Fuera de Juego: La otra cara del fútbol sevillano
Javi Pineda, exjugador del Sevilla FC: “Maradona me pidió que le enseñara un truco con el balón en el Bernabéu”
El astro argentino lo convirtió en ‘Pinedita’ y el canterano sevillista descubrió, desde su timidez, al futbolista más cercano que jamás imaginó conocer

Roberto Arrocha
Hay recuerdos que no se gastan. Pineda vuelve a Maradona como quien entra otra vez en aquel vestuario y todavía nota algo en el cuerpo. No habla primero de partidos ni de jugadas. Habla de una sensación rara, de una palabra dicha a tiempo, de un gesto que se quedó ahí para siempre. “Cuando llegaba al vestuario, ese olor, ese perfume de Maradona, distinto a todos; cuando lo veía, y empezaba a escucharlo, era como si todo se iluminara. No sé cómo explicar esta sensación. Nunca más tuve una experiencia parecida. Para mí, Maradona era un ser distinto. Te atrapaba. Por eso fue tan especial que se fijara en mí…”.
Pregunta. -¿Cuándo empezó a notar su cariño?
Respuesta. -Cuando empezó a llamarme Pinedita. Nadie me llamaba así. Maradona siempre estaba: “Pinedita, para aquí; Pinedita, para allá”. Y, también, cuando dijo que quería que yo jugara siempre a su lado. Yo, que unos meses estaba jugando en Tercera, me vi, de repente, disfrutando con Maradona en un terreno de juego. Siempre, no sé si consciente o inconsciente, lo buscaba a él. Hasta había compañeros que me decían: “Joder, Pi, cabrón, que siempre lo buscas a él. Mira también a los demás”.
-¿Y usted qué les respondía?
-¿Qué les voy a responder? Que al que buscaba era… ¡a Maradona! Me acuerdo que una vez Marcos me dijo: “Pi, tío, ¿por qué no te vas a jugar tú y él solos?” Maradona veía cosas que los demás no nos atrevíamos ni siquiera a mirar. Y yo solo quería disfrutarlo. Tenía 20 años. En el campo me transformaba. Pero fuera era muy introvertido. Tengo todavía mi camiseta del día del debut (ante el Deportivo, el 13 de septiembre de 1992) con todas las firmas de mis compañeros. Menos la de Maradona. No me atreví a pedírsela. Era muy cortado y tímido. Otro, con una manera de ser distinta, se hubiera aprovechado de esta circunstancia. Otro, que hubiera sido más avispado, le hubiera pedido ayuda a Maradona para tener una mejor renovación. No lo hice. Cuando llegué a la ciudad deportiva, le dije a Diego que ya había firmado, y me preguntó: “Pero, ¿estás contento?”
-¿Qué le dijo?
-Que sí, que sí. Yo, realmente, en lo que quería pensar era en jugar. Ahí sí me transformaba. Mucho. Demasiado. Era capaz de cualquier cosa.
-¿Por ejemplo?
-En un partido, había una falta al borde del área. Nunca he tenido eso que llaman miedo escénico, o cosas así. Solo quería disfrutar y ayudar. El árbitro pitó falta, y yo cogí el balón. ¡Iba a tirar la falta! Pero vi que Maradona venía, y le digo: “Diego, ¿quieres pegarle tú?”. Me dijo: “¿Cómo?”. Y claro, ya ahí me di cuenta. Me acuerdo que le respondí: “No, no, no, no. Nada, nada. No he dicho nada”. No sé cuántas veces pude decir “no”. Me miró como diciendo: “¿Pero qué coño te está pasando?”. Con Diego me pasaban cosas muy raras.
-Cuente más.
-El día que estábamos en el hotel, en Benacazón, y nos pusieron espaguetis. Yo vi unas tijeras. No sé cómo podía haber allí unas tijeras. Las cogí sin que nadie se diera cuenta, y empecé a cortar los espaguetis. La mala suerte que tuve… que el que se dio cuenta fue Diego. No sabía si reír o llorar. Me dijo que si eso lo hacía en Nápoles, me mataban. Diego era muy gracioso. Y muy humilde, algo que he valorado con el paso del tiempo.
-¿En qué sentido?
