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Opinión | El lugarico

Un mes de agosto para olvidar

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el rey de Marruecos, Mohamed VI

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el rey de Marruecos, Mohamed VI / Moncloa / Europa Press

Será difícil de olvidar este agosto que se va por dos razones de primera página: la invasión de Ceuta por ochenta mil marroquíes y las temperaturas en casi toda España por encima de los 40 grados. Los sucesos de Ceuta, vividos con angustia e impotencia por sus residentes, tan españoles como quien esto firma, han decretado definitivamente la incapacidad del Gobierno de Sánchez, secuestrada su autoridad por intereses con Marruecos que no dan la cara y que esperamos conocer en estos tiempos en los que no hay nada oculto bajo el sol gracias al principio de libertad de expresión dichosamente consagrado en la Constitución del 78.

Todo parece indicar que el Gobierno surgido de pactos vergonzantes con los herederos de la Eta y los separatistas que niegan incluso la pertenencia histórica, política y geográfica de Cataluña y las Vascongadas a España, está en sus últimos estertores, aunque muchos somos de la opinión de que Sánchez puede tener todavía algún conejo en la chistera para prolongar su estancia en La Moncloa, los veraneos en Lanzarote, los Falcon a su servicio y la cadena de favores a su legión de asesores y allegados. Y además, no se olvide, pretende estar a resguardo cuando llegue el día en que su esposa tenga que dar cuentas de sus hazañas financieras ante los Tribunales de Justicia.

Hablo con frecuencia con amigos corresponsales de la Prensa extranjera acreditados en España y hay en sus intervenciones un denominador común: no se conoce ni se recuerda en las veintisiete democracias de la Unión Europea en caso como el de Pedro Sánchez. Cualquier jefe de Gobierno de nuestro entorno hubiera dimitido ya por solo la mitad de los escándalos que acumula el inquilino de La Moncloa. Y de haberse negado a dimitir, la Ley lo hubiera puesto de patitas en la calle. Pero ocurre en España que ni el más avispado y previsor de los padres de la Constitución podía siquiera intuir que andando el tiempo la Nación iba a padecer un caso semejante al de Sánchez en la presidencia del Gobierno.

Las enfermedades terminales como la que padece el actual Gobierno tienen su mármol y su día, pero termina con la salud de quienes rodean al enfermo porque como decían en Castilla "ni se muere padre ni cenamos". No es pues de descartar que la agonía política se eternice con un país sin presupuestos, con un parlamento inoperativo y toda la Administración expectante ante la segura crisis (sin fecha) del Ejecutivo. Es la peor de las situaciones, que no pasan inadvertidas al sultán de Marruecos como estuvo su padre ojo avizor para mandarnos la marcha verde cuando Franco estaba a las doce menos cinco de morir.

Se pensará que no soy muy optimista sobre la situación presente de España, pero creo entrar en aquella acertada definición que aclara que un pesimista es un optimista bien informado. Esperar y ver. No queda otra opción ante un Gobierno que ha desertado de sus funciones y que solo aspira cada mañana a sobrevivir las próximas veinticuatro horas.

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