Vivir entre polvo, grúas y cemento en Palmas Altas: "Nos gustaría salir a la calle y tener bares, pero eso tardará"
Un recorrido por uno de los barrios que más viviendas de protección oficial está proyectando en Sevilla, pero donde el comercio local todavía no ha llegado

Rocío Soler Coll
Polvo, grúas y cemento. Como si de una particular trinidad se tratara, en el nuevo barrio de Palmas Altas la vida gira en torno a las obras. Y los zapatos se ensucian. Es lo esperable en una zona de Sevilla de nueva construcción, donde todo está por hacer. Todo. Por eso, de momento, se ven locales vacíos y no hay ni un supermercado, farmacia o centro de salud. Tampoco bares, claro. Mucho menos tiendas, biblioteca o guardería. La paradoja es evidente: mientras algunos barrios de la ciudad pierden comercios locales por el turismo y el auge de los precios, en otros -como este- todavía no ha abierto ni un mero bazar.
Aun así, Palmas Altas no es un punto ciego del mapa. Detrás de Los Bermejales y al otro lado de la SE-30 ya hay vida y rutina. Desde que llegaron los primeros inquilinos, en noviembre de 2024, cada avance del barrio ha copado titulares en los medios de comunicación. Pero no es lo mismo leerlos a verlos en primera persona. Caminar por estas calles es como recorrer el set de rodaje de una película. Con la única diferencia de que aquí nada es de cartón pluma y todo se está construyendo.
Tras las grandes banderas de Metrovacesa que custodian la entrada del barrio, se alzan edificios de cuatro y cinco plantas, de diseño moderno y con amplias zonas compartidas: piscina, pistas de pádel o parques infantiles. También hay chalets, aunque la mayoría no están entregados. Y entre las grúas destaca el rascacielos del barrio: la Torre Arenal. Todo luce a nuevo, sí, pero muchas de estas casas son como paquetes sin abrir: las piscinas están llenas, pero tapadas; los caballitos de madera del parque, envueltos, sin estrenar.

Bloques a medio construir en el barrio de Palmas Altas. / Rocío Soler Coll
Lejos quedan las estrechas calles del centro de Sevilla, la vida se está construyendo para las familias. De hecho, Palmas Altas se ha consolidado como uno de los nuevos polos de vivienda protegida en Sevilla: está previsto que se habiliten 1.232 VPO, aunque también se están levantando promociones que superan el medio millón de euros.
De las 2.870 viviendas proyectadas, alrededor de mil ya están ocupadas. Y, sin embargo, nadie diría que hay semejante número de vecinos en las 17 calles del barrio. Esos primeros vecinos, los que dentro de unos años repetirán aquello de “cuando llegamos, todo esto era campo” pagan un precio: convivir con operarios. A cualquier hora del día las grúas operan, los albañiles trabajan y las furgonetas entran y salen. El suelo es una alfombra de polvo y el bullicio no existe. En palabras de María Garruta, vecina y vicepresidenta de la asociación de vecinos, “quien se compró un piso aquí ya sabía dónde se metía”. O no.
Una mudanza en grupo
María no solo vive aquí. También empuja, junto a otras asociaciones como Sevilla Quiere Metro, para que el barrio avance a buen ritmo. Luchó por la línea de autobús exprés CJ1 Palmas Altas -en funcionamiento desde el 7 de enero-, lleva meses estudiando la parada de metro que llegará en 10 años y no falta a las reuniones vecinales. “La realidad es que todo lo que le hemos ido pidiendo al distrito, tarde o temprano, nos lo ha ido dando”, insiste.

