IV Centenario del Voto Inmaculista de Sevilla
Después de la guerra, se reanudó la costumbre iniciada en 1927 por alumnos de los Luises, de visitar la plaza del Triunfo el día 7 de diciembre, para cantar la Salve y ofrecer flores ante la imagen del monumento.

Monumento a la Inmaculada Concepción erigido en 1918 por iniciativa del cardenal Spínola en la plaza del Triunfo. . / El Correo / Nicolás Salas
Nicolás Salas
Carlos Ros, sacerdote y escritor, ha escrito el siguiente artículo: «El pasado día 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, se cumplieron 400 años del juramento solemne de la ciudad de Sevilla a la Inmaculada Concepción. Uno y otro Cabildo se pusieron de acuerdo en dar el mayor realce posible a este juramento. Como corresponde a la ciudad más concepcionista y para ejemplo de las ciudades del reino. El Cabildo catedral se preocupó de que este acto tuviera el realce de la fiesta del Corpus: repiques de campanas, luminarias en la torre y en la iglesia, vísperas solemnes, baile de los Seises, procesión por las últimas naves del templo y estación ante la Virgen de los Reyes... y la redacción de la fórmula del juramento, un texto solemne acorde con el marco suntuoso en el que se ha de pronunciar.
El Cabildo secular invitaría a la población a poner colgaduras de bellos tapices en los balcones, iluminaciones en los palacios, banderas, flámulas y gallardetes en la torre del Oro, con un estandarte de seda en su remate que decía: María concebida sin pecado original. Vistosas banderas en las Casas Consistoriales, Contratación, Audiencia Real, Lonja de los Mercaderes y demás edificios públicos. Y en el río, a la hora del juramento, que todas las naves, nacionales o extranjeras, gasten sus salvas en honor de este misterio.
Todo está preparado. El 7 de diciembre, por la tarde, hubo vísperas en la catedral, oficiadas por el viejo arzobispo. La Ciudad acudió desde las Casas Consistoriales precedida de los porteros de maza, vestidos de garnachas y gorras de terciopelo encarnado, veinte alguaciles a caballo, trompetas y demás acompañamiento. La Giralda con sus repiques y la gente inundando las calles, todo anunciaba fiesta grande en Sevilla. Al día siguiente, 8 de diciembre, la misma puesta en escena de la víspera. Después del canto de Prima, el Cabildo catedral se acercó al palacio arzobispal para acompañar al arzobispo don Pedro de Castro a la iglesia mayor. El Cabildo secular llegó con el mismo aparato de la tarde anterior.
Revestido el arzobispo con los ornamentos pontificales, se entonó Tercia. Después, se organizó la procesión claustral. Las cruces parroquiales precedían a la catedralicia, el clero tras sus cruces, los capellanes y beneficiados detrás, los canónigos con capa blanca con palias y cenefas bordadas, los dignidades mitrados, el prelado con sus asistentes, la música, los cantores, los Seises, las danzas... y la Ciudad, presidida por el conde de Salvatierra. Primera estación a la capilla de la Virgen de la Antigua. Después, recorrido por las últimas naves y llegada a la capilla de la Virgen de los Reyes, segunda estación. El prelado rezó las preces propias de la Concepción, y los Seises entonaron la antífona Conceptio tua Dei genitrix Virgo... Cuando terminó la procesión y se llegó al altar mayor para comenzar la misa, era la hora del mediodía. Predicó el jesuita Juan de Pineda, que no habló esta vez del misterio, sino de la fiesta que se estaba celebrando. Y comenzó el momento del juramento.
