Semana Santa 2026
Desastres, tumultos y robos: la cara oculta de la Semana Santa de Sevilla
Desde el aguacero de 1819, que obligó a los costaleros de la Exaltación a abandonar su paso, hasta la explosión de la bomba en 1919 a los pies de la Giralda que afectó a la Hermandad del Gran Poder, la celebración hispalense ha estado marcada por numerosos incidentes

La trianera parroquia de La O inundada en 1947. / Fototeca Municipal

Cada año, la Semana Santa de Sevilla llena sus calles de miles de personas, combinando arte, devoción y una tradición centenaria que atrae a turistas de todo el mundo. Pero detrás del brillo de los pasos y el rachear de los costaleros se esconde una historia menos visible marcada por incidentes, avalanchas y episodios trágicos. Como señala el historiador Juan Carrero Rodríguez en su Enciclopedia de la Semana Santa de Sevilla, “la fiesta no es un ente aislado, sino un reflejo de la realidad social y sus vicisitudes históricas”.
Por su parte, el antropólogo Isidoro Moreno, en su reciente obra La Semana Santa de Isidoro Moreno. La otra mirada, subraya que la Semana Santa no puede limitarse a una explicación puramente religiosa, sino que constituye un "hecho social total" que expresa múltiples dimensiones -religiosa, simbólica, identitaria y social-, reflejando también las tensiones de la sociedad que la vive y organiza.

La Virgen de las Lágrimas discurre por la Campana en la década de 1920. / Archivo de la Hermandad de la Exaltación
En la memoria colectiva permanecen los episodios de pánico conocidos como "carreritas", registrados en la Madrugá de 2000, 2005, 2009, 2015 y 2017. Estos sucesos, ampliamente documentados en crónicas de prensa y análisis de seguridad, marcaron un punto de inflexión en la gestión de multitudes en Sevilla. Cabe destacar que estos hechos se produjeron en años en los que las condiciones climatológicas fueron óptimas.
El rigor de los elementos
El agua ha sido, históricamente, el mayor enemigo de las cofradías. En 1819, la hermandad de la Exaltación vivió una jornada dantesca cuando un aguacero anegó el centro; el desorden fue tal que los costaleros abandonaron el paso de misterio frente a la Catedral, mientras el palio buscaba refugio en el arquillo del Ayuntamiento. No regresaron a su sede hasta el segundo día de Pascua, tras pasar el peligro del temporal que dejó las calles intransitables y la moral de los cofrades por los suelos.
En 1845, la crecida del río Guadalquivir marcó la Semana Santa trianera. La Esperanza de Triana y la O no pudieron cruzar el frágil puente de barcas el Jueves Santo. La O realizó su estación en Santa Ana, y no fue hasta el Viernes Santo cuando los cofrades de la calle Pureza se arriesgaron a cruzar un puente inestable. Para evitar que el palio volcara, tuvieron que sujetarlo con fuertes sogas en una estampa de tensión absoluta sobre las aguas.

San Gonzalo en la década de 1980. / Archivo de la Hermandad
Sobre estas catástrofes, el historiador José Sánchez Herrero apunta que la climatología no era solo un impedimento estético, sino “una amenaza real” para la integridad de unas tallas que representaban el patrimonio emocional de todo un barrio. En 1974, el foco volvió a situarse en el río, cuando el puente de Triana vibró de forma alarmante bajo el paso de la Esperanza, obligando a desviar recorridos por San Telmo durante años para evitar una tragedia estructural.
Robos y picaresca
Las aglomeraciones han sido siempre el caldo de cultivo ideal para los rateros. Por ejemplo, en 1884, el tradicional Miserere de la Catedral se tuvo que interrumpir por riñas provocadas por carteristas. Asimismo la picaresca alcanzó niveles novelescos en 1897, cuando la policía recuperó el billete de tren de un turista portugués. El ladrón lo había vendido a un aguador de la Plaza Nueva, quien pretendía revenderlo a su vez a unos jóvenes del extrarradio.
En el siglo XIX, el control sobre la mendicidad era tan férreo que el Jueves Santo de 1888 el alcalde ordenó conducir a los pordioseros al Asilo de Mendicidad de San Fernando, próximo a la plaza de San Leandro, para que dejasen de incordiar a viandantes y turistas. Horas más tarde, un grave incidente marcaría el discurrir de la Macarena por las calles de su barrio. A eso de las nueve de la mañana tuvo lugar una reyerta en una taberna entre los clientes y el tabernero al negarse estos a satisfacer el importe de sus consumiciones; el dueño resultó gravemente herido de dos puñaladas y tuvo que ser trasladadado al hospital de las Cinco Llagas.

El Gran Poder en 1914. / Archivo de la Hermandad
Los hurtos no siempre tuvieron como objetivo a particulares. En 1983, la Hermandad de San Gonzalo sufrió el robo de enseres de la Virgen de la Salud, un episodio que obligó a la corporación a rehacerse gracias a la solidaridad de otras hermandades del Lunes Santo y de Triana. Desgraciadamente, la lista de robos a cofradías sevillanas se ha ampliado en las últimas dos décadas. A los sonados casos de las Siete Palabras —con tres robos entre 2012 y 2022—, la Resurrección (2017) o la Sed (2020), se suman los más recientes episodios en San Pablo y en la agrupación parroquial de Paz y Misericordia de Rochelambert.
La bomba del Gran Poder
Uno de los incidentes más graves en la historia de la Semana Santa de Sevilla tuvo como protagonista a la Hermandad del Gran Poder. Ocurrió el 18 de abril de 1919, durante la estación de penitencia en la Madrugá del Viernes Santo, cuando el paso de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso salía por la Puerta de los Palos de la Catedral. Durante la Cuaresma habían circulado rumores sobre posibles atentados terroristas para boicotear la Semana Santa, considerados inicialmente alarmistas por las autoridades.
La tensión creció cuando un caballero elegantemente vestido intentó entrar en la Catedral y fue detenido por dos guardias municipales, que poco después autorizaron el acceso a tres religiosas. La concesión exasperó al hombre, provocando un altercado que generó un tumulto, mientras el público congregado a las puertas huía alarmado, según relató el diario independiente La Unión.La explosión se produjo cuando un misionero del Corazón de María, Ramón Quiza Herranz, que se encontraba a los pies de la Giralda, pisó el explosivo que una «mano criminal» había depositado allí mientras trataba de retirarse para esquivar el tumulto.
El estallido provocó graves heridas al religioso, que fue trasladado primero a la casa de socorro de la Plaza de San Francisco y luego a la clínica de la Salud, donde le amputaron días después la pierna izquierda. El pánico se extendió a otras cofradías, como la del Calvario, cuando circuló la versión de que había estallado otra bomba en la Catedral, coincidiendo con un pagón del alubrado público. Esto provocó que el público huyera por la calle Granada y la Plaza Nueva.
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