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QUE NO TE FALTE CALLE

Capirotes, sombreros y turistas: la histórica calle de Sevilla que alza la voz ante el cierre de los negocios tradicionales

Esta calle de la Alfalfa, también conocida como "la de los capirotes" o "la de los trajes", lleva siglos siendo referente del comercio tradicional, sin embargo, la pérdida de vecinos y el auge de los pisos turísticos en la zona ha puesto en riesgo el futuro de los negocios más auténticos

Vídeo | Que no te falte calle – Capítulo 33: La Alcaicería de La Loza en la Alfalfa

Rocío Soler Coll

Rocío Soler Coll

Rocío Soler Coll

Todas las mañanas Joaquín abre las puertas de su negocio en el corazón de la Alfalfa. Cuelgan capirotes en la entrada, en el escaparate reposan los escudos bordados de las hermandades y las paredes están recubiertas de carteles de la Semana Santa del siglo pasado. Capirotes Molina es un pequeño universo para el nazareno, una tienda emblemática para los sevillanos y un rincón curioso y peculiar para los muchos turistas que se asoman sin saber exactamente qué se vende en este local. "A veces nos confunden con el Ku Klux Klan", bromea.

El negocio de la familia de Joaquín es un fiel reflejo de la realidad de su calle: los comercios tradicionales le dan nombre a la zona, pero el turismo, el público más recurrente, no los alimenta, sólo los contempla.

Esta no es una calle más de Sevilla. La Alcaicería de la Loza es una de las vías más antiguas de la ciudad. El espíritu comerciante le viene de cuna: ya en la época islámica era una referencia para los mercaderes siendo este un punto estratégico para la venta de artículos al por mayor. Las alcaicerías eran los centros comerciales de hoy.

Casi 800 años después, esa tradición sigue viva y la calle se conoce como "la de los Capirotes", "la de los trajes de corto" de Antonio García o "la de las corbatas".

Joaquín Suárez, propietario de la tienda de capirotes Molina, en la calle Alcaicería de la Loza.

Joaquín Suárez, propietario de la tienda de capirotes Molina, en la calle Alcaicería de la Loza. / Rocío Soler Coll

Sin embargo, los dueños esas tiendas propias de la ciudad, las mismas que le dan una personalidad especial a la calle, son quienes más sufren la caída en ventas. Es fruto de la falta de vecinos, que ya no viven en esas calles, y de la llegada masiva de los pisos turísticos a la zona. No es una sensación, sino una realidad: el Ayuntamiento de Sevilla decretó la Alfalfa como "zona saturada" de viviendas turísticas, por lo que ya no se admiten más licencias para este tipo de uso. "Los turistas compran en tiendas de alimentación, pero ¿quién va a querer un esparto? Es difícil", lamenta.

Joaquín se recorre esta calle angosta y formada por casas estrechas desde que es un niño. Es corta, peculiar y tan bulliciosa como tranquila. Desde la Plaza de Jesús de la Pasión hasta la Plaza de la Alfalfa se respira Sevilla, y eso le gusta a todo el mundo.

Su bisabuelo abrió este pequeño negocio en el año 1814 y desde entonces ya son cuatro las generaciones que se han puesto detrás del mostrador. "En aquel momento se podían contar los nazarenos porque solo habían cinco o seis hermandades, pero a partir de los años 60 comenzaron a crearse muchísimas más", recuerda. Durante esa época, el estrechísimo local de este sevillano se popularizó. El Duque de Alba, miembros de la familia Medinaceli y multitud de artistas han atravesado su puerta para hacerse a medida un capirote de cartón.

Calle Alcaicería de la Loza, en la Alfalfa.

Calle Alcaicería de la Loza, en la Alfalfa. / Rocío Soler Coll

El trasiego de clientes en la tienda ya no es lo que era y eso, dice Joaquín, se nota tanto que no tiene un relevo generacional que quiera quedarse con el negocio. Nadie habla de cierres, pero el día que baje la persiana de forma definitiva, Sevilla no perderá una pequeña tienda de Semana Santa, sino un negocio emblemático y referente en la ciudad que ha surtido de capirotes y espartos a miles y miles de personas en los últimos dos siglos. Pese a las dificultades, no deja de barrer el suelo y recolocar todos los artículos de su tienda. Cualquier día es bueno para comprar un capirote.

