Artesanía
Villamanrique de la Condesa, la cuna del mantón bordado que se luce más allá de la Feria de Sevilla
María José Espinar, el emblema de la tercera generación del prestigioso taller de Ángeles Espinar, es la encargada de dibujar los diseños que un grupo de bordadoras artesanas plasman en obras de arte. Regaló una pieza a la Reina Letizia por su boda

Aurora Díaz

Sol plomizo de mediados de abril en la pintoresca calle Pascual Márquez de Villamanrique de la Condesa, manantial de la devoción a la Virgen del Rocío en la vieja Híspalis y forja de la leyenda de un torero de traje de luces y capote de grana y oro que hirió de muerte un astado de nombre Farolero y linaje de la ganadería de Concha y Sierra. A un par de cientos de metros de la Iglesia de Santa María Magdalena, que en apenas unos días será eterno testigo de plegarias rocieras y bueyes acicalaos, se alza el taller de Ángeles Espinar, una de las precursoras del bordado artesanal de los mantones, una tradición en peligro de extinción.
En la calle Pascual Márquez, torero de leyenda que nació en Villamanrique de la Condesa y cuya alma murió en Las Ventas, es la hora de la siesta de un viernes de mediados de abril y la chiquillería corretea en busca del parque. En el dintel del número 21 de la céntrica vía aparece la silueta de María José Sánchez Espinar (Villamanrique de la Condesa, 1966) con un gesto afable y una sonrisa sincera.
Ángeles Espinar, su madre y la matriarca de la saga, fundó la firma en 1978 y desde los inicios trató de recuperar el antiguo ritual del bordado artesanal
Son las horas previas al estreno de la Feria de Abril de Sevilla y en su taller huele a fragancia de costumbre. Ángeles Espinar, su madre y la matriarca de la saga, fundó la firma en 1978 y desde los inicios trató de recuperar el antiguo ritual del bordado artesanal. "Soy la tercera generación de una familia que siempre apostó por un oficio que es más una tradición que un trabajo", confiesa María José Espinar mientras se acomoda en uno de sus bastidores.

Bastidor de dibujo del taller. Aurora Díaz / Bernardo Ruiz
Villamanrique de la Condesa, cuna del bordado artesano
"Mi madre, Ángeles Espinar, aprendió de mi abuela, que en los años 20 o 30 del siglo pasado tenía un taller. Ella tuvo hasta 100 trabajadoras a su cargo, ahora tiene 88 años y todavía viene aquí a decirnos cómo tienen que hacerse las cosas", dice mientras esboza una sonrisa de cariño infinito. El oficio tradicional del bordado manual de los mantones se ha convertido en una auténtica reliquia del pasado de aquella Andalucía en la que bullían los encargos en las primeras décadas del siglo XX. "Le sucede como le pasaba al lince ibérico hace años. Está en peligro de extinción", lamenta.
María José es la encargada de dibujar el diseño del bordado que luego unas auténticas artistas, cinco o seis según la época del año, plasman en el mantón durante el proceso final. "Bordadoras artesanas quedan muy pocas en la provincia. Alguna hay en Carrión de los Céspedes y las que quedan aquí", reflexiona mientras ojea un mantón que bordaron a mano en su taller y que representa las fiestas de la primavera de Sevilla. Nazarenos, una carreta de la Romería de la Virgen del Rocío, una caseta de la Feria de Sevilla y motivos taurinos se suceden en una ejecución cromática y cronográfica perfecta de la Andalucía más poliédrica.

Detalle de un mantón oriental del siglo XIX recientemente restaurado. / Aurora Díaz
Obras de arte de valor incalculable
El precio de la pintoresca pieza es imposible de cuantificar. "Es propiedad de la familia y no se vende porque tiene un valor incalculable", añade con sincero cariño alguien que ejecuta sus diseños desde que apenas era una cría de 14 años. "Me encantaba dibujar desde chiquilla y aprendí de mi madre", confiesa antes de asumir que la producción industrial ha devorado la esencia del oficio.
"En la época de mi abuela se bordaba en los talleres, pero desde los años 50 no. Yo tengo unas seis bordadoras que se llevan el trabajo a su casa y lo hacen cuando pueden", dice resignada. "No hay ninguna artesana joven", insiste mientras clava su mirada en un retrato en blanco y negro en el que aparece su abuela junto a un grupo de artesanas de Villamanrique de la Condesa. "Esta señora es abuela de un periodista del pueblo", apunta.

