Icónica Santalucía Sevilla Fest
Jamiroquai reclama en Sevilla la corona de emperador del ‘groove’
El músico británico y su extraordinaria banda ofrecen una clase magistral de música de baile elegante y contagiosa en su paso por Icónica Santalucía Sevilla Fest
Si hay una figura emblemática de la efervescente escena acid jazz que surgió en los años 90 al calor de los clubes underground de jazz y funk londinenses, esa es con toda rotundidad la de Jamiroquai. Teníamos curiosidad por comprobar cómo habían pasado los años por Jay Kay, su muy reconocible cantante y a día de hoy único miembro original de la banda en la actual formación, y podemos decir que sí, sigue siendo un plan sensacional, incluso inmejorable, si pasa una noche por tu ciudad.
Mascando chicle con su pinta de golfete simpático, pantalones acampanados, chaqueta verde con flecos de sheriff de western en viaje de ácido que alternó después con su característico desfile de outfits chandalosos y sombrero morado (sólo el primero de los muchos que fue luciendo), Jamiroquai declaró inaugurado su Gran Carrusel del Groove con (Don’t) Give hate a chance. Todas sus señas de identidad estaban ya ahí: funk con salpicaduras de disco setentero, esplendor rítmico al servicio de su voz de timbre diáfano y regusto soulero.
Little L fue el primero de sus temas canónicos que sonó, para gozo y bamboleo de la multitud congregada. ¿Qué es groove, dices mientras clavas tu línea de bajo infeccioso y tus coloridas y vibrantes ráfagas de arreglos de cuerda en nuestros cuerpos en movimiento? El bueno de Jay no está ya para tanta coreografía de pasos deslizantes, pero su voz aguanta el tipo fantásticamente incluso en las notas altas tan típicas de su estilo vocal. Y cuenta además con el respaldo de una banda numerosa y espectacular, que toca como quien silba una música bastante difícil de ejecutar. Eso ayuda también de lo lindo.
Tras un recuerdo para Almería, donde el artista estuvo grabando varios videoclips pocos días antes del terrible incendio, una tierra a la que aseguró llevar en el corazón, el concierto bajó levemente el diapasón con Seven days in sunny june, para inmediatamente después volver a encender al personal con otro de sus temas más celebrados, un Space Cowboy en el que resonaron cálida y deliciosamente los acentos más jam y más puramente acid jazz de sus comienzos, en la onda de unos Incognito, unos Brand New Heavies, un James Taylor Quartet o unos Corduroy. Bandas todas ellas coetáneas del británico y que nunca llegaron disfrutar del éxito multitudinario de Jamiroquai seguramente por enfocarse más en los envolventes desarrollos instrumentales que en el compacto acabado pop al que, con tremendo olfato, fue orientándose cada vez más nuestro amigo Jay.
Él ahora es millonario, tiene un garaje lleno de coches deportivos de lujo y es famoso casi independientemente de su música, un personaje más de la rica mitología popular contemporánea made in England, pero a pesar de que no anda para las exuberancias danzarinas de antaño -más de una vez lo vimos echarse la mano a la altura del bazo y doblarse disimuladamente: no sabes cómo te entendemos, Jay- sigue teniendo argumentos musicales incontestables. Por momentos nos pareció el hijo accidental que habría podido dar en adopción el Stevie Wonder más marchoso a la familia Gallagher. Eso sí, afortunadamente más interesado en los atuendos estrafalarios que en dar la turra intergaláctica con docudramas de segundo de Primaria.
Resultaron irresistibles el toquecito de lounge para naves espaciales de Alright, rematados con la endiablada facilidad que tiene el cantante para crear estribillos y ganchos melódicos que llevan a mecerte casi sin que te des cuenta. Otra prueba de que detrás de tanto éxito y tanta popularidad y tantas montañas de dinero hay verdadero talento y canciones de sólido armazón es que prácticamente en ningún momento se echaron de menos la profusión de arreglos y las producciones siempre llamativas y ultrapulidas que tienen sus grabaciones de estudio.
Disco stays the same, de su último disco, a medio camino entre el espíritu del mítico Studio 54 y unos ABBA hipervitaminados, quedó de lo más resultón, aunque sospechamos que no entrará nunca en su repertorio más solicitado. La que no dejará de estar en su selecta lista de greatest hits es Travelling without moving, de su primer disco, una descarga de ritmo asesino sobre la que cabalgó con una corona de luces led que lo hacía parecer una suerte de dilofosaurio psicodélico aparecido en una despedida de soltero (este guiño lo agradecerá el pequeño y monotemático Marcos).
Resultaba difícil ponerle un pero al concierto (¿tal vez la ausencia en el setlist de Deeper underground?), impulsado en todo momento por una banda de músicos, repitámoslo, extraordinarios, y por el carisma de un Jay Kay que apenas necesitó el habitual palique demagogo para ponerlo a funcionar. Canned Heat fue otra andanada de ritmo vertiginoso y preciso, y como siempre había espacio para el vuelo instrumental, el trotón guiño al imperial Blue monday de New Order en el que se recreó el grupo nos arrancó una sonrisa de alegría pura digna de un niño pequeño.
El tramo final fue una gozada. Una Cosmic Girl introducida con demora, primero creando la atmósfera adecuada para luego atravesarla con uno de sus estribillos más reconocibles y vociferables y una nueva y soberbia -la enésima- exhibición del bajista y el batería, de esos que por sí solos mantienen aupada a lo más alto una actuación.
Love foolosophy, en una soberbia versión alargada y alargada y alargada… pese a lo cual se hizo hasta corta, cedió paso al remate, un auténtico clímax servido en bandeja por Virtual insanity, aquel viejo éxito de 1997 que sigue tan vigente y contagioso hoy como entonces (y de nuevo, guiñitos: esta vez del piano, que jugueteó todo el rato con la melodía de Just the two of us, de Bill Whiters). Qué temarraco, qué conciertazo, qué bien nos caíste, Jay. Seguro que en tu baúl tenías sombreros para dejarnos a todos. De haberlo hecho, seguro, todo el mundo en la Plaza de España se los habría quitado para despedirte.
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