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Urbanismo y patrimonio

Víctor Pérez Escolano, arquitecto: "Las Atarazanas no pueden seguir sin un uso social, las inauguraciones parciales son muy arriesgadas"

El arquitecto y catedrático emérito de la Universidad de Sevilla reflexiona, con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, sobre patrimonio, urbanismo, política y memoria en una ciudad que, a su juicio, ha alternado momentos de esplendor con graves errores

VÍDEO | Entrevista a Víctor Pérez Escolano, arquitecto y catedrático emérito de la Universidad de Sevilla

Víctor Pérez / Marina Casanova

Patricia Godino

Patricia Godino

Sevilla

En su casa, junto a la plaza del Museo de Bellas Artes de Sevilla, Víctor Pérez Escolano (Valencia, 1945) conversa rodeado de libros: volúmenes acumulados, leídos y consultados a lo largo de toda una vida. Anda fajado ahora en inventariar todo aquello. En ese escenario íntimo, de memoria y estudio, recibe pocos días después de su ingreso como académico de honor en la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría con el discurso Luces y sombras, un reconocimiento que distingue su trayectoria en el estudio de la arquitectura contemporánea, el urbanismo y la conservación del patrimonio andaluz.

Paco Correal lo definió en su día como "un gentleman de izquierdas", una cortesía infrecuente, una vocación por el debate sosegado a prueba de histrionismos. Sevillano de crianza, hijo de un republicano expulsado a Valencia, en su biografía se cruzan memoria familiar, conciencia social y vocación pública. Fue el primer director del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla entre 1970 y 1973 (precursor del CAAC), nombrado siendo todavía estudiante de arquitectura, y entró en política como concejal de Urbanismo en el primer ayuntamiento democrático de Sevilla (1979-1983). En esa vida asoma también la presencia de Amparo Rubiales, compañera de camino y figura histórica del PSOE andaluz, una mujer de la que habla con profunda admiración. Narra Sevilla y su historia, pasada y presente, con erudición, experiencia y pasión crítica. En sus palabras se encuentra la ciudad pensada, vivida y discutida durante décadas.

PREGUNTA. En su discurso Aníbal González tiene un papel protagonista. ¿Por qué creó tantas tensiones su obra en la Academia?

RESPUESTA. Esa es la crisis de 1925. Las críticas a las torres de la Plaza de España y a otras intervenciones fueron tan duras que llevaron a la dimisión de Aníbal González, Juan Talavera y José Gómez Millán. En el fondo había dos maneras de ver la arquitectura: la más académica, más vinculada al neoclasicismo y a los estilos históricos con mayor rigor, y la arquitectura regionalista, mucho más abierta, ecléctica y capaz de integrar oficios, materiales y hasta valores de la arquitectura popular.

P. También profundiza en su discurso en la intervención de Lucas Cintora en la Lonja de Mercaderes para convertirla en el Archivo de Indias. ¿Qué importancia tuvo aquella transformación?

R. Un edificio que pierde su función puede estar abocado a su deterioro. En la Lonja de Mercaderes la solidez del edificio no era el problema: lo era la obsolescencia de uso. Por eso fue tan importante resignificar aquella arquitectura con una misión de nivel máximo: reunir en el Archivo de Indias el gran acervo americano de la historia de España. Fue una decisión política importante en la época de Carlos III.

P. Siempre pienso que tenemos un gran desconocimiento de lo que es el Archivo de Indias.

R. Sí, porque es una institución con misión de estudio, no una institución popular. Pero su dimensión cultural y patrimonial ha trascendido eso. El edificio se exhibe a sí mismo, contiene una documentación señera y, además, se ha habilitado muy bien para otras actividades, como las exposiciones. Cuando yo estudié Arquitectura no era un monumento histórico-artístico, tampoco lo era cuando empecé a ser profesor. Durante todo el franquismo, no se declaró como tal. Y tuvo que ser la democratización del país y, en concreto, con el primer gobierno socialista el momento en que se declara como monumento histórico-artístico y se le suma a la Catedral y al Alcázar, que muy pocos años después se incluyen los tres en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco. O sea, eso ocurre ya en los 80, poco antes también de que ese gobierno apruebe la Ley de Patrimonio Histórico, que sustituye la ley republicana de los años 30... El franquismo no legisló nada sobre patrimonio y no declaró monumento el Archivo.

