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Icónica Santalucía Sevilla Fest

Rubén Blades se despide de Sevilla entre salsa y crítica social: “Seguimos igual o peor”

El artista panameño, acompañado por Roberto Delgado Big Band, hace cantar y bailar a la Plaza de España durante dos horas en un concierto donde la música, la poesía y la crítica social caminaron de la mano. La cantautora mexicana Silvana Estrada abrió una velada marcada por la emoción, la memoria y los grandes clásicos

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Lucía León Guerrero

Lucía León Guerrero

Había algo distinto en el ambiente incluso antes de que sonara la primera canción. La Plaza de España esperaba con la calma de las grandes noches. No era una cita cualquiera dentro de Icónica Santalucía Sevilla Fest. Sevilla recibía a Rubén Blades, uno de los compositores más influyentes de la música en español, el hombre que revolucionó la salsa convirtiéndola en vehículo de literatura, denuncia social y retrato de la realidad latinoamericana.

Cantante, compositor, actor, abogado y exministro de Turismo de Panamá, Blades lleva más de cinco décadas demostrando que una canción puede ser también un reportaje, un cuento o un manifiesto político. Gabriel García Márquez llegó a definirlo como “un cantador de historias”, una expresión que ha vuelto a cobrar sentido sobre el escenario sevillano.

Antes de su aparición, la mexicana Silvana Estrada envolvió la Plaza de España con una actuación íntima y elegante. Armada únicamente con su voz y una interpretación cargada de sensibilidad, la cantautora conquistó al público con un repertorio donde el folclore latinoamericano y la canción de autor sirvieron como el mejor prólogo posible para una noche en la que las palabras tendrían casi tanto peso como la música.

La Plaza de España baila al ritmo de un cronista

A las diez y media, las luces se apagaron definitivamente. Los primeros compases de la Roberto Delgado Big Band bastaron para que miles de personas comenzaran a bailar. Instantes después aparecía Rubén Blades, impecable, sonriente y elegante, saludando con un sencillo: “Buenas noches, Sevilla”.

No hubo tiempo para acomodarse.

La noche arrancó con Plástico, una de las canciones más emblemáticas de Siembra (1978), el disco que grabó junto a Willie Colón y que cambió para siempre la historia de la salsa. Casi medio siglo después, su crítica a una sociedad obsesionada con las apariencias, el consumismo y la pérdida de identidad continúa sonando sorprendentemente actual.

Cada canción, una historia

Sin apenas pausas, llegó Decisiones, otro de esos relatos cotidianos que retratan cómo una simple elección puede cambiar una vida para siempre. Fue entonces cuando Blades comenzó a conversar con el público.

“Gracias, Sevilla. Gracias por traernos. La próxima vendré en verano. Ya es hora de tomar decisiones y despedirnos”.

Los primeros acordes de País Portátil fueron recibidos con un largo aplauso. Escrita hace veinticinco años, su reflexión sobre la corrupción, la desigualdad y la deriva política sigue conservando una vigencia incómoda.

Apenas necesitaba hablar. Su repertorio hablaba por él.

El exilio, la memoria y la denuncia

El concierto fue creciendo en intensidad con Emigrantes, precedida por una confesión personal. “Yo no nací pensando que me iba a ir de mi país. Estudié Derecho, iba a ser abogado. Terminé en esto porque tuve que salir de Panamá por los problemas de mi familia con la dictadura. Cuando uno deja su patria no es fácil”.

Las palabras adquirieron un significado especial en un momento histórico marcado por los desplazamientos forzosos y las crisis migratorias.

Después llegó Ojos de Perro Azul, una canción escrita en 1987 que, según explicó el propio artista, sigue describiendo muchas de las realidades actuales.

La reflexión continuó con El Padre Antonio y el Monaguillo Andrés, inspirada en el asesinato del sacerdote salvadoreño Antonio Cardenal durante los conflictos centroamericanos.

Cada canción iba acompañada de una explicación. Blades no ofrecía únicamente un concierto; impartía una lección de memoria histórica y conciencia social.

Sin perder nunca su esencia, el repertorio continuó con La Belleza del Son, Arayue y Paula C., demostrando la versatilidad de una banda capaz de moverse con naturalidad entre la salsa clásica, el jazz y los ritmos afrolatinos.

El momento más emotivo

Miles de teléfonos iluminaron el escenario mientras el público acompañaba prácticamente a capela una canción que, más de tres décadas después de su publicación, sigue emocionando a varias generaciones como es Amor y Control.

Durante unos minutos desaparecieron el baile y la fiesta. Solo quedaron una letra profundamente humana y un silencio cargado de emoción.

Después llegarían Todos Vuelven, María Lionza, Ligia Elena y una gran interpretación de El Cantante, la composición que escribió para Héctor Lavoe y que terminó convirtiéndose en uno de los himnos universales de la salsa.

Cuando Pedro Navaja volvió a caminar por Sevilla

El momento más esperado llegó al final del concierto. Los primeros compases de Pedro Navaja desataron la locura colectiva.

Miles de personas cantaron de principio a fin la historia del personaje más célebre de la salsa como si se tratara de un himno popular. No hizo falta que Blades animara al público. Cada verso era respondido por una Plaza de España entregada que conocía la narración de memoria. Pocas canciones han conseguido trascender tanto su género como esta.

A diferencia de otros artistas que convierten sus conciertos en un despliegue visual, Rubén Blades volvió a demostrar que su mayor escenografía son sus canciones.

Roberto Delgado Big Band firmó una actuación impecable, con unos metales brillantes, percusiones milimétricas y una compenetración absoluta con un cantante que, a sus 77 años, conserva intacta la autoridad escénica y la capacidad para emocionar sin recurrir a artificios.

Cada solo fue celebrado como una pequeña obra de arte y cada pausa recordaba que detrás de aquella música había décadas de historia, literatura y compromiso.

Una noche para recordar

El concierto terminó entre una larga ovación.

Sevilla despidió a Rubén Blades consciente de haber asistido a mucho más que un recital de salsa. Porque el panameño nunca se limitó a hacer bailar al público. Desde que revolucionó el género en los años setenta junto a Willie Colón, ha demostrado que la salsa también puede denunciar las injusticias, hablar de política, reflexionar sobre la emigración, narrar historias de barrio o emocionar con la intimidad de una familia.

Cuando las luces de la Plaza de España volvieron a encenderse y el público abandonó lentamente el recinto tarareando sus canciones, quedaba la sensación de que Icónica Santalucía Sevilla Fest no solo había acogido uno de los conciertos más esperados del verano. Había recibido a uno de los grandes narradores de la música en español.

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