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CUARESMA

María Cabezas, la diputada mayor de Gobierno que rompe el techo de cristal del Jueves Santo: "Me gustaría que hubiese más mujeres para compartir esa forma de ver la vida"

En junio de 2025, esta joven sevillana de 28 años se convirtió en la primera y única diputada mayor del Gobierno del Jueves Santo y de la Hermandad de Monte-Sión

Vídeo | María Cabezas, diputada mayor de Gobierno de la Hermandad de Monte-Sión

María Cabezas, diputada mayor de Gobierno de la Hermandad de Monte-Sión / Rocío Soler Coll

Rocío Soler Coll

Rocío Soler Coll

Fue la primera. Y, por ahora, sigue siendo la única. María Cabezas (Sevilla, 1996) se convirtió el pasado 26 de junio en diputada mayor de Gobierno de la Hermandad de Monte-Sión. Un cargo clave en la organización de la cofradía en el que llevaba años trabajando desde dentro, pero que ese día adquirió otra dimensión: era la primera mujer en asumir esa responsabilidad en una hermandad del Jueves Santo. Aquella tarde de toma de posesión, entre felicitaciones y apretones de manos, hubo una pregunta que escuchó una y otra vez: “¿Eres consciente de la responsabilidad que implica ser la primera mujer?”. A la que ella respondió: “La misma que si fuera un hombre, ¿no?”.

Quedan 10 días para que el Señor de la Oración en el Huerto, el Cristo de la Salud y la Virgen del Rosario pisen la calle Feria acompañados por más de mil nazarenos. En la casa hermandad se respira Cuaresma: huele a parafina, la Dolorosa aguarda en su paso y los hermanos entran y salen buscando su papeleta de sitio. Mientras tanto, María sube y baja escaleras, consulta la base de datos en un Excel y atiende el móvil sin descanso. La escena resume bien su papel: en la mesa del reparto de papeletas se sientan tres hombres y un joven; ella es la única que no para quieta, revisando listados y resolviendo dudas. Durante los cuarenta días de Cuaresma, sus tardes desaparecen de la agenda con sus amigas y se trasladan al número 18 de la calle Alberto Lista, donde se organiza -detalle a detalle- una comitiva que cada año crece un poco más.

María Cabezas preparando una papeleta de sitio durante el reparto de papeletas de Monte-Sión.

María Cabezas preparando una papeleta de sitio durante el reparto de papeletas de Monte-Sión. / Rocío Soler Coll

María cita a El Correo de Andalucía en la casa hermandad a última hora de la tarde, el único momento del día en el que puede concederse una conversación con cierta calma. Ni siquiera entonces resulta fácil. Antes de sentarse, encadena varias interrupciones que atiende encantada porque saber que forman parte natural del cargo. Un hermano mayor que quiere que sus nietos salgan juntos en el primer tramo de la Virgen. Un padre que pregunta si queda alguna varita para su hijo pequeño, aunque ya estén agotadas. "Lo voy a intentar, le diré algo pronto, no se preocupe que no me olvido", responde.

Se mueve con la soltura de quien está acostumbrada a mandar sin imponerse, a escuchar, ordenar y resolver sobre la marcha. A recibir a los de siempre y a acompañar a los que llegan por primera vez. Por eso, no sorprende que sea maestra de profesión. De hecho, trabaja como pedagoga terapéutica en Portaceli. Y esa vocación que dice tener en las aulas, atraviesa también su forma de entender la hermandad. “A mí me encanta tratar con la gente. Y, tal como lo entiendo yo, este cargo va de servir, de ayudar, de guiar y de acompañar en todo. Eso es lo que intento”, resume.

Su historia con Monte-Sión

María es hermana de Monte-Sión por elección, no por herencia. Ni su padre ni su madre lo fueron antes que ella. La semilla la puso Mamen, una vecina de la edad de su madre, cuando apenas tenía dos años. “En realidad soy hermana -quiero decir, pago la cuota- desde 2006. Cuando hice la comunión conseguí que mi madre me hiciera hermana”, precisa. Esa es la versión oficial. La verdadera, la que ella recuerda de verdad, empieza mucho antes: llorando y enfadándose cada Jueves Santo porque quería salir de nazarena y en casa le repetían aquello de que “las mujeres no suelen salir”.

María Cabezas en la capilla de Monte-Sión frente al paso de la Virgen del Rosario.

María Cabezas en la capilla de Monte-Sión frente al paso de la Virgen del Rosario. / Rocío Soler Coll

Desde muy pequeña participó en la vida de la hermandad gracias a sus vecinos, Mamen y Juan, que la llevaban a todo. “Yo estaba siempre allí. Entonces el padre de Mamen formaba parte de la junta de gobierno y para mí era como un abuelo”, recuerda. Su vínculo con Monte-Sión no nació de un apellido ni de una tradición familiar, sino de una pertenencia buscada, casi peleada desde niña.

Como diputado, tú no tienes un puesto de privilegio, tienes un puesto privilegiado para servir

"Cuando comenzaba el curso y me daban la típica agenda escolar para el colegio, yo lo primero que hacía era apuntar los cultos de la Virgen en octubre, el besamanos en febrero, el besapiés del Cristo, el Rosario de la Aurora y así con todos los cultos de la hermandad", rememora. Su madre le enseñó a caminar en la bulla con la Virgen del Rosario, a llamar a cada cosa por su nombre, a entender el propósito de vivir la Semana Santa en el corazón de la fe. "Para mí ver la Virgen del Rosario es como ver el recorrido de mi vida, yo soy muy mariana. Aunque también es verdad que el Cristo, con esas manos abiertas y la mirada al cielo, me recuerda de qué manera tengo yo que vivir: con la mirada puesta en el cielo y acogiendo a los demás con los brazos abiertos", dice.