P. ¿Y por qué?

R. No había impulsos suficientes.

P. Ni siquiera de la instituciones, de la Universidad...

R. No había consciencia, no sólo una conciencia social, sino una consciencia académica.

Víctor Pérez Escolano. Arquitecto, historiador y catedrático emérito de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Sevilla

Víctor Pérez Escolano. Arquitecto, historiador y catedrático emérito de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Sevilla / Marina Casanova

P. ¿Cuándo toma Sevilla conciencia de que demoler es un atraso y no un progreso?

R. Yo lo sitúo en lo que impulsó a los arquitectos jóvenes -no sólo del Colegio de Arquitectos sino de la Escuela de Arquitectura- de los años setenta, a adoptar una posición de defensa. La destrucción de Sevilla en el desarrollismo de finales de los sesenta y los setenta fue terrible. Y además coincidió con una mutación del concepto patrimonial: se pasó de entender el patrimonio como una colección de piezas singulares, como mariposas pinchadas en un corcho, a comprender el valor del tejido urbano, de la morfología de la ciudad. Los que ya tenemos una edad recordamos que había partes de la ciudad que parecían como las imágenes que hoy vemos de Gaza... Antes se tendía a conservar iglesias, por ejemplo, y antes incluso se destruían también iglesias. Hubo iglesias parroquiales mudéjares que se demolieron anteriormente. Hasta avanzado el siglo XX, la consideración patrimonial estaba muy limitada.

P. ¿La especulación alimentaba esa falta de conciencia?

R. Una cosa alimentaba a la otra. Siempre se vio negocio. Lo que ocurre es que la idea del negocio ha ido evolucionando. El liberalismo, que en su origen fue una ideología revolucionaria y de progreso, ha acabado triunfando en su versión más ligada al capital, a la especulación.

P. ¿Cuál es el paradigma de la destrucción en Sevilla?

R. Si uno se queda en el paradigma antiguo pensará en el edificio singular destruido, pero si amplía la mirada puede irse a conjuntos urbanos o a arquitecturas menos prestigiosas. Yo pondría dos ejemplos: la pérdida de buena parte de la arquitectura jesuítica de Sevilla (la antigua casa jesuística de la Universidad o San Luis) y, en el terreno civil, el lugar donde estuvo la casa de los Medina Sidonia, una de las grandes potencias de la Sevilla americana. Luego se transformó en la casa de Sánchez-Dalp y finalmente ocupado por El Corte Inglés. Nuestra nostalgia reciente a veces tapa destrucciones más antiguas.

P. Ha hablado del río. ¿Ha modelado Sevilla?

R. Totalmente. Yo digo que el agua ha modelado esta ciudad. Sevilla es ciudad de río y de ría: las mareas llegan hasta aquí. El agua daba vida y la quitaba. La ciudad histórica se fue entendiendo en relación con esa condición. La civilización urbana, en una proporción muy importante, son ciudades fluviales con un río muy importante.

P. ¿Y ha sabido Sevilla aprovechar el río?

R. Sevilla ha tenido ortos y ocasos. Ha habido coyunturas históricas felices y otras en las que no ha sabido incorporarse a la evolución general. Hoy el momento es ambiguo y delicado. El río tiene limitaciones para los grandes barcos, pero eso no quiere decir que no se deban potenciar escalas medias más modestas ni, sobre todo, el uso ciudadano. La conciencia de que el sevillano puede usar su río y de que este tiene un potencial económico, de disfrute y de ocio es muy reciente.

