SALUD | Fernando de la Portilla Responsable de la Unidad de Coloproctología del Hospital Universitario Virgen del Rocío
"Mis manos de electricista me han hecho mejor cirujano"
El cirujano especializado en Coloproctología responsable de la unidad en el Hospital Virgen del Rocío acaba de ser reconocido como el sexto mejor cirujano general y del aparato digestivo de España

Fernando de la Portilla, responsable de la Unidad de Coloproctología del Hospital Universitario Virgen del Rocío. / Rocío Soler Coll
Cuando Fernando de la Portilla tuvo que escoger una carrera profesional decidió que con sus manos arreglaría enchufes, instalaría paneles eléctricos o líneas de alta tensión. Sin duda, no se equivocó formándose en una profesión que requiere de absoluta precisión y habilidad. Lo que no sabía aquel joven, es que casi 30 años después de aquella decisión, sus manos harían una colectomía, una resección rectal o proctocolectomía, procedimientos habituales que un cirujano especializado en el colón y el recto lleva a cabo en un quirófano.
Este año, tras 25 años de carrera, De la Portilla ha sido distinguido como el sexto mejor cirujano general y del aparato digestivo de España, un reconocimiento del Monitor de Reputación Sanitaria (MRS) concedido por sus compañeros de profesión. Su carrera en Coloproctología la ha desarrollado entre las paredes del Hospital Virgen del Rocío siendo hoy uno de los cirujanos que más operaciones ha realizado en el servicio de Cirugía.
De aspecto menudo o canijo, como se autodescribe él, es además de médico, padre de familia, investigador, jefe de la sección de Cirugía Colorrectal del Virgen del Rocío, catedrático de Cirugía y profesor asociado de la Universidad de Sevilla, cofundador de la ONG Ibermed y coautor del libro Relato médico de la pasión, según Sevilla (Elsevier). Pocas cosas le quedan por hacer o ser a este médico sevillano que en 2024 vivió un año redondo: fue galardonado con la Medalla de Sevilla y elegido Rey Melchor la pasada Cabalgata para regalar salud a la ciudad de Sevilla.
Pregunta. Me han dicho que usted fue electricista antes de dedicarse a la Medicina. ¿Cuándo le apareció la vocación de ser médico?
Respuesta. Hasta este año jamás lo había contado. Pero sí, fui electricista porque me hicieron un test psicotécnico cuando estaba en octavo de EGB, que por cierto jamás se me habían dado bien. El psicólogo que analizó mi test reunió a mi madre y le dijo que me metiera en Formación Profesional porque no tenía capacidades para estudiar y así lo hizo mi madre. Allí había un profesor, Antonio Soto Cartaya, que convenció a mi madre para que me llevara a la Universidad Laboral.
Estudié durante cinco años Electricidad y hasta ejercí. Cuando terminé conocí a mi esposa Eva en la Hermandad de la Vera Cruz, de la que ambos somos hermanos. Por aquel entonces, ella estaba estudiando Medicina y me animó a que también entrara en la universidad. Pero la historia no acaba ahí, todavía tiene más magia. Cuando fui a hacer el examen de ingreso, me tocó por sorteo un examen de física con un problema de electricidad. No me lo podía creer. Saqué la mejor nota de Andalucía. El destino estaba ahí.

El doctor Fernando de la Portilla señala una fotografía que tiene colgada en su despacho en la que aparece junto a su familia. / Rocío Soler Coll
P. ¿Y la vocación?
R. Yo nunca he tenido vocación por mi profesión, yo tengo devoción. En aquel momento, tan joven, sabía que me gustaba, pero la devoción la he desarrollado durante los años. Para mi, el que tiene vocación sabe que se quiere dedicar a eso, pero la devoción va más allá, es absoluta entrega, sin peros. Eso es lo que pone a un médico en su sitio.
