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Semana Santa

'Luna llena de Semana Santa': el idealismo cofrade en Luis Cernuda

Nacido en Sevilla en 1902, el poeta exiliado en México sintió predilección por la Hermandad de los Estudiantes y por la “serena belleza de la Esperanza Macarena”

Luis Cernuda y el Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes

Luis Cernuda y el Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes / El Correo

Antonio Puente Mayor

Antonio Puente Mayor

Sevilla

El año que nació Luis Cernuda, la Hermandad de San Roque se incorporó al Domingo de Ramos, las Aguas sacó una centuria romana y la Virgen de las Lágrimas estrenó un palio en metal plateado. Era 1902, y el alumbramiento tuvo lugar en la sevillana calle Tójar (hoy Acetres), coincidiendo con el arranque del otoño. Su padre, Bernardo Cernuda Bousa, era natural de Puerto Rico, aunque los abuelos paternos procedían de España, y llegó a alcanzar el grado de general en el ejército. Su madre, Amparo Bidón Cuéllar, era sevillana con ascendencia francesa —el apellido Bidón es una castellanización de Bidou—. 

Bautizado en la iglesia del Salvador con los nombres de Luis Mateo Bernardo José, Cernuda se cría en un ambiente pequeñoburgués, tranquilo y a la vez monótono, bajo la actitud castrense y autoritaria del padre, que mantiene en el hogar una rígida disciplina. En el poema La familia, el poeta habla así de ambos: “Oh, padre taciturno que no le conociste / Oh, madre melancólica que no le comprendiste”.

Luis Cernuda en una imagen de su juventud

Luis Cernuda en una imagen de su juventud / El Correo

La influencia de Bécquer

Su afición por la lectura empezó con libros de viajes de la biblioteca paterna, así como un ejemplar de mitología. Más tarde, y gracias a sus primas Luisa y Brígida de la Sota, Cernuda descubre la poesía de Bécquer, cuyos restos fueron trasladados desde Madrid a Sevilla en 1913 —el título de su libro Donde habite el olvido está sacado de un verso de Gustavo Adolfo—. Ese año, Luis ingresaría en el colegio San Ramón de la calle Bailén, pasando en 1915 a estudiar con los Escolapios.

Tras componer sus primeros versos en el curso 1916-1917 y formar parte de la Junta Directiva de Congregaciones Marianas, en 1919 se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, donde conoce al profesor Pedro Salinas. Esto diría de Cernuda el insigne poeta y miembro de la Generación del 27: “Difícil de conocer. Delicado, pudorosísimo, guardándose su intimidad para él solo, y para las abejas de su poesía que van y vienen trajinando allí dentro —sin querer más jardín— haciendo su miel”.

Por su parte, Ana María Del Gesso Cabrera, estudiosa del poeta, dice esto de él: “Hombre tímido, hipersensible, gran observador, exquisito amante de la música y del cine, solitario, algo ‘extraño’, de difícil trato, frágil y extremadamente susceptible, se le dificultaba el acercamiento con los demás y esto le aparejó grandes conflictos con sus relaciones”.

Estampa de la Esperanza Macarena. Archivo de la Hermandad

Estampa de la Esperanza Macarena. Archivo de la Hermandad / El Correo

Buena Muerte por la Plaza del Pan

Tras vivir en la calle Acetres, en el cuartel del Tercer Regimiento de Zapadores, en el Prado de San Sebastián, y en la calle Jáuregui, tras la muerte de su padre, en 1920, el joven Cernuda se traslada con su familia a la calle Benomar (el actual número 4 de la calle Aire), en el barrio de Santa Cruz, y tres años después hace el servicio militar en el Tercer Regimiento de Artillería. Finalmente, en 1924, coincidiendo con la publicación de sus primeros escritos, Luis asiste a la fundación de la Hermandad de los Estudiantes, que desde entonces se convierte en su cofradía predilecta.

El escritor Daniel Pineda Novo afirma que solía contemplarla cada Martes Santo “bien en la Plaza del Pan” —donde su abuelo materno, Ulises Bidou, tenía una droguería—, “bien por la legendaria Alcaicería”. Más allá de la cofradía universitaria, sabemos por Juan Sierra que Luis Cernuda admiraba, estéticamente, “la serena belleza de la Esperanza Macarena”.

Ese año de 1924, el sevillano se une a la tertulia literaria de Pedro Salinas, donde conoce al poeta Joaquín Romero Murube, Medalla de Oro de la Soledad de San Lorenzo y Pregonero de la Semana Santa de Sevilla de 1944. Según Del Gesso: “Cernuda siente, desde sus primeras poesías de juventud, que el hombre sensible e inteligente es consciente de su soledad, tanto física como espiritual y existencial. Esa soledad vital y anímica le crea un insaciable deseo, siempre insatisfecho, de unión con lo bello, lo armónico, lo puro, lo absoluto de que el hombre ha sido desposeído, lo que equivale a decir que sufre un inagotable deseo de amor universal”.

