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Opinión | A COMPÁS

Pamplona, nuevo territorio flamenco

Yeari Cortés en el Flamenco on Fire

Yeari Cortés en el Flamenco on Fire / Susana Giron

Montada en el tren de vuelta de Pamplona, en el que viajamos artistas, compañeros de prensa y profesionales de distintos ámbitos de lo jondo, recuerdo cuando en los primeros años se me preguntaba con curiosidad y reservas cómo era esto del On Fire. Se me vienen los comentarios de indignación que se escribieron hace trece años cuando este festival subió por primera vez a las grandes figuras a cantar y tocar en los balcones y las caras de desconcierto que aún percibo en cuanto alguien oye hablar de flamenco en Navarra.

Más allá del comprensible asombro por lo novedoso del formato o la particularidad del territorio, lo que se esconde detrás de esta percepción tiene que ver con el menosprecio y la ignorancia de quienes creen que el flamenco les pertenece y les molesta cualquier iniciativa que no reproduzca su propia idea de este arte.

Cada vez que vuelvo a la ciudad de los sanfermines y veo las calles, las salas y los teatros llenos de un público entusiasta y abierto a descubrir nuevas voces y talentos jondos, soy consciente del gran error en el que caemos cuando pensamos que esto es de minorías. Sinceramente cuesta mantener este discurso lastimero cuando ves a un centenar de personas emocionadas aplaudir entre lágrimas al guitarrista Alejandro Hurtado tocando por rondeñas y es fácil pensar que a los jóvenes que llenan la casita de Bad Bunny les pueda gustar igual la guitarra juguetona de Yerai Cortés.

Alejandro Hurtado en el Flamenco on Fire

Alejandro Hurtado en el Flamenco on Fire / Susana Giron

Desde luego, quejarse de que no hay público para el flamenco y que esto sólo lo podemos apreciar unos cuantos es bastante más cómodo que trabajar en buscar fórmulas más estimulantes en torno al flamenco. Más aún, cuando esto implica desprenderse de los mitos que sustentan sus discursos excluyentes y confiar en la propia capacidad de este arte para llegar a todos los corazones.

Precisamente, en la seguridad de que el talento de los artistas flamencos puede con todo se sustenta la apuesta de un festival que ha creído firmemente en el poder de atracción de esta expresión artística. Y, a partir de este convencimiento, no ha dejado de inventar, probar y proponer estrategias para envolverlo con ropajes nuevos, como apuntaba en este periódico su director Arturo Fernández.

Vídeo | José Mercé, desde el balcón del Ayuntamiento en el Flamenco on Fire de Pamplona

José Mercé, desde el balcón del Ayuntamiento en el Flamenco on Fire de Pamplona / Flamenco on Fire

Rompiendo con las inercias instauradas en los festivales tradicionales, renovando el diseño y la imagen de lo jondo, construyendo un relato distinto en cada edición, dialogando con la identidad del pueblo navarro, integrando a los colectivos locales, generando sinergias con otros circuitos y cuidando a los prescriptores, el On Fire se ha convertido en un festival de referencia por su solvencia, personalidad y frescura y en un punto de encuentro imprescindible en la agenda de muchos aficionados que encuentran aquí un espacio de convivencia amable sin la mirada inquisidora que se percibe en lugares de tradición más arraigada.

Mientras que en Andalucía hemos estado batallando por la nuestrificación del flamenco y nos hemos perdido en el debate político del asunto, aquí ha germinado un nuevo territorio flamenco gracias a que se han preocupado por cuestiones mucho más beneficiosas (y fructíferas) como es atraer a espectadores con un programa abierto y diverso. Con la libertad además de construir en un terreno virgen, alejado del clientelismo y el intervencionismo que se ve en Sevilla, Jerez o Madrid.

Pamplona, nuevo territorio flamenco

Pamplona, nuevo territorio flamenco / Susana Giron

Con sus aciertos y desaciertos, en estos años el On Fire ha zarandeado la vida de los navarros que sitúan el inicio del verano con el chupinazo y el colofón con los compases de esta cita cultural, la segunda más importante en la capital navarra después de San Fermín. Y, por extensión, ha cuestionado esos discursos de los que hablaba al principio.

Ahora “hacerse un balcón” es visto por los artistas consagrados como un gesto de prestigio, que asumen a veces con más emoción que sus propias funciones en los teatros, y es además una oportunidad para los jóvenes que se asoman por primera vez, como ha hecho este año la ganadora del Melón de Oro de Lo Ferro, Carmen Carmona, o Miguel Ángel Heredia. Y formar parte del cartel del On Fire y llevarse el pañuelo rojo que se impone a quienes van pasando por aquí se percibe ya como un logro, sobre todo, por el respeto y la admiración que reciben del público.

Carmen Carmona canta desde el Hotel La Perla en el Flamenco on Fire de Pamplona.

Carmen Carmona canta desde el Hotel La Perla en el Flamenco on Fire de Pamplona. / Susana Giron

La renovación del relato flamenco que hace el FOF a lo grande la vemos también en ejemplos como la Fiebre del Cante, un festival completamente autogestionado que lleva el flamenco más ortodoxo a un contexto de encuentro alternativo; el Bierzo al Toque, impulsado en Ponferrada por el creador del On Fire, Miguel Morán; Ciutat Flamenco, una cita puesta en marcha por Taller de Musics que introduce ideas originales como la Ciutat Batalla, un concurso donde se pone a prueba la capacidad de improvisación y creación de los bailaores; o en la Reunión de Cante Jondo de La Puebla de Cazalla, cuyo Ayuntamiento ha sabido reconvertir el legado que define su idiosincrasia en un programa transversal, inclusivo y comprometido.

Por supuesto, cada espectador elegirá después aquella que vaya más acorde con su modo de relacionarse con este arte, pero qué alegría que el flamenco albergue una oferta plural en la que todos y todas tengamos cabida.

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