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Icónica Santalucía Sevilla Fest

Fatboy Slim y el secreto de las fiestas: justo aquí, justo ahora

El DJ superestrella ofrece una divertidísima y enérgica sesión de electrónica de baile en Icónica Santalucía Sevilla Fest

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Paco Camero

Paco Camero

El plan, a priori, no tenía fisuras. Porque de haber perdido, qué mejor manera de lamerse las heridas que sacudir los cuerpos y darse un baño de euforia sonora. La cuestión es que a posteriori tuvo menos fisuras aún, porque para cuando apareció sobre el escenario Norman Cook, alias Fatboy Slim, DJ superestrella, la fiesta se había desatado ya tras el histórico paso a la final del Mundial de España, cuyo partido contra Francia se había estado proyectando en las pantallas gigantes de la Plaza de España.

Con su atuendo de guiri bohemio y desahogado que encarece las viviendas de nuestro país de recreo (de otros) hasta convertirlas en quiméricas, pero por aquello de compensar simpatiquísimo, carismático y muy dispuesto a que todo el mundo disfrutara de lo lindo, el artista británico destapó sin cortapisas su frenética batidora rítmica con una ráfaga de alegres y alocados mash-ups en los que cupieron Beyoncé, Eminem, Diana Ross, The Prodigy, Groove Armada, Run D.M.C. y guiños fugaces a sus propios himnos noventeros…

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes / Marina Casanova

Un torbellino sonoro empapado de cultura pop y completado por las proyecciones, golosinas visuales por las que desfilaban imágenes y personajes de sus icónicos videoclips, leyendas del arte, la música y el cine del siglo XX, bocados de psicodelia y humoradas surrealistas. Un divertidísimo e impredecible parque de atracciones, o sea, sólo que liberado desde una mesa de mezclas.

La tecnología de nuestros días ha permitido que casi literalmente cualquiera pueda pinchar, y además de manera intachable desde el punto de vista técnico. Pero claro, pinchar no es sólo cuadrar con precisión quirúrgica los bpm y las transiciones de un corte a otro. Nuestro entrañable amigo Fatboy Slim vino a recordarnos, de nuevo, que la pasión es fundamental, que el alma, sea lo que sea el alma, debería ser innegociable, al igual que el hedonismo, el sentido lúdico, la capacidad para hacernos a todos olvidar que ahí fuera existe un mundo que se esfuerza casi con abnegación por dar cada día un poquito más de asco. 

Fatboy Slim vino a recordarnos, de nuevo, que la pasión es fundamental, que el alma, sea lo que sea el alma, debería ser innegociable, al igual que el hedonismo, el sentido lúdico, la capacidad para hacernos a todos olvidar que ahí fuera existe un mundo que se esfuerza casi con abnegación por dar cada día un poquito más de asco

Una buena demostración de esta capacidad para generar y canalizar energías fue su introducción al Sinner winner de Félix da Housecat, uno de los muchos clásicos de la electrónica de baile de los 90 que desfilaron por el vertiginoso y exuberante setlist de Fatboy Slim. O cómo introdujo a continuación el Insane in the brain de los Cypress Hill para ponerlo a dialogar con un rutilante tema de soul clásico que nos gustaría conocer, pero nunca hemos sido Shazam y tampoco lo pretendemos. 

En muchos sentidos, la actuación fue un dechado ejemplar de lo que representó en su apogeo el big beat, una corriente que por cierto se dio en llamar así precisamente por el club que abrió en Brighton nuestro hombre, el Big Beat Boutique. Bases rítmicas contundentes, a veces pasadas por el filtro distorsionado, medio sucio y crujiente del breakbeat, líneas de bajo retorcidas y pegajosas, samples desprejuiciados a go-gó de rock clásico, punk, rap y soul.

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes / Marina Casanova

Para cuando sonó la relectura de Praise you, uno de sus hits ineludibles, en esta ocasión con arreglos de cuerda que le habrían encantado a los Chic de Neil Rodgers, confirmamos algo que barruntábamos desde el comienzo: faltaba algo de pegada en el sonido, concretamente del tipo que te hace sentir que tu corazón ocupa toda tu piel. Tampoco fue exactamente un impedimento para disfrutar del paseo en la montaña rusa de mister Cook, llena de curvas inesperadas. ¿Por ejemplo? El ejercicio de doble hipnosis de montar el Everything in its right place de Radiohead sobre una base de trance, pero no del vulgar, sino de tapicería de cuero, salpicadero de maderas nobles y cambio automático. 

Podríamos continuar rescatando guiños, quiebros, grandes subidas y elegantes bajadas de la sesión de Fatboy Slim, pero en realidad no serviría de nada: el suyo es un planteamiento de antiguo y curtido raver, todo está concebido para ser experimentado físicamente. ¿Cómo explicar un momento en el que todos los poros de tu cuerpo están sintiendo diversión, ligereza, liberación, y mañana que salga el sol por Antequera? 

¿Cómo explicar un momento en el que todos los poros de tu cuerpo están sintiendo diversión, ligereza, liberación, y mañana que salga el sol por Antequera? 

Con Born Slippy fundido con el Mr. Brightside de The Killers electrizó el ambiente, pues no en vano el tema de Underworld es el superhimno generacional que es, y el de los segundos, bueno, uno de esos hits archifamosos (dicen que) de indie y que, por lo demás, por primera vez nos sonó como algo un poco más interesante que una cortinilla de épica banal para programas deportivos de la radio. 

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes

El concierto de Fatboy Slim de Icónica Santalucía Sevilla Fest en imágenes / Marina Casanova

Lógicamente, uno de los grandes momentos llegó con Right here, right now, en curiosa y feliz mescolanza con el Smells like teen spirit de Nirvana, dos himnos mayúsculos de la década de los 90 tras los cuales llegó otro mash-up arrollador marca de la casa, su imbatible Rockafeller Skank mezclado con el (I can’t get no) Satisfaction de los Stones y el Blitzkrieg Bop de los Ramones.

El final llegó con unos pocos compases de The End de los Beatles y, teatral y fantásticamente introducido, el célebre pasaje de El Danubio azul que llevó a no pocos a imaginarse ataviados con tutú y zapatillas de ballet y marcarse unas gráciles vueltecitas sobre sí mismos mientras el público empezaba a dispersarse a su alrededor. Una descarga de música que lo deja a uno con esa clase de disposición debería recetarse en farmacias y centros de salud.

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