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Icónica Santalucía Sevilla Fest

Prodigy invoca y surfea en Sevilla su aplastante tsunami del fin del mundo

Las leyendas británicas de la era ‘rave’ ofrecen una memorable descarga de energía y ruido catártico en su regreso a Icónica Santalucía Sevilla Fest

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Paco Camero

Paco Camero

Sevilla

No había más que darse una vuelta en los prolegómenos del concierto para sentir la expectación bullendo. Noche de viernes con The Prodigy tras una jornada calurosa y la Plaza de España a revientacalderas: todas las condiciones, o sea, para que las expectativas dibujaran en el ambiente la promesa electrizante de la madre de todos los fiestones

Y de repente, sin más ceremonias que una especie de marcha imperial de las fuerzas de la oscuridad y el escenario tornándose rojo sangre, se nos vino encima el ruido abrumador, catártico, industrial, salvaje, de las más espectacular colisión conocida hasta la fecha de la cultura techno con la abrasión del punk. Aquí estaban, de nuevo, tras su paso por este mismo festival hace un par de años, las más grandes superestrellas del esplendor de la era rave.

Omen, que seguramente en cualquier otro concierto sería el cierre por todo lo alto, supuso "nada más”" que la apertura del concierto de la formación británica. Pero es que siguió a continuación con Voodoo People y estaba ya claro que nadie se iba a ahorrar nada, ni los músicos sobre el escenario ni la gente que apenas comenzado el concierto parecía ya poseída por una energía desenfrenada digna de esa clase de afters turbios donde se ven cosas más pintorescas y excesivas que en la cantina de Star Wars

Las mejores imágenes del concierto de Prodigy en Icónica Santalucía Sevilla Fest

Las mejores imágenes del concierto de Prodigy en Icónica Santalucía Sevilla Fest / Marina Casanova

Que esta panda de fantásticos salvajes no desentonaría en un festival de rap lo demostró Poison, que viene a ser el tipo de andanada que podrían haber escrito Public Enemy si hubiesen nacido en Inglaterra y hubieran frecuentado las primigenias y masivas raves en bosques o aparcamientos en medio de la nada cuyo espíritu sigue defiendendo Prodigy sin un ápice de nostalgia. Entre otros motivos porque la nostalgia tiene la costumbre de manifestarse con un pulido endulzamiento de las cosas, y en esta actuación todo era visceralidad agresiva, una avalancha de energía que te daba patadas en el pecho e imposibilitaba -para bien- toda operación reflexiva.

'Poison' viene a ser el tipo de andanada que podrían haber escrito Public Enemy si hubiesen nacido en Inglaterra y hubieran frecuentado las primigenias y masivas raves en bosques o aparcamientos en medio de la nada

Tampoco estarían fuera de lugar en un festival metalero. Es más, ya quisieran muchos grupos que llenan esos carteles desatar el impacto de los muros de energía atronadora que levantan el baterista Leo Crabtree y el guitarrista Rob Holliday -vaya par de bestias-, el vocalista, catalizador de energías y predicador del apocalipsis sonoro Maxim y el cerebro de todos esto, un Liam Howlett gobernando la tormenta de caos controlado desde su pila de sintetizadores, samplers y secuenciadores.

La icónica figura del desaparecido Keith Flint fue evocada en una incendiaria Firestarter, cuya brevedad volvió a dejar claro que Prodigy no siguen en esto por aquello de alimentar la cómoda y lucrativa industria de la nostalgia. Invaders must die, con su mezcla de sintes de videojuego ochentero de navecitas espaciales y abrasión sonora, ejemplificó el curioso efecto que provocan prácticamente todas las canciones de estas leyendas de los años 90: hay algo siempre inquietante y claustrofóbico encerrado en su música, que se encrespa y se encrespa y acaba rompiendo en olas de liberación y euforia. 

Las mejores imágenes del concierto de Prodigy en Icónica Santalucía Sevilla Fest

Las mejores imágenes del concierto de Prodigy en Icónica Santalucía Sevilla Fest / Marina Casanova

¿Pero qué manera era ésta de configurar un setlist? Donde otros intentan cuadrar meticulosamente la secuencia de canciones para subir y bajar la intensidad, ellos hacen enmienda a la totalidad. Claro, es que se lo pueden permitir. Estar siempre arriba, siempre a todo lo que da, siempre al borde del paroxismo sonoro. Cualquiera que haya estado en una actuación de Prodigy sabe que cuando se habla de experiencia física, y no meramente musical, no media ningún tipo de literatura. Quedó probado con No good y Roadblox. ¿Quién dijo que un alud de ruido encauzado no podía ser bello, incluso oscura e intensamente conmovedor?

Cualquiera que haya estado en una actuación de Prodigy sabe que cuando se habla de experiencia física, y no meramente musical, no media ningún tipo de literatura

La descarga de aullidos electrónicos, líneas de sintetizador retorcidas como cuernos de carneros demoniacos, ritmos sísmicos y graves que agrietarían placas tectónicas si se les dieran el tiempo suficiente continuó con Get your fight on y Their law (de nuevo tan Public Enemy meets metal meets cultura rave). Habría que reservar con gran rigor palabras como "sacudida· y "apabullante" para momentos como los que depara Prodigy en directo. Hasta el punto de que si uno no tiene muy claro a lo que viene -se vieron caritas y expresiones bastante curiosas en los palcos VIP- puede acabar auténticamente sobrepasado.

El océano de móviles grabando que cubrió la Plaza de España en la introducción de Smack my bitch up -seria candidatura al Premio Internacional al Título de Canción Devenido Casi Punible Legalmente Con El Paso De Los Años- dio paso a una andanada que no por consabida nos dejó con las rodillas temblando y el pecho retumbando como si dentro hubiera una caja de ritmos sin botón de apagado. El leve respiro que le siguió acentuó aún más el memorable ejercicio de brutalidad sonora que estábamos presenciando. 

Difícil describir el impacto de Breathe, que lógicamente era también generacional: muchas cosas asociadas a semejante éxtasis sonoro emitido a degüello. Volvemos con el asunto de la nostalgia, que es aquí imposible: es que ni siquiera tienes tiempo para detenerte en los recuerdos porque te está pasando por encima. Más vale que no te detengas demasiado a pensar, porque a poco que te despistes y tienes delante otro puñetazo, llamado ahora Take me to the hospital

We live forever y la clasiquísima Out of space, con el reggae de Max Romeo cantado por las miles y miles de personas que abarrotaban el recinto y centrifugado hasta el delirio breakbeat por Howlett como el duende malévolo del sintetizador que es, más la propina de Comanche, ya puro ritmo aplastante en el tuétano y voz a pleno pulmón convertida en abstracción sonora, pusieron fin a un incendio sónico verdaderamente impresionante. Tras el cual, claro, sólo había dos salidas posibles: o buscar la cama para aliviar la extenuación del cuerpo y saborear mentalmente la catarsis experimentada, o continuar la inercia y llegar a casa la mañana del lunes preguntando cómo quedó la final del Mundial.

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