El reportaje literario

Decirle adiós a la vida es también cuestión de poesía

Los grandes escritores no se resistieron a despedirse de una forma literaria, como demostraron Cervantes, Cernuda (“Adiós, adiós manojos de gracias y donaires”), Vallejo o el gran Juan Ramón, conscientes de que, de todos modos, iban a quedarse los pájaros cantando...

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
07 ene 2024 / 11:28 h - Actualizado: 07 ene 2024 / 11:34 h.
"El reportaje literario"
  • Juan Ramón Jiménez y su esposa, Zenobia Camprub
    Juan Ramón Jiménez y su esposa, Zenobia Camprub

Antes de marcharse de este mundo, el escritor más grande que han dado las letras españolas, Miguel de Cervantes, comenzó un largo adiós personal en su Viaje del Parnaso, una obra escrita en tercetos en la que el también autor de El Quijote cuenta el viaje al monte Parnaso para librar una alegórica batalla contra los malos poetas, que también abundaban entonces... El libro se publicó en 1614, cuando apenas faltaban dos años para que el escritor dijese adiós a este mundo y, como no había triunfado en poesía y tampoco podía imaginar el éxito sin fin del que iba a gozar la novela de su entrañable loco, es célebre aquel comienzo que sonaba ya tan conclusivo... “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”.

Decirle adiós a la vida es también cuestión de poesía
Cervantes, pintado por Juan de Jáuregu

El cielo le tenía reservadas otras gracias, pero es fácil adivinarlas a toro pasado. El caso es que él se fue consolando en esa dura realidad sin demasiados aplausos que había vivido y, en el prólogo de su última obra –escrito cuatro días antes de morir-, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada ya póstumamente, también incluyó varias modalidades de despedida. Una en prosa, para cerrar: “¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”. Otra en verso, en la propia dedicatoria del prólogo a don Pedro Fernández de Castro y Andrade, VII Conde de Lemos: “Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, esta te escribo”... Su propio Don Quijote, en el lecho de la cordura matante, inició así su testamento: “Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía...”. Hasta para decir adiós hay que tener gracia, aunque Cervantes creyera que no la tuvo... La tuvo tanto como nuestro poeta del Renacimiento, Garcilaso de la Vega, quien, casi un siglo antes, en su Égloga segunda, dice por boca del pastor Albanio: “Adiós, montañas; adiós, verdes prados; / adiós, corrientes ríos espumosos; / vivid sin mí con siglos prolongados”.

¿Qué hubieran pensado ambos, Garcilaso y Cervantes, de haber levantado la cabeza dos o tres siglos después? La poeta gallega y romántica Rosalía de Castro se apuntó a esa modalidad lírica de las despedidas y, en uno de sus Cantares gallegos, dejó escrito: “Adiós, ríos; adiós, fontes; / adiós, regatos pequenos; / adiós, vista dos meus ollos; / non sei cándo nos veremos”. Y eso que faltaban más de veinte años para su muerte de veras. Fue justo otro siglo después cuando un poeta de la Generación del 27, quizá el que había decidido despedirse para siempre de nuestro país con más antelación –sin morirse siquiera-, Luis Cernuda, se despidió de la vida fijándose en lo que más había valorado en ella. En Desolación de la quimera liga la letra de un célebre tango con el texto cervantino para decir: “Muchachos / Que nunca fuisteis compañeros de mi vida, / Adiós. / Muchachos / Que no seréis nunca compañeros de mi vida, / Adiós. (...) Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires, / Que yo pronto he de irme, confiado / Adonde, anudado el roto hilo, diga y haga / Lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe. / Adiós, adiós, compañeros imposibles. / Que ya tan solo aprendo / A morir, deseando / Veros de nuevo, hermosos igualmente / En alguna otra vida”.

Federico García Lorca, en cambio, con una personalidad tan distinta pero que profetizó como nadie su propia muerte, resumió su despedida en dos versos de pura advertencia: “Si muero, dejad el balcón abierto”. Un contemporáneo suyo al otro lado del Atlántico, el peruano César Vallejo, dijo de sí mismo: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París –y no me corro- / tal vez un jueves, como es hoy de otoño”. Innovador como nadie en la pura conciencia del lenguaje que manipulaba a su antojo, aquel poema continuaba así: “Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto / con todo mi camino, a verme solo”.

Decirle adiós a la vida es también cuestión de poesía
Alfonsina Storni

A ambas orillas del español

En efecto, la gracia (de despedirse) que el cielo no había sabido darle, supuestamente, a Cervantes se extendió allá por donde lo hizo nuestro idioma. Y no solo Vallejo, sino la poeta argentina Alfonsina Storni también quiso despedirse antes de su suicidio, preocupada más por las cosas que por ella misma. “Las cosas que mueren jamás resucitan, / las cosas que mueren no tornan jamás. / ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda / es polvo por siempre y por siempre será!”, escribió en un lindo poema de dodecasílabos. “Cuando los capullos caen de la rama / dos veces seguidas no florecerán... / ¡Las flores tronchadas por el viento impío / se agotan por siempre, por siempre jamás! / ¡Los días que fueron, los días perdidos, / los días inertes ya no volverán! / ¡Qué tristes las horas que se desgranaron / bajo el aletazo de la soledad! (...) ¡Adiós para siempre mis dulzuras todas! / Adiós mi alegría llena de bondad! / ¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, / las cosas celestes que no vuelven más!”.

Más metaliterario y menos lírico, el chileno Jorge Teillier dejó escrito: “...y me despido de estos poemas: / palabras, palabras –un poco de aire / movido por los labios- palabras / para ocultar quizá lo único verdadero: / que respiramos y dejamos de respirar”.

De Bukowski a Juan Ramón

Será difícil encontrar alguna similitud entre el estadounidense nacido en Alemania Charles Bukowski y el español nacido en Moguer (Huelva) Juan Ramón Jiménez. Uno creador del realismo sucio y el otro preocupado por que no tocaran más a la rosa... Pero ambos nos dejaron unos emocionantes poemas, cada cual a su manera, que eran unas inolvidables despedidas en sí mismos. El de Bukowski empieza directamente: “Esperando a la muerte / como un gato / que saltará sobre la / cama”. Y luego convierte el texto en un poema de amor a destiempo: “Estoy apenado por / mi esposa. / Ella verá este / cuerpo / rígido / y blanco. / Lo sacudirá una vez, entonces / quizás de nuevo: / ‘Hank’ / Hank no / contestará. / No es mi muerte lo que / me preocupa, es mi esposa / sola con esta / pila de nada. / Quiero que sepa / que todas las noches / durmiendo a su lado. / Incluso las discusiones / inútiles / fueron cosas espléndidas. / Y las duras / palabras / que siempre tuve miedo de / decir / pueden ahora ser / dichas: / Te amo”.

El poema de Juan Ramón no habla de su mujer, Zenobia Camprubí, porque aún no la conocía. Y pese a que él no había cumplido aún los treinta años, la conciencia de su finitud resume todas las despedidas literarias del modo más bello y sencillo a la vez: “...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros / cantando; / y se quedará mi huerto, con su verde árbol, / y con su pozo blanco. / Todas las tardes, el cielo será azul y plácido; / y tocarán, como esta tarde están tocando, / las campanas del campanario. / Se morirán aquellos que me amaron; / y el pueblo se hará nuevo cada año; / y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, / mi espíritu errará nostálgico... / Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol / verde, sin pozo blanco, / sin cielo azul y plácido... / Y se quedarán los pájaros cantando”. Cualquier despedida literaria, al fin y al cabo, precede al viaje definitivo.