La Hermandad de los Estudiantes en 1950

La Hermandad de los Estudiantes en 1950 / El Correo

“Una ciega fe religiosa”

En La eternidad, pieza incluida en su libro Ocnos y compuesta en Glasgow durante la Segunda Guerra Mundial, Luis Cernuda se refiere así a sus creencias religiosas: “Poseía cuando niño una ciega fe religiosa. Quería obrar bien, mas no porque esperase un premio o temiese un castigo, sino por instinto de seguir un orden bello establecido por Dios, en el cual la irrupción del mal era tanto un pecado como una disonancia”. Varios años antes, y establecido en Madrid, vivió un periodo de intenso compromiso político-cultural durante la proclamación de la II República, que le llevaría a afiliarse al Partido Comunista y a colaborar en revistas de marcado carácter izquierdista, como es el caso de El Heraldo o la revista Octubre, fundada por Rafael Alberti.

Según el periodista y escritor Paco Robles, “a Cernuda se lo han querido apropiar los modernos y los del Séptimo de Melancolía y han pretendido hacerlo el símbolo estético de la pluma (…) El que quiera apoderárselo que sepa que escribía para todos y no para una minoría”.

En 1938, profundamente afectado por el asesinato de Federico García Lorca, Luis Cernuda abandonó España y comenzó un largo exilio que lo llevaría por distintos países de Gran Bretaña hasta recalar en Estados Unidos, en 1947. Ese año, gracias a la mediación de su amiga Concha de Albornoz, consigue una plaza de profesor en la Universidad de Mount Holyoke (Massachusets), en la que permanecerá hasta 1952. Luego se instala en México, país que únicamente abandonará para dar clases, por un espacio de tres años, en la Universidad de Los Ángeles.

Cernuda en sus últimos años

Cernuda en sus últimos años / El Correo

‘Et in Arcadia ego’

Es durante su etapa mexicana cuando Cernuda hace balance de su vida y escribe la que será su última obra, La desolación de la quimera, cuyo título procede de un verso del poeta norteamericano T. S. Eliot. En sus páginas encontramos Luna llena de Semana Santa, redactado en la primavera de 1961, según Luis Antonio de Villena, cuando evoca “la atmósfera densa y suave, al propio tiempo, de Sevilla en su semana de Pasión, mientras contempla la luna del Parasceve”. Esta pieza, en la que es posible palpar la influencia de su admirado José María Izquierdo, presenta un “girón nostálgico de su niñez sevillana”, en palabras de Pineda Novo, cuando el poeta veía desfilar las cofradías, junto a “un marcado idealismo proustiano de evocación de las calles y plazuelas, embriagadas de azahares y jazmines, en las que se mezclan el sonar de los clarines y de las músicas procesionales...”.

“Denso, suave, el aire / orea tantas callejas, / plazuelas, cuya alma / es la flor del naranjo. / Resuenan cerca, lejos, / clarines masculinos / aquí, allí la flauta / y oboe femeninos. / Mágica por el cielo / la luna fulge, llena / Luna de parasceve. / Azahar, luna, música, / entrelazados, bañan / la ciudad toda. Y breve / tu mente la contiene / en sí, como una mano / amorosa. ¿Nostalgias? / No. Lo que así recreas / es el tiempo sin tiempo / del niño, los instintos / aprendiendo la vida / dichosamente, como / la planta nueva aprende / en suelo amigo. Eco / que, a la doble distancia, / generoso hoy te vuelve, / en leyenda, a tu origen. / Et in Arcadia ego.

Una mixtura de percepciones

Para el filólogo Rogelio Reyes, abstraída de sus perfiles religiosos, la fiesta que el niño rememora en Luna llena de Semana Santa es “una pura escenografía sensorial, una mixtura de percepciones en las que el tacto, la luz, los olores y los sonidos configuran un espacio adánico liberado del tiempo, una variante del ‘hortus conclusus’ de la tradición literaria clásica asociada a una topografía que remite, sin nombrarlo, al laberíntico itinerario urbano de las procesiones sevillanas”. Un espacio sólo comparable al que Juan Ramón Jiménez evocaría en un poema en prosa de su libro Sevilla al describir genialmente las sensaciones por él vividas en otra madrugada de Viernes Santo: “Sobre las calles a oriente, sobre las azoteas con macetas y barandas se va viendo una luz plata; en el fresco y puro aire matutino, aún oscuro, se oyen volar palomas que no se ven”.

Luis Cernuda falleció de un infarto de miocardio, el 5 de noviembre de 1963, en Ciudad de México. Dijo adiós en el domicilio de su amiga Concha Méndez, escritora y guionista española que formó parte del grupo de las Sinsombrero (Generación del 27). Fue enterrado al día siguiente en la sección española del Panteón Jardín, espacio que acoge los restos de artistas, políticos, deportistas y figuras notables de México así como de celebridades extranjeras.

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