El reloj iba a dar la una de la tarde. El texto, escrito en latín, se hallaba impreso en una tabla guarnecida de piedras preciosas. El diácono, precedido del maestro de ceremonia, la portó solemnemente al centro del presbiterio y, mirando hacia el altar, entonó con voz alta y majestuosa en solemne latín, que traduzco: ‘Postrados a tus pies, oh María reina del cielo y tierra... Nos don Pedro de Castro, por la gracia de Cristo hijo tuyo, y de la Sede Apostólica arzobispo de Sevilla, y la venerable junta de nuestro Cabildo, y la muy noble y muy leal Ciudad de Sevilla... en este alegre y fausto día de tu festividad: Confesamos que tú, oh Madre de Dios, en el primer instante de tu Concepción, fuiste preservada del pecado original por los méritos de Cristo tu Hijo, previsto ya desde su misma eternidad, y ponemos a Dios y a tu Hijo por testigos que sostendremos firme y constantemente hasta el último trance de nuestra vida esta sentencia de tu preservación del pecado original y lo enseñaremos pública y privadamente con la ayuda de Dios... Esta sentencia, voto y juramento los ponemos a los pies de nuestro santísimo señor Paulo Papa V para que se digne confirmarlo con su Apostólica bendición’. El diácono levantó el tono de su cantinela y, puestos todos de rodillas, prosiguió: ‘Tú, pues, oh dichosa, oh sumamente dichosa, Beatísima Virgen, que desde la eternidad y antes de los siglos fuiste elegida y preservada por el mismo Dios, engrandece a nuestro santísimo señor Papa Paulo, para que tenga una paz y felicidad duraderas, llena de todo bien a nuestro católico rey Felipe (que constantemente se ofrece a tu Concepción sin mancha) y concédele la honra y gloria de una larga vejez y de un Imperio justo. Y a todos nosotros dígnate de alcanzar la pureza de costumbres y aborrecimiento de las inmundicias del pecado. En Sevilla, en el día 8 de diciembre, año de 1617’.
El coro respondió con un majestuoso Deo gratias, acompañado por la orquesta. El subdiácono tomó el libro de los Evangelios y, acompañado por el maestro de ceremonias y por el asistente mayor, don Félix de Guzmán, se acercó al arzobispo, que permanecía de pie y sin mitra en su sitial. El asistente le interrogó: ‘¿Su señoría ilustrísima promete y jura por estos Santos Evangelios de Dios confesar siempre y defender esta opinión?’ Y el arzobispo, puestas las manos sobre los Evangelios, contestó: ‘Así lo ofrezco, así lo juro, así lo prometo, así Dios me ayude y estos Santos Evangelios. Amén’.
En ese momento, la Giralda estalló en repique de gloria, coreada por las demás torres de la ciudad. Los barcos y bajeles del Guadalquivir atronaron sus salvas. Se abrieron las puertas del templo y las danzas penetraron en la catedral, mientras sonaba la música entre sus naves. Dos mil aleluyas caían desde las tribunas sobre los asistentes, con esta leyenda impresa: ‘María concebida sin pecado original’. El delirio se hizo dentro y fuera del templo catedralicio. Sentado el arzobispo, con su mitra sobre las sienes, y puesto el libro de los Evangelios en su atril, comenzaron a jurar las corporaciones presentes.
Primero, el Cabildo capitular, seguido del secular. Los regidores iban con sus armas, puesto que era un juramento de defensa. Los capellanes y veinteneros, la clerecía... Eran las cuatro de la tarde cuando terminó la misa. En Sevilla continuaron las celebraciones. La más sonada fue la fiesta de toros y cañas que organizó don Melchor del Alcázar. No se tuvo hasta el 19 de diciembre, porque desde el día de la Inmaculada comenzó a llover con insistencia. Sosegado el tiempo, la plaza de San Francisco se convirtió en coso taurino, con la lidia de unos doce toros y el juego de cañas por dos lucidas cuadrillas de caballeros, cuyas cabezas eran el marqués de Ayamonte y don Melchor del Alcázar».
El artículo de Carlos Ros está precedido de la siguiente entradilla: «Queridos amigos parroquianos: La Hoja Parroquial Iglesia en Sevilla que tengo delante, la del 3 al 9 de diciembre, ni siquiera se ha enterado ni contado a sus lectores que hace exactamente 400 años, el 8 de diciembre de 1617, hubo un acontecimiento eclesial en la catedral de Sevilla de primera magnitud, propio de haber sido resaltado y conmemorado. Fue el juramento dado por el pueblo de Sevilla, desde el viejo arzobispo don Pedro de Castro, cabildo eclesiástico y secular, corporaciones y pueblo soberano, en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción. Si se hubieran leído mi libro La Inmaculada y Sevilla... ¡Ay!, no me acordaba que mis libros están censurados y no se pueden vender en una Librería que cuando fue bendecida por la episcopal mano se dijo que en ella solo se vendería doctrina segura.
