ENTREVISTA
Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva: “Hace falta una reacción social y cultural contra el narcotráfico”
El máximo dirigente de la Diócesis onubense señala que se trata de “un negocio teñido de sangre” y denuncia el silencio social ante el avance de un problema ha penetrado “en toda la provincia, no solo en la costa”

Santiago Gómez Sierra, Obispo de Huelva. / Alberto Díaz

Semanas después de la muerte de los guardias civiles Jerónimo y Germán, Huelva sigue estremeciéndose al escuchar sus nombres. La indignación aflora cuando se recuerda lo ocurrido y muchos se preguntan qué más tiene que pasar para poner cerco a un problema que afecta a la sociedad en todos sus estratos, sin importar clase social ni lugar de procedencia.
El narcotráfico en Huelva ha mutado. Está presente en el día a día de los onubenses con una connivencia y silencio sin precedentes. Desde lo ocurrido, casi nadie en la provincia ha alzado la voz. Salvo una persona, D. Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva, quien no dudó en mostrar un contundente rechazo frente al narcotráfico y sus consecuencias, además de pedir una mayor dotación de medios para combatirlo sobre el terreno durante su homilía en el funeral de los agentes.
P. Tras lo ocurrido recientemente y después de la repercusión de su homilía en el funeral de los guardias civiles fallecidos, ¿qué sensación le queda sobre el momento que vive Huelva respecto al narcotráfico?
R. La sensación principal es de preocupación. Es un problema que aparece de manera recurrente en los medios de comunicación: detenciones, petaqueo, narcolanchas… No es algo puntual. El otro día, en el funeral, vimos el saldo final de todo esto: la muerte de personas. Ese es el verdadero drama y lo que más preocupa.
P. En aquella homilía pidió más medios para las fuerzas de seguridad. ¿Cree que no se está respondiendo con suficiente contundencia?
R. Yo solo puedo basarme en la información pública y en las reivindicaciones de las asociaciones de guardias civiles. Tras la muerte de estos dos agentes se hizo visible que las asociaciones llevaban tiempo reclamando más medios. También se ha publicado la enorme diferencia entre las narcolanchas que tienen las organizaciones criminales y los recursos de la Guardia Civil, que es mínimo. Además, algunos dispositivos específicos que existían para combatir este problema en Cádiz y en Huelva se han eliminado. Sí que hay una sensación de que hacen falta muchos más medios de los que disponen.
P. ¿Existe una responsabilidad compartida por parte de todas las administraciones?
R. No conozco exactamente las competencias de cada administración, pero creo que todos tienen algo que hacer. Hay un dato significativo: durante la campaña de las elecciones andaluzas apenas se habló del narcotráfico. Lo puso sobre la mesa la muerte de los guardias civiles, pero antes no estaba. El debate estaba centrado en vivienda, inmigración u otros asuntos importantes. Pero un tema como es el narcotráfico para Andalucía, donde toda la costa, desde la oriental hasta la occidental y también extendiéndose hacia el interior, lo sufre, pues que no esté en primer plano pues creo que está indicando que realmente hay algo más que hacer.
P. Usted es de Madridejos, Toledo. Ha trabajado mucho tiempo en Córdoba, también en Sevilla. ¿Cómo entra en contacto con el problema del narcotráfico y sus consecuencias aquí en Huelva?
R. La primera vez fue cuando era obispo auxiliar en Sevilla. Durante las visitas pastorales a los pueblos de la cuenca del Guadalquivir descubrí cómo el río se había convertido en un corredor de entrada del narcotráfico. Me impresionó especialmente el silencio que existía alrededor del tema, incluso dentro del ámbito de la Iglesia. Al llegar a Huelva encontré la misma realidad: el narcotráfico estaba presente en pueblos, familias y distintos ámbitos sociales. Además, informes como el de la Fiscalía de este último año, que es muy incisivo en este tema, muestran claramente cómo el problema ya no afecta solo a la costa, sino también al interior de la provincia. Es un problema que se va acrecentando y que habría que abrir los ojos y darnos cuenta de que es muy importante.
P. ¿Qué le ha impactado más durante esas visitas pastorales?
R. Me impresionó, por ejemplo, conocer casos de escuelas de formación relacionadas con la pesca en la provincia donde no había alumnos, pese al desempleo juvenil. La explicación era que muchos jóvenes preferían ganar dinero rápido colaborando con el narcotráfico, simplemente avisando con un móvil de movimientos policiales o realizando el petaqueo. Esto penetra dentro del tejido social.
También me impacta el trabajo de la pastoral penitenciaria. Muchos internos terminan en prisión por cuestiones relacionadas con la droga y el narcotráfico, y allí el problema sigue muy presente.
P. ¿Cree que se ha normalizado el narcotráfico en algunos pueblos?
R. Sí, creo que existe cierta normalización, sobre todo del consumo. Se ha convertido en algo habitual en fiestas y celebraciones. Esa tolerancia crea un mercado y detrás de ese mercado hay toda una estructura criminal. Quizás ya no vemos a personas tiradas en la calle, como lo veíamos en otros tiempos, pero hay un daño real y objetivo.
Hay asociaciones que trabajan con jóvenes que han sufrido daños psiquiátricos irreversibles por el consumo de drogas. El sufrimiento continúa afectando a muchas personas y familias, aunque no siempre sea visible.