De auditar las cuentas a liderar la comitiva

Tras 12 años siendo diputada de tramo en la comitiva de la Dolorosa, a María le propusieron ser censora de la Hermandad, una especie de auditor interno de las cuentas de la corporación. No le encantaba el cargo, pero aceptó y cumplió con su cometido durante dos años. "Es un servicio más, alguien tenía que hacerlo", asume.

María Cabezas junto a miembros de la Hermandad de Monte-Sión durante el reparto de papeletas.

María Cabezas junto a miembros de la Hermandad de Monte-Sión durante el reparto de papeletas. / Rocío Soler Coll

Antes de convertirse en diputada mayor de Gobierno, ejerció como auxiliar. "Tuve la suerte de que el anterior diputado mayor de Gobierno me instruyó y me tendió la mano durante su mandato. Todo lo aprendí de él: el funcionamiento, cómo se hacen las cosas en la calle, cómo hay que llevar la cofradía, cómo se organizan los tramos, cómo tiene que estar el Excel. Todo. Hay que ser muy cuadriculado. Recuerdo que me decía: "María, saca la cofradía, en vez de a y 30, a y 27". Puede parecer una tontería, pero son cosas muy importantes".

Se formó en todo lo relacionado con los aspectos técnicos del cargo, pero el trato humano y la manera de comunicarse con los hermanos lo aprendió de su madre, que jamás ha formado parte de ninguna junta de Gobierno, pero que desde su pequeña tienda de complementos en la calle Baños trata con gente a todas horas. "Si algo repito a mis diputados por activa y por pasiva, es que si por algo nos tenemos que caracterizar en la Hermandad de Monte-Sión, es porque los diputados de tramo dan un trato excelente y exquisito al hermano. Porque tú estás aquí para servirles a ellos. Como diputado, tú no tienes un puesto de privilegio, tienes un puesto privilegiado para servir", abunda.

"Ser mujer sigue siendo un hándicap"

En la fotografía de familia de la junta de gobierno hay una imagen que resume muchas cosas: una blusa blanca entre una hilera de trajes oscuros. Una sonrisa, el pelo largo, la única mujer del grupo. María no solo es la única mujer de su junta; también es la única diputada mayor de Gobierno de una hermandad del Jueves Santo y la primera que llegó a ocupar ese cargo. Ella lo lee como una señal de cambio, aunque sin triunfalismos. “Para mí es un signo de evolución y de que las hermandades están avanzando, aunque es verdad que sigue habiendo muchos más hombres que mujeres”, admite.

María Cabezas atendiendo a hermanos vía telefónica durante el reparto de papeletas de la hermandad.

María Cabezas atendiendo a hermanos vía telefónica durante el reparto de papeletas de la hermandad. / Rocío Soler Coll

No lo plantea como una batalla, sino como una evidencia. Cree que hombres y mujeres aportan miradas distintas y que esa diferencia enriquece cualquier equipo. "Como todo grupo humano, por suerte, los hombres y las mujeres tenemos una visión muy diferente de la vida. ¿Que me gustaría que hubiese más mujeres en la junta? Pues probablemente sí, para compartir también esa forma de ver la vida. Pero no me puedo quejar", dice. "Me he visto en casos en los que algún señor mayor no me ha entendido o le ha molestado que le dijera lo que tenía que hacer". Recuerda especialmente una escena durante una estación de penitencia. “Un hombre me dijo: "A mí una mujer no me manda". Y yo le respondí: "Tiene usted razón". Fui a buscar a una compañera que también iba de enlace y le dije: "Mire, una no: se las vamos a dar dos mujeres". Y se terminó el drama". Lo cuenta entre risas. Hoy, dice, aquel hombre es amigo suyo.

Insiste en que situaciones así son cada vez menos frecuentes, aunque ser mujer, reconoce, "sigue siendo un hándicap". En la Semana Santa de Sevilla todavía son minoría las mujeres que ostentan un cargo de responsabilidad en las juntas de Gobierno y solo dos han dirigido una corporación. En el año 2012, Maruja Vilches se convirtió en la primera mujer que ganaba unas elecciones a hermana mayor y desde el año pasado Concepción Rubio lidera la Hermandad de La Paz tras la muerte de Manuel Recio. El margen de mejora todavía es muy amplio y casos como el de Cabezas sigue siendo una anomalía: en 2024, solo el 20% de los cargos estaban ocupados por mujeres.

Cuando habla del futuro, no menciona cargos ni escalones. Habla de servicio. De seguir haciendo de su hermandad un lugar en el que los hermanos puedan desarrollar su vida espiritual. No un escaparate ni un ascensor social, sino un sitio donde estar y servir. "Estamos avanzando en muchas cosas, no solo en el número de hermanos. Este año, por ejemplo, tenemos 200 hermanos nuevos y hemos pedido un 20% más de cirios. Y en Caridad, el diputado le está dando un vuelco brutal, y eso para nosotros es fundamental".

Ayudar, servir, acompañar, colaborar. Son palabras que María repite a lo largo de toda la conversación y que terminan dibujando, mejor que cualquier cargo, su manera de habitar una hermandad. Por eso, cuando un abuelo pide que sus nietos vayan juntos en el tramo de la Virgen o un padre aparece a última hora buscando una varita para su hijo, saben que pueden preguntárselo a ella. "Estamos para ayudarnos".

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