Fuera de Juego: La otra cara del fútbol sevillano
Iván Rakitic, exjugador del Sevilla FC: "Si encuentro un socio, me llevo los caracoles a Croacia"
De referente del sevillismo a una historia con acento propio: las otras vidas del exjugador nervionense

Ivan Rakitić / EL CORREO

Ivan Rakitic habla y va dejando imágenes. Algunas son grandes, otras casi invisibles, pero todas pesan. Sevilla aparece en muchas de ellas, como un lugar al que no se llega, sino en el que uno se queda: “Me hubiera gustado mucho conocer al abuelo de mi mujer. Mi suegra muchas veces me lo dice: ‘Estaría loco contigo, Ivan’. Tenía un reloj del Sevilla y, antes de morir, les dijo a sus familiares que le podían quitar todo, pero que se iba al cielo con su reloj del Sevilla Fútbol Club; que no se lo tocaran, que se lo llevaba con él para siempre”.
–¿Con qué se queda usted para siempre?
–Con mi familia, claro.
–Ya.
–Y con el cariño de la gente.
–Entiendo.
–También con el Sevilla y con la ciudad de Sevilla.
–Hábleme de cosas de Sevilla.
–Me da mucha alegría que Pino Montano vaya a tener Metro. Creo que es la Línea 3, ¿no? Es bueno, en general, para toda la ciudad, que vayamos avanzando, mejorando y que el tráfico disminuya.
–Se expresa casi como un político.
–No, no (se ríe). ¡Pero es que es verdad!
–Dígame más verdades.
–Jamás pensé que comer caracoles se convirtiera en una de mis grandes pasiones.
–Ea.
–Por mí, que llueva todo el año y que haya caracoles siempre. La primera vez que vi a mi mujer comiendo caracoles casi me da algo. Yo se lo dije: “Pero qué asco, Raquel…”. Estuvimos un montón de tiempo así. Me insistía en que los probara, pero yo siempre le respondía que no tenía hambre. Me pasó lo mismo con el sushi. Cuando lo probé, ya no paré. Pero lo que pasa es que los caracoles me gustan multiplicado por mil. La primera vez que me comí un caracol fue en el Dinain, el bar que llegué a tener en Los Bermejales. No sé cómo lo hice. Lo cogí, no lo miré mucho, y para dentro. ¡Madre mía! Pero qué cosa más buena… Desde entonces no paré. Se me fue un poco de las manos. La gente no lo sabe, pero en las últimas temporadas que estuve en el Sevilla, cuando ya se estaba acabando la temporada de los caracoles, empecé a ir por toda la ciudad buscando bares que los pusieran aún. Me podía ir a Los Remedios, a Sevilla Este… donde fuera. Y, como hubiera, me llevaba tarrinas. La diferencia con el salmorejo, que también me encanta, es que yo, en Croacia, me puedo hacer un salmorejo cuando quiera. Voy al súper y compro los productos. Con los caracoles…, cuando más estás disfrutando, desaparecen. Y eso, durante unas semanas, cuesta adaptarse.
–¿Nunca has pensado en comercializarlo?
–Hombre, yo lo tengo claro. Si encuentro un socio bueno, alguien que sepa, llevamos los caracoles a Croacia y a Suiza. Yo lo veo clarísimo.
–¿Se imagina un puesto de caracoles en pleno centro de Zagreb?
–Sí.
–¿Y cree que tendría éxito?
–Eso no lo sé. Hay que probar. Es cuestión de insistencia también.
–Como la que usted tuvo para conquistar a Raquel.
–Me costó siete meses. En enero de 2011 la vi por primera vez. Acababa de llegar para fichar por el Sevilla. Ella trabajaba en el bar del hotel en el que me estaba quedando. Fue una sensación muy especial… y le dije a mi hermano: “¿Ves a la chica que está allí? Me voy a casar con ella”. Poco después, apenas pasaron unos minutos, mi hermano me dijo que tenía que hablar conmigo, que había un club que acababa de llamar para que me fuera con ellos. Me ponían un avión privado y me doblaban la ficha.
–¿Un club italiano?
–Sí.
–¿Cuál?
–Nunca lo he dicho.
–Lo del avión me suena a Berlusconi, el Milán.
–Bueno, bueno. Pasaron cositas. Otro día hablaremos de eso.
–Mejor. No nos desviemos…
–Yo le dije a mi hermano que no, que yo le había dado la palabra al presidente, Del Nido, y que tenía que casarme con la chica que estaba en el hotel.
–¿Qué estrategia utilizó para la boda?