P. Terminó la carrera y tuvo que escoger especialidad.
R. Tenía un tío que era anestesista. Recuerdo que él tenía la ilusión de que alguno de sus hijos fuera médico, pero ninguno lo fue. Entonces cuando yo entré en la facultad de Medicina puso el foco en mí y me dijo que tenía que ser cirujano. Él me metió en los quirófanos y allí empecé a ver la belleza de la profesión.
Me di cuenta entonces de que era la especialidad más manual de la medicina y yo venía de trabajar con las manos. De hecho, creo que mis manos de electricista me han hecho mejor cirujano con los años. Porque al final, ambos oficios requieren un trabajo de absoluta precisión. Para mí ha sido un complemente perfecto.
P. Ahora lleva 25 años dedicado a la cirugía del colorrectal. Hábleme de las enfermedades más prevalentes. ¿Cómo han evolucionado a lo largo de los años?
R. Hoy lo que más veo es cáncer de colón y carcinoma de colón, ambos muy vinculados a la dieta y a la mala alimentación. Por ejemplo, opero en Guatemala desde 1997 con una ONG y jamás había operado de cáncer de colon hasta hace dos años. Allí antes la dieta se basaba en productos básicos pero muy sanos como las verduras, el pescado y la carne.
Ahora ya ha cambiado, y la gente empieza a comer muchas hamburguesas y comida procesada. Esto va íntimamente ligado con que yo haya empezado a operar de cáncer de colon allí.

El doctor De la Portilla junto a su tio Manuel Belinchón en un quirófano cuando tenía 18 años y todavía era electricista. / Rocío Soler Coll
Por suerte, la evolución de estas enfermedades, aunque tengan una prevalencia muy alta, son curables, mientras que cuando comencé en esto no lo eran. Hace 20 años la palabra cáncer era sinónimo de muerte y ya no lo es. Algo que me sigue llamando la atención es la culpabilidad de la gente cuando se enteran que tienen una enfermedad en el colon. Algunos se arrepienten de no haber comido mejor, otros de no haberse hecho las revisiones a tiempo...
P. Está ahora inmerso en investigaciones prometedoras.
R. Mi actividad investigadora es la aplicación de la medicina regenerativa a la cirugía. Eso significa el empleo de materiales biológicos o sintéticos añadidos a células madre para curar enfermedades. Pero eso está en pañales, todavía no se ha llevado a la práctica. Actualmente, tenemos un ensayo clínico de tratamiento de la incontinencia de heces en mujeres que acaban de dar a luz. Este ensayo inyecta células madre para intentar regenerar sin tener que llegar a operar.
Hoy lo que más veo es cáncer de colón y carcinoma de colón, ambos muy vinculados a la mala alimentación
Ten en cuenta que el Virgen del Rocío es el centro de referencia de prácticamente toda España en el tratamiento de esta patología por lo que hemos querido subir un escalón más y hacer algo por esta vía. Sin embargo, por el momento estamos muy lejos de conseguir que una madre que acaba de vivir un parto se cure de esa incontinencia con una inyección, de momento se les sigue operando.
P. Por lo que me cuenta, el futuro de la cirugía pasa por utilizar cada vez menos los quirófanos
R. El futuro de la cirugía va encaminada a la mínima invasión. Yo he tenido aprender a operar con las manos, después tuve que aprender la laparoscopia y lo más reciente ha sido la robótica. En 25 años he vivido cambios revolucionarios y eso quiere decir que en los próximos 25 se avecina un cambio muy grande. Ahora bien, un robot significa que el robot está en manos de alguien preciso. El robot no opera solo y precisión no es decisión. Quien decide es el médico.
P. Usted es creyente. ¿En momentos de tanta tensión como una operación complicada, la fe entra en juego?
R. Desde luego. En muchas ocasiones he rezado con el paciente, sin que él se dé cuenta, por supuesto. Es una manera de ampararse y de pensar que no todo depende de mí. Cuando tú operas a quince pacientes y se complica con dos uno se pregunta: "¿Qué ha fallado? He hecho lo mismo en todos". Con el tiempo es así y aprendes que pasan cosas más allá de lo que uno haga.