El auge del neón

Mientras este tipo de negocios pasan estragos para llegar a fin de mes, los bazares, las tiendas de souvenirs y la pastelería de dulces portugueses no dejan de recibir clientes en la calle. Las luces de neón están sustituyendo a los rótulos antiguos de madera. "Quizás tenemos que aceptar que los tiempo están cambiando, pero qué pena ¿no? A la mayoría no nos gusta este cambio", se queja una vecina.

"Todo ha cambiado. Los comercios antiguos han desaparecido", añade Joaquín. En la calle, el último cierre ha sido el de la tienda Cuadro. Ahora, este gran local luce desangelado. Los focos están siempre apagados y los últimos objetivos se venden a precios irrisorios. Tras más de 90 años, la tienda que surtió con ropa de trabajo a mecánicos, cocineros o personal de laboratorio y vistió de corto a los más pequeños es ya un recuerdo. "Esto al final terminará siendo como Venecia, que solo hay guiris", denuncia un vecino.

Una turista mira el escaparate de la Antigua Casa Rodríguez, en la calle Alcaicería de la Loza.

Una turista mira el escaparate de la Antigua Casa Rodríguez, en la calle Alcaicería de la Loza. / Rocío Soler Coll

Uno de los pocos negocios antiguos que sigue a flote es el de Toni, la Antigua Casa Rodríguez. Fundada en 1816, esta tienda de artículos cofrades también es una de las más antiguas de la ciudad. Llevan 209 años vendiendo cíngulos, figuras religosas para el Belén, réplicas a pequeño tamaño de las imágenes más veneradas de Sevilla, además de espartos y capirotes. Una minúscula tienda que rebosa autenticidad por los cuatro costados.

"Para nosotros el turismo es una moneda de dos caras. Ya no se recorren las calles tantos sevillanos como antes, pero hay turistas que entran y compran porque ven en nuestros artículos recuerdos de esta ciudad", cuenta David, dependiente de la tienda desde hace dos años.

Pese a todo, echan "muchísimo" de menos a los vecinos que podían permitirse vivir aquí hasta hace unos años. "O se han muerto o se han tenido que ir a vivir a la periferia porque ya no podían pagar estos precios", comenta José López, propietario de la tienda López Complementos.

Javier, relojero de la Relojería Torner en la calle Alcaicería de la Loza.

Javier, relojero de la Relojería Torner en la calle Alcaicería de la Loza. / Rocío Soler Coll

El suyo no es un comercio antiguo, pero sí uno conocido desde hace 15 años. Corbatas, trajes, bufandas, pajaritas y gemelos. Todo para que los señores se engalanen de los pies a la cabeza. "En mi caso, sería egoista si yo dijera que no me beneficio del turismo. En noviembre, por ejemplo, baja la venta del cliente local y se suple con la de los clientes de fuera", reconoce.

Papeleras, más limpieza, más civismo y mayor seguridad. Estas son las principales reclamaciones de quienes transitan esta calle en su día a día. Pero lo que realmente quieren saben que es casi imposible recuperarlo: que vuelvan los vecinos, que se paseen por aquí y que piensen en el comercio local para sus compras.

En la entrada de la calle desde la Plaza de la Alfalfa, a mano derecha, un azulejo antiguo es la prueba de lo que esta calle simbolizó para Sevilla: "El príncipe de los ingenios españoles Miguel de Cervantes Saavedra menciona este lugar llamado un templo de la carnicería en la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo". Hoy, este sello histórico convive con un vistoso cartel: "Pura Fruta. Smoothie Bar & Coffe". Los milkshakes, el açaí y los bowls son ya veteranos en la Alcaicería de la Loza.

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