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Deriva violenta en África

¿Qué está pasando en el Sahel central? La violencia arrecia en el epicentro del yihadismo global

La salida de las tropas occidentales, los vacíos de poder gubernamentales y los agravios comunitarios, entre otros factores, sacuden a una región con el 50% de las muertes ocasionadas por terrorismo en todo el planeta

Soldados de las Fuerzas de Seguridad de Mali en una foto de archivo.

Soldados de las Fuerzas de Seguridad de Mali en una foto de archivo. / STR / EFE

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Àlex Álvarez

Barcelona

El reciente intento de golpe de Estado en Níger —protagonizado por una fuerza militar disidente desplegada en el norte del país para combatir al yihadismo— ha vuelto a sacudir un tablero geopolítico que operaba ya al límite del colapso. El conato de disidencia en Niamey es el síntoma más reciente del desmoronamiento institucional que asfixia a la triple frontera del Sahel Central, formada por Mali, Burkina Faso y Níger. Tras expulsar a las tropas francesas, cerrar las bases de drones estadounidenses y desmantelar la misión de paz de la ONU (MINUSMA), las juntas militares que prometieron restituir soberanía y seguridad han acabado acorraladas por la misma violencia que decían combatir. La región concentra ya más del 50% de las muertes mundiales por terrorismo, según el Global Terrorism Index 2026, y se ha convertido en el epicentro absoluto del yihadismo global, por delante de los tradicionales escenarios de Oriente Medio.

Para entender cómo se ha llegado hasta aquí, conviene alejarse de los titulares y bajar al terreno. En 2015, en una barriada polvorienta a las afueras de Bamako, una joven catalana de diecinueve años, Laia Dosta, conoció a una niña de cinco meses llamada Djouma, vecina de un dispensario médico en ruinas. Semanas después, ya de vuelta en Barcelona, Laia recibió la noticia de que Djouma había muerto de malaria, una enfermedad prevenible, por la simple falta de infraestructura sanitaria. De aquel golpe nació la ONG que hoy lleva su nombre. Una década después, el país que vio nacer y morir a Djouma se ha transformado en un incendio geopolítico de dimensiones continentales.

Escuelas cerradas y ciudades a oscuras

El deterioro es visible en los detalles cotidianos. Solo en Mali, las cifras oficiales contabilizan ya casi 2.500 escuelas cerradas por el avance de las facciones integristas, un fenómeno que ha pasado de las arenas del norte a regiones tan próximas a la capital como Koulikoro. "Si una familia tiene seis hijos biológicos y le llegan dos más del pueblo para salvarlos de la guerra, en cuanto faltan los tres euros de la cuota escolar, el primero en renunciar a sus derechos es el niño no biológico", explica Dosta a EL PERIÓDICO, que trabaja codo con codo con jóvenes del propio barrio para sostener proyectos educativos en la periferia de Bamako.

La crisis se traslada también al plato de comida y a la bombilla de luz: cortes eléctricos de tres días seguidos, colas de 48 horas para conseguir combustible y carreteras principales bajo control intermitente de las milicias, lo que dispara los precios de alimentos básicos. El paisaje social ha cambiado con la misma rapidez: el islam sufí y de escuela malikí, tradicional pero tolerante y sincrético, ha ido cediendo terreno frente a corrientes rigoristas importadas, visibles en la sustitución del boubou tradicional por el velo integral.

De Libia a Bamako

El detonante histórico se remonta a 2011, cuando la caída de Gadafi tras la intervención de la OTAN en Libia liberó toneladas de armamento y miles de mercenarios tuareg que cruzaron hacia el norte de Mali. Aquel flujo reactivó en 2012 la rebelión independentista de Azawad, rápidamente secuestrada por facciones salafistas-yihadistas como Ansar Dine o Al-Qaeda en el Magreb Islámico, que impusieron la sharia en Tombuctú y Gao entre ejecuciones públicas y la destrucción de mausoleos sufíes declarados Patrimonio de la Humanidad.

Pero las armas libias no habrían prendido sin un terreno abonado. El Dr. Ivan Navarro, investigador de la Escola de Cultura de Pau (UAB), insiste para EL PERIÓDICO en que los grupos yihadistas triunfan porque actúan como "proveedores de orden, seguridad, justicia y servicios básicos allí donde el Estado ha desaparecido por completo".

A esa ausencia institucional se suma una crisis económica que golpea a la juventud: la periodista maliense Bintou Diabaté, que se quedó sin trabajo cuando su proyecto radiofónico perdió financiación, resume para este diario que el dilema de miles de jóvenes rurales sin estudios: "O se enrola en un grupo armado para recibir un salario, o se sube a una piragua rumbo a Europa." Para subsistir, Diabaté ha tenido que fundar una empresa agroalimentaria, Bbio, y también ha creado un podcast cultural llamado 'Kunben'.