Un edificio en obras en el barrio de Palmas Altas. / Rocío Soler Coll
Cita a El Correo de Andalucía en el parque junto a la orilla del río Guadaíra porque cree que ese es un buen punto para ver la silueta del barrio. "Desde aquí se ve muy bonito", repite. A María le gusta el barrio y le gusta su zona. De hecho, fue ella quien convenció a su marido para hacer cajas y trasladarse hasta aquí. Pero antes de mudarse, como tantos otros inquilinos, hizo un estudio de mercado. A esta vecina de Los Bermejales se le quedó pequeña su casa y le echó el ojo al barrio que crecía al otro lado de la autovía. “La construcción nueva y el concepto de barrio verde me llamaron la atención”, explica.
La decisión, sin embargo, no fue inmediata. Su marido temía que el nuevo desarrollo tardara años en tener vida. “A nosotros nos gusta bajar a la calle, tener bares y ambiente, y él pensaba que eso iba a tardar mucho en llegar”, recuerda. Aun así, había una ventaja difícil de ignorar: “Aquí tenías, a priori, mejores calidades y un mejor concepto de proyecto a un precio más económico”, explica. Finalmente compraron un piso y, junto a muchos otros vecinos de Los Bermejales -incluidas familias del mismo colegio de su hija-, empezaron una nueva vida en este barrio. “Nos fuimos quitando entre todos ese miedo de irnos a un barrio que iba a ser campo”, reconoce.

María Garruta, vicepresidenta de la asociación de vecinos de Palmas Altas. / Rocío Soler Coll
Un año después, la falta de servicios básicos sigue marcando la rutina. Están obligados a coger el coche “para todo”: para comprar una barra de pan o una caja de ibuprofenos. “Nos hemos acostumbrado y sabemos que la vida llegará más pronto que tarde”, augura esta madre. De hecho, en menos de 15 días terminarán las obras de un supermercado del Grupo MAS, de más de 750 metros cuadrados de tienda. Sin embargo, el jefe de obra vaticina que la apertura no llegará hasta Semana Santa. “Lo estamos esperando como agua de mayo”, confiesa María.
Carritos, pocos; cochecitos, muchos
Y, aun sin comercios, el barrio ya delata quiénes lo están poblando. Aquí los carritos -aquello que tanto define a los barrios con más solera- han sido sustituidos por cochecitos. Tiene sentido: este es el lugar al que están llegando muchos matrimonios jóvenes y familias primerizas.
Dicho de otra forma, es el primer escenario de una vida adulta e independiente para muchos vecinos. Como cuando se levantaron zonas como Parque Alcosa o La Oliva, en el siglo pasado. Con una diferencia importante: ahora no quieren tener que recurrir a manifestaciones, concentraciones y piquetes en las vías para reclamar lo justo y prometido. Simplemente esperan que, a medida que el barrio reciba nuevos residentes, los locales abran de forma simultánea. “Es cuestión de tiempo”, dice María.

La realidad de Palmas Altas: bloquesnuevos frente a edificios por construir. / Rocío Soler Coll
Carmen, una joven sevillana que hasta ahora vivía en la avenida de Reina Mercedes, pasea con su hija recién nacida por la calle Rodas. Llegó hace solo unos días y explora la zona. La estampa impacta: un cochecito entre bloques en obras. “Yo espero que algún día esto sea como una mini ciudad”, suspira. Hasta entonces, no se enfrenta sola a lo nuevo: se ha traído a su hermana y a tres amigos. “En la promoción muchos nos conocemos”.
El conflicto de las obras
La paciencia con la falta de ambiente puede estirarse. La que no se negocia es la de los desperfectos en sus viviendas. Unos son colectivos y afectan al edificio; otros, más domésticos, aparecen dentro de las propias casas. La queja se repite en el vecindario y algunos ya amenazan con llevar a la promotora a los tribunales. “A mi vecino se le desprendió una parte del techo con las últimas borrascas”, cuenta una vecina. “La verdad es que hay muchos fallos. A mi no me funcionaba la calefacción y es muy frustrante porque cuesta mucho reclamarlo”, comenta un matrimonio.
Por ahora, Palmas Altas vive en ese equilibrio frágil entre el estreno y la espera. Y, mientras las grúas siguen marcando el compás, el barrio aprende a construirse también puertas adentro.
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