Aunque debo reconocer que el cirujano tiene un problema importante: se siente culpable cuando algo no va bien. Es algo tan directo, que no puedes evitar la culpabilidad. En mi caso, a veces sufro mucho evaluando todos mis pasos. Esta culpabilidad, sin embargo, es buena, el que la pierde es porque se siente por encima y eso no puede ser.

El doctor De la Portilla junto a una de sus pacientes más pequeñas durante una de sus visitas humanitarias a Guatemala. / Rocío Soler Coll
P. Entre todos sus pacientes, ¿recuerda alguno que le haya marcado?
R. Muchísimos. El que tengo ahora en la UCI me gustaría que saliera adelante y tener dentro de poco esa sensación de la que me hablas. Mira, te voy a enseñar una fotografía donde salgo vestido de Rey Melchor. Estoy abrazando a una paciente muy joven a la que había operado días antes.
P. Recuerdo que los pajes de Melchor gritaban en el rectorado que repartían ilusión y salud a pleno pulmón. Esa experiencia debió de ser trascendental en su vida.
R. Sin duda lo fue. Cuando me informaron desde el Ateneo que sería el Rey Melchor lo primero que hice fue reunir a mis hijos y a mi mujer en la cocina y preguntarles: "A ver, qué preferís este año, coche o Cabalgata?" Se quedaron alucinando y todos respondieron Cabalgata aunque fuéramos andando. Después todo el proceso de los preparativos, que estuvo totalmente liderado por mi mujer, lo vivimos con muchísima ilusión. Y sí, nuestro lema era ese: repartir salud e ilusión a la gente.
P. 2024 ha sido un año intenso para usted, tras enterarse que sería Rey Mago publicó su segundo libro y el primero sobre Jesús.
R. Lo he escrito junto a varios compañeros de profesión. Durante meses nos reuníamos una vez a la semana en la Casa de las Sirenas, que es una casa de mi familia. Allí hacíamos una sesión clínica de Jesús, para analizar clínicamente cada una de las cosas que le ocurrieron. Surgieron debates interesantísimos, como cuando planteamos la hematoidrosis, una enfermedad que implica sudar sangre. Según el Evangelio, cuando Jesús estaba orando, se sintió abandonado, sabía que iba a morir, y empezó a sudar profusamente. Más que una enfermedad, es una crisis de angustia muy aguda y muy poco común que se suele dar en niños con traumas importantes como los recuerdos de una guerra.
Entonces el libro está planteado con una primera introducción, que es el Evangelio, para que el lector sepa de qué fuente se sustraen los temas que después se analizan. A continuación hay una interpretación médica del Evangelio y posteriormente buscamos una imagen de Semana Santa que represente a la perfección ese momento que se analiza. En el caso de la hematoidrosis es Montesión.
P. Todavía tiene que llegar Semana Santa, pero después el verano está a la vuelta de la esquina y usted volverá junto a su equipo a Guatemala con Ibermed. ¿Qué ve allí que no ve aquí?
R. Veo lo que se veía aquí hace 30 y 40 años. Veo cosas normales y corrientes pero en una etapa de la vida diferente, es como si hiciera un salto en el tiempo al pasado. Hay que tener muy en cuenta que allí la sanidad es muy precaria, los hospitales cierran a mitad de año y la gente tiene que pagar dinero para ser atendida, por no hablar de la violencia y las mafias.
En lo que ellos están más avanzados es en la manera de llevar una enfermedad, es totalmente diferente. Allí se muere un niño y lo ven con mucha más naturalidad, algo dentro de lo esperable. Tienen más asumida la pérdida. Y, además, son personas que tienen un agradecimiento sumo. No conciben que el médico vaya a hacer algo malo y como son muy creyentes saben que Dios es quien tiene la última palabra.
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