar la diferencia con respecto a otros territorios hasta el punto de igualarnos y olvidar los complejos. Y es por eso que, de pronto, mientras despedía a Manolo y contemplaba ese tesoro humano y escénico que le rodeaba, volví a pensar en aquel tiempo en el que Andalucía fue cuna formativa de profesionalidad y talento gracias a una escuela apasionante y enriquecedora para quien la vivía de cerca, y magnética para el de fuera, que llegaba atraído por sus seminarios y docentes.
Pensaba en eso en la cima rota de San Isidro, a la vez que recordaba que al final yo también le dije que “no” -espero, con igual ternura- por un precioso bajo que quería venderme. Y es que la música (al igual que el teatro) siempre estuvo ahí, desde sus conciertos con Los Relicarios a su última banda de versiones con la que reventó el Teatro del Barrio. Y hubo más pensamientos-relámpago, como los encuentros esporádicos por Madrid y Sevilla, dos ciudades que para nosotros (y para tantos, y tantas) se han convertido en un único lugar. Y de eso también tiene culpa el CAT. Y el teatro. Y el desear ser libres hasta las últimas consecuencias.
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