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De llenar de flores los hogares de la Macarena a ser un vivero casi vacío por los robos: "Entran por la muralla, necesitamos que el ayuntamiento haga algo"

María Dolores, la dueña del Vivero Sujardín, denuncia que lleva tres meses sufriendo constantes robos y reclama al Consistorio que instale una reja en el muro defensivo situado delante de la muralla medieval para cortar el acceso a los supuestos ladrones

[Vídeo] De llenar de flores los hogares de la Macarena a ser un vivero casi vacío por los robos.

Rocío Soler Coll

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Rocío Soler Coll

Rocío Soler Coll

Basta cruzar la verja del Vivero Sujardín para que Sevilla parezca quedarse fuera. El ruido del tráfico disminuye, las cotorras sobrevuelan las copas de los árboles, las abejas zumban entre las flores y la temperatura baja algunos grados bajo la sombra de cientos de plantas. Es un pequeño oasis junto a la Muralla de la Macarena. O lo era.

Desde antes de la Feria, su dueña y el alma del vivero, María Dolores, asegura que los ladrones entran a robar "casi todos los días". Saltan por la barbacana de las Murallas de la Macarena, acceden al vivero durante la noche y se llevan todo lo que encuentran. "Necesito que el Ayuntamiento haga algo porque entran desde la muralla. Ya ni me merece la pena comprar plantas. Así de triste lo tengo", lamenta la propietaria de este negocio emblemático, abierto desde hace más de 70 años en la calle Muñoz León.

Federico, empleado del Vivero Sujardín, riesga las plantas.

Federico, empleado del Vivero Sujardín, riesga las plantas. / Rocío Soler Coll

A sus 87 años nunca había vivido algo parecido. "En el último mes me habrán entrado 20 o 25 veces. Siempre me han robado alguna vez, una o dos al año, pero esto no tiene nada que ver. Ya no saben ni qué llevarse".

Las consecuencias saltan a la vista. Donde antes había mesas repletas de macetas, ahora apenas quedan plantas. No porque falten clientes, sino porque María Dolores ha dejado de reponer el género. "¿Para qué voy a comprar? Es comprar para que se lo lleven. Me da muchísima pena verlo así".

Una vida entre plantas

Cuando su padre le dejó el vivero, hace casi medio siglo, recuerda que pasó una semana llorando. "Se me hacía un mundo. Mi padre era muy recto y yo solo sabía regar y cortar hierba", explica. "Dejé de llorar porque las plantas me necesitaban. Son seres vivos y tienen alma". Desde entonces, este lugar es su hogar y las plantas, fieles compañeras.

En el último mes me habrán entrado 20 o 25 veces. Ya no saben ni qué llevarse

Dejó de estudiar con 16 años y desde entonces abre la verja de lunes a lunes. Durante décadas lo hizo sin miedo porque este es su particular refugio. Sus clientes son también vecinos, y muchos, amigos. En los 1.200 metros cuadrados del vivero ha visto crecer generaciones enteras de sevillanos mientras cuidaba árboles, flores... Y hasta 28 gatos. Hoy, sin embargo, abre cada mañana con la angustia de encontrar el candado forzado o descubrir que faltan macetas.

La entrada está en la muralla

María Dolores señala con sus brazos hacia la parte trasera del vivero. Al otro lado está la Muralla de la Macarena. "Necesito que el Ayuntamiento cierre la barbacana porque es por ahí por donde entran. Eso es suyo".

Mesas del Vivero Sujardín prácticamente vacías tras los sucesivos robos.

Mesas del Vivero Sujardín prácticamente vacías tras los sucesivos robos. / Rocío Soler Coll

La barbacana -el muro defensivo situado delante de la muralla medieval- permanece cerrada al público, por lo que no debería pasearse nadie. Nada más lejos de la realidad, según ella. Lo cierto es que desde ese punto resulta relativamente sencillo acceder al vivero.

Hace unos meses, desesperada, intentó buscar soluciones por su cuenta. Con la ayuda de Fede, el joven que trabaja con ella desde hace más de una década, instaló sensores de movimiento para activar una alarma por las noches. "No podía dejarla puesta. Saltaba muchísimo y los vecinos se quejaban. Me gasté un dineral, pero los entiendo. El descanso es lo primero".

Tampoco ha conseguido contratar un seguro."Ninguna empresa quiere hacérmelo. Dicen que este sitio tiene un acceso demasiado fácil". Habla de su situación con todo aquel que se acerca al vivero. Se desahoga, pide ayuda, da voces. La "preocupación" y los "nervios", como ella dice, le dieron un susto hace unas semanas y pasó 15 días en el hospital ingresada.

"Esto es como un consultorio"

A pesar de todo, María Dolores sigue sentada en su silla del porche recibiendo a todo aquel que entra a su vivero. En tan solo un par de horas, decenas de clientes se asoman hasta su particular paraíso. "Esto es como un consultorio", bromea.

Vistas de la Muralla de la Macarena desde el Vivero Sujardín, desde donde María Dolores asegura que entran a robar.

Vistas de la Muralla de la Macarena desde el Vivero Sujardín, desde donde María Dolores asegura que entran a robar. / Rocío Soler Coll

Ya no trasplanta ni riega. Ese trabajo lo hace Fede. Ella ahora dedica el tiempo a lo que más le gusta: hablar con quien entra buscando consejo. Habla con entusiasmo de cómo podar un limonero, cuándo cambiar una maceta o cuánta agua necesita un ficus. "Lo de la sensibilidad es muy importante. A quien se le mueren las plantas es porque no tiene", dice entre risas.

Con dos horquillas sujetándole el pelo y unos ojos azules tan pequeños como vivaces, María Dolores asegura que seguirá levantando la persiana cada mañana. Quiere que cesen los robos. Quiere volver a llenar las mesas de plantas. Pero, mientras tanto, seguirá haciendo lo que lleva toda una vida haciendo. "Cuando mi padre me dio el negocio, no dejé de llorar los primeros días. Al final paré y me puse a trabajar por las plantas. Pues ahora hago lo mismo", sentencia.

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