P. Usted definió el narcotráfico como un “negocio de muerte”. ¿La sociedad comprende realmente sus consecuencias?
R. Lo decía precisamente en el contexto de un funeral, pero es una realidad. No son las primeras víctimas ni, desgraciadamente, serán las últimas. Pero no solo hay violencia contra la Guardia Civil, también entre personas que están metidas en este negocio, hay ajustes de cuentas que terminan en muerte. Pero también hay mucha muerte provocada por la propia droga.
Creo que hay que decirlo así, pues porque parece que el que tiene un coche y se dedica a mover garrafas dice “yo no estoy haciendo ninguna cosa mala”, ¿no?. O el que está llamando y avisa avisa de que por aquí se mueve la Guardia Civil o por allí se mueve otra persona. Bueno, es que en la cadena que conduce a todo este sufrimiento y a esa muerte, se puede estar en un eslabón u otro, pero es un negocio realmente teñido de sangre. De vidas que se pierden.
P. ¿Le preocupa especialmente el mensaje que reciben los jóvenes?
R. Me preocupa, naturalmente. Porque destruye valores esenciales para la convivencia: el trabajo, el sacrificio, la honradez. No se puede construir una sociedad sana si triunfa la idea del dinero fácil. Nos escandaliza la violencia contra la mujer, los trabajos precarios, la falta de empleo, pero también nos tiene que alarmar si vamos construyendo una sociedad donde el valor del trabajo, la honradez o el sacrificio se menosprecia por el dinero fácil. Eso corrompe la sociedad.
P. ¿Qué papel debe jugar la Iglesia ante esta realidad?
R. La Iglesia nunca debe tener un papel pasivo. Tiene una misión educativa y moral, desde la catequesis hasta la formación de adultos. Tiene que educar en los mandamientos de la ley de Dios. Los padres en las familias también tienen un papel esencial, sean o no cristianos, en educar en base a los valores humanos.
Humildemente quise hacer en la homilía una llamada de atención sobre un problema que me parece que es grave y que no le prestamos la suficiente atención. A veces es tarea de la Iglesia levantar la voz para decir, "ojo con esto."
En Huelva existe desde hace décadas el proyecto Naim, dedicado a la atención de personas drogodependientes. Nació en los 70 gracias a sacerdotes de la diócesis, entre los que destaca Don Francisco Echevarría, que sintieron la llamada de ayudar a quienes la droga había dejado al margen.
P. Quizás, desde la base de la Iglesia, esos párrocos que están en contacto con la realidad, a lo mejor también pueden zarandear un poco las conciencias de sus feligreses, ¿no?
R. Por supuesto: Yo creo que yo creo que sí, que lo tenemos que hacer, aunque es verdad que no es fácil por ese silencio que se da. Casi todos los días tenemos noticias de detenciones -por narcotráfico- en todo el territorio diocesano. No solamente en la costa.
P. Muchas personas relacionadas con el narcotráfico participan también en hermandades y ambientes religiosos. ¿Es compatible con la vida cristiana?
R. Pues no, evidentemente no. Ser cristiano no es solamente un sentimiento. No solo es ser devoto de una Virgen, de una hermandad, etc. Que también, pero es vivir de una manera, tener una moral.
El cristianismo tiene tres pilares. El credo, donde nosotros resumimos todo lo que creemos de Dios y lo que él ha hecho por nosotros. Los sacramentos, la acción de Dios y de cómo llega a mi vida. Los 10 mandamientos, naturalmente alguien que vive del narcotráfico no los cumple y, por lo tanto, no puede decirse que lleve una vida cristiana.
Hay que llamar a la conversión, a cambiar de vida. Los pecados no son cosas que yo siento, que se quedan en lo personal, en lo subjetivo. Tiene una dimensión social y repercute en otros. Claramente este pecado de trabajar y colaborar con el narcotráfico, pues tiene un saldo de muerte.
P. ¿Qué le diría a quienes están comenzando en ese mundo o ya forman parte de él?
R. Les diría que escuchen su conciencia. Todos sabemos, en el fondo, cuándo estamos haciendo el mal porque se enciende el piloto rojo. De hecho, cuando hacemos algo bien nos gusta presumir de ello, pero cuando hacemos algo malo, lo ocultamos. Y les pediría que piensen en el daño que provocan, no solo a otros, sino también a sus propias familias y a ellos mismos. Muchas de estas personas terminan destruyendo sus vidas, en prisión o en situaciones dramáticas.
P. ¿Cuál es su mayor preocupación respecto al narcotráfico en Huelva?
R. Que se convierta en una gangrena que siga extendiéndose y que la sociedad no reaccione. El narcotráfico termina corrompiendo las estructuras sociales. Hay países donde incluso se habla de “narcoestados”. No digo que estemos en esa situación, pero sí creo que es necesario reaccionar antes de que el problema siga creciendo.
P. ¿Cómo debería producirse esa reacción?
R. Primero, mediante la denuncia clara y el aislamiento y rechazo social de las personas que están en esto. Las fuerzas de seguridad están haciendo un trabajo enorme y muchas veces heroico, pero no basta solo con la actuación policial. Hace falta también una reacción cultural y social frente a este fenómeno.
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