Como creo que vosotros, mis queridos parroquianos, sois también un tanto heterodoxos –si no, no me leeríais– no tendréis inconveniente en leer el sermón que os envío y cuento el relato de ese juramento solemne [...] En el Tercer Centenario (1917) sí se celebró por todo lo alto en Sevilla. Hubo una comisión promonumento con cuestación popular y ahí está en la Plaza del Triunfo el Monumento a la Inmaculada, inaugurado y bendecido un año después, 8 de diciembre de 1918, porque no se pudo acabar a tiempo.
Pido a los canónigos de la catedral de Sevilla, que reciben estos sermones, que recuerden a sus colegas, cuando celebren solemnemente dentro de tres días la fiesta de la Inmaculada, qué ocurrió sobre ese altar mayor hace exactamente 400 años y lo recuerden como sus colegas de hace un siglo supieron recordarlo y memorarlo. Feliz puente a todos y que la Virgen Inmaculada nos ampare. Paz y Bien».
Monumento a la Inmaculada
El monumento en honor de la Inmaculada Concepción que se alza en la plaza del Triunfo, tiene su origen en una propuesta del Ayuntamiento de 1882. Luego, en 1900, fue relanzada la idea por el «arzobispo de los pobres», hoy beato Marcelo Spínola y Maestre [San Fernando, Cádiz, 1835-Sevilla, 1906]. La inauguración y bendición correspondió al cardenal arzobispo Enrique Almaraz y Santos [1847-1922], el 8 de diciembre de 1918. La escultura es de Lorenzo Coullaut Valera [1876-1932], y el proyecto del basamento del arquitecto José Espiau y Muñoz [1884-1938], de forma poligonal, con columnas jónicas neoclásicas, sobre una grada octogonal. En los cuatro frentes del monumento están representados Juan de Pineda, Murillo, Martínez Montañés y Miguel Cid, todos vinculados al dogma de la Inmaculada Concepción. Las cartelas de las gradas incluyen también referencias al citado dogma.
En diversas obras publicadas, Fausto Sánchez Blázquez y Teresa Lafita, informan de sus aspectos artísticos; Eduardo Ybarra Hidalgo, de los históricos, y nosotros de la costumbre de rendir homenaje a la Inmaculada la víspera de su festividad. Después de los años republicanos y de guerra, se reanudó la costumbre iniciada en 1927 por un grupo de jóvenes alumnos de los Luises, de visitar la plaza del Triunfo durante la media noche del día 7 de diciembre, víspera de la fiesta religiosa de la Inmaculada Concepción, para cantar la Salve y ofrecer flores ante la imagen del monumento. Los tres jóvenes estudiantes fueron Juan Manuel Rodríguez Jurado, Guillermo Perea Guardeño y Leandro Díaz de Urmeneta, como bien recordó en 1991 el sacerdote Federico María Pérez-Estudillo, combatiendo, además, la desnaturalización del acto mariano durante los últimos lustros.
Los miembros del comité promotor fueron Ramón Ybarra González como presidente; vicepresidente, Manuel Rojas Marcos; tesorero, José Díaz Molero; secretario, José M. López-Cepero Muru, y vicesecretario, José Sebastián y Bandarán.
Dos años después de ser inaugurado y bendecido el monumento de la Inmaculada Concepción por el cardenal arzobispo Enrique Almaraz y Santos, el 8 de diciembre de 1918, la Junta organizadora y sus colaboradores posaron en 1920 para el fotógrafo Augusto Pérez Romero.
