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Opinión | El trasluz

Otra manera

Hombre fumando un cigarrillo.

Hombre fumando un cigarrillo. / Shutterstock

Veo mi mano a medio metro de distancia de mis ojos, apoyada en el reposabrazos del sofá. Sostiene, entre los dedos índice y corazón, un cigarrillo. El humo sale primero en línea recta, hacia el cielo. Enseguida, sensible al mínimo cambio de temperatura o corriente de aire, se vuelve loco, produce volutas desiguales, y va hacia aquí o hacia allá, como si no supiera qué dirección tomar para hallar la paz. Tengo que anotar esto en la memoria, me digo, sea lo que sea la memoria y se encuentre donde se encuentre (en el hipotálamo, por lo visto). Se trata de uno de esos momentos únicos, por banales y mágicos, que recordaré toda mi vida, quizá en el instante de mi muerte.

A medida que el cigarrillo disminuye, disminuye también mi yo. Eso es lo que siento, eso es lo que debo de anotar antes de llegar al filtro. No se trata de una disminución metafórica. El cuerpo continúa ocupando el mismo espacio en el sofá, pero mi conciencia se encoge igual que el cigarrillo. Dentro de poco no quedará de mí más que un punto rojo rodeado de ceniza. Descubro entonces que el humo sale de mi cabeza. El tabaco solo le presta un argumento visible a lo invisible.

Me incorporo para comprobar si el salón permanece en su sitio. Y permanece, en efecto, aunque ligeramente desencajado. La biblioteca respira. Los libros dilatan y contraen el lomo con la calma de unos animales dormidos. Al reloj de pared le ha dado un ataque de pereza: deja pasar una cantidad escandalosa de tiempo entre un segundo y el siguiente. Cuando los relojes fallan, no se retrasa el tiempo, se afloja la realidad. El cigarrillo está ya cerca del filtro, que muestra una dignidad extraña, como la del empleado que va a ser despedido al final de la jornada y continúa haciendo su trabajo con una profesionalidad conmovedora.

Lo aplasto en el cenicero, en fin. Durante un instante, el humo que asciende de la colilla y el que aún permanecía suspendido en el aire se abrazan y forman una única columna temblorosa. Después desaparecen. No recuerdo qué era exactamente lo que debía anotar para toda la vida. Pero conservo la certeza de que, durante unos minutos, estuve sentado en el borde mismo de la realidad, viendo cómo el mundo ensayaba, delante de mis ojos, otra manera de existir.

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