P. ¿Dónde se cometió el gran error?

R. Para mí hubo un hito muy negativo cuando se hace el nuevo puerto y no se conservó el brazo de Los Gordales. Se destruyó una oportunidad extraordinaria de paisaje urbano. Muchas veces las miradas técnicas llevan orejeras de burro: las decisiones no se pueden adoptar solo con objetivos tecnológicos o económicos. Y lo mismo pasó con el puente del Centenario, que se hizo más estrecho por una obsesión economicista, o con el sistema del Alamillo, que perdió una solución mejor desde el punto de vista paisajístico.

La conciencia ciudadana del uso del río es relativamente reciente. Y para mí hubo un hito muy negativo cuando se hace el nuevo puerto y no se conservó el brazo de Los Gordales

P. En ese sentido habla también como gestor.

R. La política es la vida y debe basarse en conocimiento e historia. Yo he repetido muchas veces una idea: a la política le iría mejor con menos políticos profesionales y más profesionales en la política. Fui concejal de Urbanismo en el primer Ayuntamiento democrático, entre 1979 y 1983, y luego director general de Arquitectura y Vivienda en la Junta. Siempre entendí esas etapas como un servicio limitado en el tiempo, no como una carrera.

P. Antes ya había sido el primer director del Museo de Arte Contemporáneo.

R. Sí. Entre 1970 y 1973 fui el primer director del museo cuando se creó, por encargo de Florentino Pérez Embid. Lo sorprendente es que aquello ocurrió con Franco vivo y siendo yo todavía estudiante de Arquitectura. Fue una experiencia muy interesante: hicimos muchas cosas con muy pocos recursos y esa historia está en el origen de los fondos que hoy ha asumido el CAAC.

P. ¿Qué opina del resultado de la intervención en las Atarazanas?

R. Ahí tengo una opinión contraria a Adepa (Asociación de Defensa del Patrimonio de Andalucía). El proyecto de Guillermo Vázquez Consuegra partía de una idea valiosa: dignificar la herencia de las Atarazanas, un edificio abandonado, respetando al mismo tiempo los restos valiosísimos del monumento y potenciar sus posibilidades como centro cultural. Lo que había allí era un espacio muy transformado, muy abandonado, y la intervención podía convivir con el respeto a los restos del monumento. Ahí tengo una opinión contraria a Adepa. Pero, tras tantas vueltas y revueltas, La Caixa se fue a Torre Sevilla y Atarazanas sigue ahí, sin un uso social.

P. ¿Qué falta?

R. Energía. Energía política que se traduzca en energía presupuestaria y en voluntad para poner aquello en marcha. El problema no está solo en inaugurar. Las instituciones culturales exigen presupuestos anuales, gestión, dirección, continuidad. La intervención que se ha hecho es muy valiosa y cuanto antes esté operativa al cien por cien, mejor. Las inauguraciones parciales son muy arriesgadas.

P. Y el otro gran asunto pendiente, el Museo de Bellas Artes, ¿qué opina del proyecto de ampliación a Monsalves?

R. Lo mejor es enemigo de lo bueno. El museo está bien donde está y necesita una ampliación. La de Monsalves encaja perfectamente, está estudiada, es urgente y además el propio palacio está en un estado de deterioro extraordinario. En esta ciudad le damos demasiadas vueltas a las cosas. Monsalves, ya: cuanto antes, mejor. Por el museo y por Monsalves.

P. ¿Tiene un paseo predilecto en Sevilla?

R. No tengo uno. Yo practico el deambular, el flâneur baudeleriano. Siempre te tropiezas con cosas nuevas. En el patrimonio soy un omnívoro: me gusta todo. La identidad no es solo un lugar; también es nuestro tiempo, el tiempo en que desarrollamos la vida. Eso es lo que nos pasa en un lugar y en los lugares que visitamos.

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