Durante los años republicanos, esta costumbre sufrió los avatares de la persecución religiosa, e incluso el monumento y la imagen sufrieron desperfectos en leves atentados, y en el Ayuntamiento hubo una propuesta para derribarlo. Cuenta Eduardo Ybarra Hidalgo que la plaza del Triunfo pareció el lugar más adecuado para levantar el monumento de la Inmaculada Concepción, exigido para conmemorar el III Centenario del Voto y Juramento Concepcionista que realizaron en 1617, conjuntamente los Cabildos Catedral y Municipal.
Fue el entonces joven sacerdote José Sebastián y Bandarán el primero que hizo pública la noticia, y el día 2 de Febrero de 1917 se dirigió un manifiesto a los católicos sevillanos, suscrito por los miembros de un comité ejecutivo formado por Ramón Ybarra González como presidente, y del que eran vicepresidente Manuel Rojas Marcos, tesorero José Díaz Molero, secretario José M. López-Cepero Muru y vicesecretario José Sebastián y Bandarán.
Las obras se iniciaron en agosto de 1918. Al depositar la primera piedra se incluyó una caja con un escrito, firmado por los miembros del Comité y la lista de los donantes de la suscripción abierta. La citada lista de donantes quedó depositada en el basamento del monumento y la componen mil setecientos sesenta nombres, entre los que se recaudaron 102.952,52 pesetas, con las que se pagaron todos los gastos, incluida la factura del escultor, sobrando 4.354,90 pesetas que se emplearon en la iluminación del monumento.
«El día de la Inmaculada de 1918, –cuenta Eduardo Ybarra Hidalgo– se formó una comitiva en la que tomaron parte las asociaciones marianas, centros docentes, Hermandad de la Caridad, representación de Hermandades, Comisiones militares, Academias de Bellas Artes y de Buenas Letras, Colegios de Procuradores, Notarial, de Abogados, Universidad Literaria, Audiencia, Real Maestranza, Ordenes militares, Grandes de España, Cofradía del Silencio, Órdenes religiosas, curas párrocos, clero Catedral, Ayuntamiento, Capitán General en representación del Rey [...] Bendecida la imagen, el vicepresidente de la Comisión señor Rojas Marcos y el Alcalde, pronunciaron sendos discursos, leyendo el secretario de la Comisión, señor López-Cepero, el acta de entrega del monumento a la ciudad».
El proyecto de Espiau para la plaza del Triunfo, como el de Talavera para el edificio de la Compañía Telefónica, y el de Aníbal González para las torres de la plaza de España, provocaron polémicas por el rechazo de la Real Academia de Bellas Artes a que estas obras fuesen aprobadas por el Ayuntamiento.
Dogma
El día 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX promulgó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, culminando un anhelo sevillano que tiene raíces en el siglo XIII, pues del año 1258 data la fundación de la primera Hermandad de la Concepción, llamada la Cofradía de los dos cabildos, por estar formada por el Eclesiástico y Secular y el de la Nobleza de Sevilla, como escribió María José Carmona en 1987 (ABC, 7 diciembre). Desde 1854 hasta el siglo XIII, la crónica mariana sevillana tiene hitos capitales demostrativos de la ferviente devoción de la ciudad por la Madre de Dios. En 1417 se consideró fiesta el día 8 de diciembre; en 1592 llegaron al convento de San Diego los frailes franciscanos, enseguida erigidos defensores de la pureza de María y convirtiéndose en el principal foco de la devoción; en 1617 hizo la ciudad su voto concepcionista, y luego todo el siglo XVII fue una constante referencia al deseo del reconocimiento papal de la concepción sin pecado original, coronado por la visita a Roma de una comisión sevillana que presentó sus anhelos al Papa Paulo V.
Todo lo relacionado con el culto a la Concepción, desde los orígenes isidorianos hasta finales del siglo XIX, un tiempo de ferviente renovación de la devoción, está recogido minuciosamente en un libro que supera las novecientas páginas e impreso en apretada tipografía, escrito por el presbítero Manuel Serrano Ortega, un erudito que publicó numerosas e importantes obras sobre temas sevillanos. Se titula el libro Glorias de Sevilla. Noticia histórica de la devoción y culto que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla ha profesado a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, desde los tiempos de la antigüedad hasta la presente época, impresos por la imprenta de E. Rasco en 1893.
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