El Dr. Dagauh Komanen (ULPGC), en una entrevista para EL PERIÓDICO, añade la dimensión de los agravios históricos entre comunidades: el derecho heredado de la colonización protege al agricultor sedentario y desprotege la trashumancia, mientras que "la sharia, nacida en una cultura beduina nómada, gestiona mejor la cuestión de la tierra para los pastores". Cuando una comunidad como los fulani se siente expoliada por el Estado, "tiende a orientarse hacia la ideología que defiende sus intereses", en un proceso agravado por decenios de financiación wahabí procedente del Golfo que fue erosionando el islam tradicional local.

El fracaso occidental y el giro hacia Moscú

Entre 2013 y 2020, pese al despliegue de la Operación Barkhane, la misión MINUSMA, la EUTM europea y bases estadounidenses de drones, los ataques armados en la región aumentaron un 1.300%. "La estrategia de seguridad de Occidente se ha mostrado completamente ineficaz porque nunca puso en el centro el cuidado de las poblaciones ni la defensa de los derechos humanos", sostiene Navarro. El hartazgo popular y militar desembocó en la cascada de golpes de Estado de 2020 a 2023, la creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES) y la ruptura con la CEDEAO, seguida de un giro hacia Rusia: los mercenarios de Wagner, hoy reestructurados como Africa Corps, sustituyeron a las tropas europeas a cambio de concesiones mineras.

El resultado, lejos de contener la amenaza, ha sido una escalada de violencia contra los civiles. Héni Nsaibia, investigador sénior de ACLED, es tajante: "En Mali, el Ejército y sus socios rusos matan hoy a más civiles que todos los grupos yihadistas juntos. Las autoridades imponen una narrativa de éxito y bloquean a la prensa independiente, pero las operaciones no contienen la amenaza." La ruptura en 2023 del Acuerdo de Paz de Argel selló además una alianza táctica entre separatistas tuareg y la filial de Al-Qaeda, JNIM, que ha infligido derrotas severas a las tropas gubernamentales y rusas.

JNIM contra el Estado Islámico

El mapa yihadista no es monolítico. JNIM, liderado por el histórico Iyad Ag Ghaly, ha ganado terreno gracias a su capacidad de adaptación local y a canales de propaganda en lenguas vernáculas como el bambara o el mooré. Frente a él, el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS o ISSP) no reconoce fronteras ni concesiones: "Para ellos, cualquier territorio conquistado se convierte en una provincia del Califato global", explica Komanen, quien recuerda que ambas organizaciones libraron entre 2017 y 2021 una guerra fratricida con más de 2.000 muertos.

Pese a sus diferencias, ambos comparten una táctica devastadora: el asedio económico. Dos hombres en moto pueden quemar cisternas de combustible y desaparecer antes de que llegue la aviación militar, sembrando el pánico entre transportistas y estrangulando ciudades enteras. Nsaibia detalla cómo esta técnica, ensayada en pequeñas aldeas en 2017, ha escalado hasta paralizar Bamako con un embargo de combustible que provocó apagones masivos y desabastecimiento generalizado.

Esa maquinaria bélica se financia con una economía criminal híbrida: secuestros millonarios —como el de un príncipe emiratí en 2025, cuyo rescate de 50 millones de dólares permitió lanzar la ofensiva sobre Bamako—, minería ilegal de oro, contrabando de combustible y el cobro sistemático del zakat como impuesto revolucionario. La derogación en Níger de la ley contra el tráfico de personas, tras la ruptura con la UE, ha reactivado además las redes de tráfico migratorio, otra fuente de ingresos para la insurgencia mientras esta se expande hacia el golfo de Guinea.

Las víctimas invisibles

La población civil sufre una doble victimización, atrapada entre el yihadismo y las represalias estatales. Jeff Mutombo, de Médicos Sin Fronteras, describe a este diario que las comunidades obligadas "a consumir hierbas silvestres para calmar el hambre" en zonas sitiadas de Burkina Faso, mientras el colapso sanitario dispara enfermedades prevenibles como el sarampión. Las mujeres, que sostienen buena parte de la economía familiar tras la huida o muerte de los hombres, siguen excluidas de cualquier negociación de paz: informes de ONU Mujeres sitúan en el 89% la prevalencia de la mutilación genital femenina en Mali, un país sin legislación que la prohíba.

Para Navarro, la indiferencia internacional obedece a una mezcla de fatiga informativa y "necropolítica": la atención se ha desplazado hacia Ucrania y Oriente Medio, dejando al Sahel en el ostracismo. Aun así, existen fisuras de esperanza: en varios municipios rurales, líderes comunitarios, imanes y redes de mujeres negocian directamente pactos de no agresión con mandos yihadistas locales para mantener escuelas y mercados abiertos.

El intento de golpe en Níger confirma que la espiral de violencia en el Sahel no se detendrá solo con armas o proclamas soberanistas. Sin un giro que devuelva los servicios básicos, la mediación comunitaria y la protección civil al centro de la agenda internacional, la región seguirá deslizándose hacia un abismo de consecuencias imprevisibles para África y para Europa.

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Fuente: El Periódico

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