–Iba muchas veces a la semana al bar para tomarme un café y una Fanta naranja. Yo le decía que si podíamos quedar un día fuera del hotel, pero siempre me comentaba que no, que estaba también estudiando y no tenía mucho tiempo. Pero ocurrió algo…
–Cuente.
–Yo tenía en el hotel a una especie de detective (se ríe). Era como un chivato, pero un chivato bueno, ¿eh? Me llamó el 20 de agosto y me dijo: “Ivan, Ivan. Raquel está aquí. Está con su hermana y una amiga”. Actué rápido. Llamé a Emir –Spahic– y le dije: “Te paso a recoger en cinco minutos y tomamos algo”. El tío me dijo que no, que estaba cansado, que se iba a preparar para dormir la siesta. Le dije que ni loco…, que se vistiera y que la siesta la dejaba para mañana. Me costó un poco convencerlo. Es que yo no iba a aparecer solo… No pegaba mucho. Emir fue obligado. Pero fue clave. Me ayudó. Y ahí cambió mi vida. No sabes dónde puede estar el camino de cada uno. ¿Usted sabe que yo podía haber sido arquitecto? Comencé con los estudios.
–¿Y qué tal se le daba?
–Creo que algo de magia hubiese dado (risas). Al menos, lo que he estudiado me ha servido para ayudar a crear la casa de ensueño de Raquel y mía.
–¿Qué detalles son suyos?
–Es como si coges unas cuantas piezas de Lego y las vas montando. Es así.
–Ya, ya. ¿Pero cuál cree que es su sello en la casa?
–Vas montando tus ideas. A mí, además, me gusta dibujar también.
–Al final no me responde.
–Bueno, no sé… Mira, por ejemplo, la sala de trofeos. Ahí sí le metí yo caña (risas). Tengo un montón de camisetas.
–¿Tiene de sus ídolos, Prosinecki y Suker?
–Pues no.
–¿Por qué?
–Pensé en comprarlas, pero eso no pega… Yo prefiero que sean de intercambio.
–¿De Reyes?
–Muchas. Cada vez que jugábamos un Sevilla-Barcelona, me llamaba y me decía: “Hermano, tráeme cinco o seis camisetas”. Las metía en el macuto y para José iban todas. Con Reyes siempre tuve una conexión especial. Compartimos muchísimo y, en lo futbolístico, era bestial. Yo se lo comentaba a mis compañeros, algunos que tuve en el Barcelona. Jose, por talento, está seguro entre los diez mejores futbolistas españoles de la historia. Y yo he coincidido, como sabe, con muy buenos jugadores de España.
–Iniesta, por ejemplo.
–Por ejemplo, por ejemplo. También hacía cosas increíbles. Me encanta charlar con Andrés. Hemos creado una gran amistad entre las dos familias. Nos queremos muchísimo y hablamos bastante.
–¿Cómo es como persona?
–Como en el campo. No sé qué tiene que pasar para que se ponga nervioso. Es un tío muy tranquilo y muy buena persona.
–También leí que está jugando al pádel.
–Sí, sí. A mí también me encanta. Yo jugué al tenis hasta los 13 años y me ayuda.
–Míticos son los partidos en el vestuario de tenis de mesa entre usted y Dmitrovic en el Sevilla…
–Al final nos quitaron la mesa. Nos retábamos.
–¿Quién era mejor?
–¿Entre Marko y yo?
–Sí.
–Bueno, creo que la pregunta la veo como… un poquito de insulto, pero bueno. Pregunte, pregunte a los compañeros a ver qué opinan.
Se ríe. Y ahí se queda la conversación, suspendida entre anécdotas que parecen menores y momentos que no lo son tanto. Hay algo de eso en su forma de contarlo todo. Pasión y agradecimiento. La vida de un ‘sevillano’ llamado Ivan.
El motor de tu vida
Hay futbolistas que explican su carrera con títulos, finales o estadísticas. Ivan Rakitic, en cambio, probablemente empezaría por casa. Porque antes que los estadios llenos o los himnos, está su refugio: Raquel y sus hijas Althea y Adara. En el campo siempre fue equilibrio, inteligencia y sacrificio. Fuera, todo parece responder a lo mismo. Su familia es su verdadero centro del campo. Desde ahí ha tomado decisiones, ha encontrado calma en los momentos difíciles y ha seguido compitiendo cuando ya lo había ganado casi todo. Raquel no es solo su pareja, es también ese lugar al que volver cuando el fútbol se detiene. Y con sus hijas creciendo a su lado, Rakitic ha aprendido a valorar una victoria distinta: la de estar, la de acompañar, la de no perderse lo importante.
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