Estatua de Pascual Márquez que preside el inicio de la calle homónima. / Aurora Díaz
Un gremio de mujeres
Una de las artesanas de la fotografía es Rosario Morillo, abuela paterna del periodista Diego Díaz, criado en la vieja escuela de El Correo de Andalucía, y una de las referentes del sector durante décadas. "Mi abuela trabajó con ella mucho tiempo·, puntualiza en un claro gesto de sabiduría de un gremio integrado de forma casi exclusiva por mujeres.
Cantillana, famosa por ser la cuna de los flecos a mano, comparte con Villamanrique el amor por una profesión que es sinónimo de infinita y abnegada paciencia. "Nosotros hacemos cinco o seis mantones bordados al año por la dificultad que tiene el proceso y porque no hay mano de obra suficiente", apunta con gesto contrariado.
Cantillana, famosa por ser la cuna de los flecos a mano, comparte con Villamanrique el amor por una profesión que es sinónimo de infinita y abnegada paciencia
El carácter exclusivo de las piezas aumenta el valor de mercado, aunque Sánchez Espinar confiesa que "el precio es algo muy relativo". "Hay mantones pequeñitos por 800 euros y otros grandes y con diseños únicos que se van a los 5.000 euros", ejemplifica. Desde su hogar surte el ajuar de clientas de diferentes puntos de la geografía española e, incluso, del extranjero.
"Recibimos encargos de Sevilla, Valencia, Madrid y hasta del extranjero. Ahora estamos acabando un mantón para México y otro para Portugal", expone. "Nosotros no bordamos a máquina. Aquí el proceso es totalmente manual y la gente espera paciente a que acabemos el encargo aunque se tarden siete u ocho meses en entregarlo", añade con un tono de voz que combina el orgullo por el estilo de su marca y el amor propio por un sector con forma de reliquia.

María José Sánchez, junto a algunos de sus dibujos. / Aurora Díaz
Espinar Antique, un proyecto de restauración
Uno de los últimos proyectos familiares ha sido Espinar Antique, una colección que restaura con precisión mantones antiguos. La saga de las Espinar recupera prendas de época de los siglos XIX y XX para que recobren su primitivo brillo: “Les damos una segunda vida. Los limpiamos, les cambiamos los flecos y les damos un buen lavado de cara para que estén perfectos”.
Su hija, psicóloga de profesión, comparte su pasión por la restauración de los mantones antiguos y junto a Cristóbal, su hermano, agricultor y dibujante por obra y gracia de un don heredado, contribuyen a preservar el negocio familiar. Un proyecto común que ha crecido con la capacidad de restaurar piezas que son auténticas joyas que se ejecutaban en Macao y Cantón y que retrataban escenas cotidianas de la vida diaria en la China del XIX.

María José Sánchez Espinar, junto a una de sus obras. / Aurora Díaz
Folclóricas, políticas o aristócratas, en su nutrida nómina de clientas
Sus mantones, elaborados con materiales de seda naturalo crespón, han enriquecido el ajuar de una nutrida nómina de clientas de la política, la aristocracia o la monarquía. Camilla Rosemary Shand, reina consorte del Reino Unido, a la que Isabel Preysler obsequió con una pieza de su colección, Carolina Herrera, Isabel Pantoja, Matilde Coral, la reina Letizia, a la que regaló un mantón por su enlace nupcial con el rey Felipe VI, o Maria Grazia Chiuri, directora creativa de la firma Dior, han lucido algunas de sus mejores bordados.

Panorámica del taller de Ángeles Espinar en Villamanrique de la Condesa. / Aurora Díaz
Premios a una irrepetible trayectoria
Dos de los galardones que forjaron la carrera de Ángeles Espinar fueron la Medalla de Oro de la Villa de Villamanrique que recibió en 2021 y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que el Ministerio de Cultura le concedió en 2007 en el ámbito de la conservación de patrimonio. Un patrimonio que en Villamanrique de la Condesa, huella de la antigua Mures y cuna del genial Pascual Márquez, torero de embrujo y leyenda, se escribe con la sabiduría de las mujeres, aquellas que preservaron un oficio que, por mor de su abnegado sacrificio, aún es icono de la Andalucía que se fragua en los talleres artesanos. Al calor de la tradición y al son de los recuerdos que se mecían en aquellas noches de duermevela de la Posguerra.
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