-Le cuento dos ejemplos. El primero, en el partido ante el Burgos, cuando Bilardo sacó a Maradona, y se armó una tremenda, yo era el sustituto de Diego. Salió enfadadísimo. Parecía que quería mirar a Bilardo, y a mí, claro, ni siquiera me miró. ¿Pues sabe lo que hizo? Al día siguiente pidió reunir al grupo para pedirme perdón delante de todos. ¡A mí! Que era un niño que no había hecho nada en el fútbol. También era humilde porque, aunque fuera Dios, aunque fuera el mejor del mundo, tenía tiempo para querer aprender cosas nuevas. Estábamos Marcos y yo en el Bernabéu, justo a la salida del vestuario, donde hay una sala de calentamiento, haciendo jueguitos con el balón. Levantábamos la pelota arriba, y pasábamos el pie por encima antes de que cayera en el pie de apoyo. Vi que Diego se puso a mirarnos. Y me dice: “Pinedita, pará, pará. Enséñame cómo es eso”. Imagínese mi cara. Yo, enseñando a Maradona.
-¿Y qué sucedió?
-¿Qué iba a pasar? Le enseñamos. Marcos y yo lo hacíamos una o dos veces seguidas. Diego cogió el balón y lo empezó a hacer. Una, dos, tres, cuatro, cinco… hasta 20 de manera consecutiva. Incluso, se puso a hablar mientras lo hacía. Cuando ya llevaba montones, nos dijo: “Muchachos, ¿lo estoy haciendo bien?”. Era de locos. Un genio. Una persona distinta, el primero que ayudaba en los asados que hacíamos en la casa de Floren (encargado de la ciudad deportiva entonces). Diego me enseñó que siempre se puede aprender. Como lo veía a él tan presente en todo, pues yo lo imitaba. Un día, en un entrenamiento, vi que Losada estaba haciendo una especie de regate que se lo había visto a hacer a un amigo suyo. Creo que me dijo que se llamaba Pachi, y que jugaba al fútbol sala. Era algo espectacular. Le dije que me explicara cómo lo hacía. Recuerdo que Cortijo también quería aprender. Con Bilardo había una cosa buenísima. Siempre, antes de empezar con la carga física, nos daba un balón a cada uno para que estuviéramos 20 minutos con él. Terminé aprendiendo el regate. Incluso, lo mejoré. Pensé. “Si le das la vuelta, se queda más chulo”. Casi todos los días lo repetía. El problema, claro, era poder hacerlo en un partido.
-¿Y lo hizo?
-Sí, sí. Lo hice, pero cuando ya estaba en el Extremadura. Lo puede ver en Youtube. Si pone regate de Pineda a De la Peña lo puede ver. Ahí está. La pena fue que no acabó en gol. Luego, en el vestuario, mi compañero Óscar Montiel me contó que a Ronaldo, que estaba a su lado, se le quedó una cara como diciendo… “¿pero esto qué es?” Óscar, que era guasón, me dijo que aprovechó el momento para decirle: “Estamos harto de verlo. Lo hace todos los días en los entrenamientos”. Ese regate fue muy comentado. En el descanso, recuerdo que De la Peña, que es un tío espectacular, se acercó y me dijo: “Madre mía, tío, la que me has liado”. Hace unos años lo volví a ver en Valencia. Iba por la calle, cuando de repente empecé a escuchar a alguien gritando: “No me vayas a regatear, ¿eh? No me vayas a regatear”.
Pineda no lo cuenta desde la nostalgia. Lo suyo suena más a agradecimiento. Fue una etapa corta, apenas unos años, pero le dejó recuerdos de esos que ya no se mueven. Palabras mayores. Maradona. Y aquel `Pinedita’ que todavía parece decirlo todo.
LO QUE ME MUEVE
A Pineda se le entiende mejor cuando habla de su mujer y de sus hijos, Daniel, Mario e Iván. Vive actualmente en Madrid, pero Córdoba sigue apareciendo como ese sitio que no se pierde del todo, donde están familiares, amigos y una parte importante de lo que uno es. No habla de los suyos con discurso preparado, sino con esa mezcla de orgullo, preocupación y sentido común de quien ha vivido mucho. En el fondo, lo que lo mueve está ahí, en su casa, en su gente y en no olvidar nunca de dónde viene.
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