No nos merecemos todo esto

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01 nov 2023 / 10:07 h - Actualizado: 01 nov 2023 / 10:08 h.
  • No nos merecemos todo esto

Inicio esta reflexión citando a Homero en la Ilíada: “Tal como la vida de las hojas, así es la de los hombres. El viento esparce las hojas por el suelo; la selva vigorosa produce otras y éstas crecen en la primavera. Pronto viene una generación de hombres y otra termina”. Con mis casi setenta años, he visto caer muchas hojas y florecer muchas otras, he visto aparecer en la escena política personajes que antes o después se fueron con la misma rapidez que llegaron, eso sí, dejando a la sociedad la herencia y las secuelas de crisis, progreso o retrocesos. Sin embargo, mientras lucían su poder y gracias a la propaganda engañosa que despachaban, no todo el mundo era consciente de la repercusión que sus políticas y acciones habrían tenido. ¿Hay en España actualmente la conciencia de que Pedro Sánchez está provocando una profunda crisis que tendrá graves consecuencias? Para la mayor parte de los españoles quizás no se trate de una angustiosa conciencia de crisis, pero sí de un sentimiento consciente que nuestra democracia enfila un callejón sin salida.

Siempre he creído que, por una especie de ley natural, ciertos populismos políticos tienen un ciclo de vida definido: nacimiento, crecimiento, florecimiento, envejecimiento y muerte. Por tanto, tengo que creer que también los movimientos que el actual presidente del gobierno en funciones está llevando a cabo para poder mantenerse en el sillón de la Moncloa corren inexorablemente hacia la muerte, a pesar de sus intentos por evitarla. Lo cierto es que esta política no se practica de acuerdo con los objetivos de la sociedad, sino de acuerdo con unos objetivos personales.

Son despropósitos tras despropósitos, como el de hace unos días, donde humillaba a todo el país sentando a una delegación socialista con un fugado de la justicia que exhibía a sus espaldas una enorme foto del referéndum ilegal del 1 de octubre. Al mismo tiempo, seguimos también asistiendo al espectáculo horrible que nos ofrecen muchos rincones del mundo azotados por pavorosos conflictos de guerra, de hambre y de odio.

Freud describía malestares de su tiempo afirmando: “Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia”.

Es como si asistiéramos a una cultura, a una civilización en proceso de desintegración en el que casi todo es objeto de problema. La España sensata está cansada, como están cansadas las personas de buena voluntad en el mundo.

¿Qué sentimientos nos sugiere todo esto? Mayoritariamente de dolor, tristeza, angustia, falta de esperanzas, humillación, vergüenza, miedo, rebeldía, hartazgo y ansia de libertad. Por otra parte, muchas personas ante la desesperanza escogen encerrarse en sí misma, como si fuese un muro que construyen para aislarse de la realidad y protegerse. ¿De dónde provienen esos sentimientos? Pues creo que provienen de lo más hondo del corazón humano: la búsqueda del sentido de nuestra vida y la necesidad de adoptar una posición frente a lo que sucede. Son vivencias que nos interpelan a todos. Frente a lo difícil del desafío, es posible y humano reflexionar, dudar y hasta sufrir por lo que nos pasa, nos pasó y por lo que sentimos que nos va a ocurrir.

La realidad es que todo este caos provocado por puro egoísmo, destruye la legalidad, atiza la enemistad, borra a la humanidad. El punto sólido de resistencia que hay que buscar reside entre la capacidad de no aceptar la expansión de este caos -y por tanto rechazar estos actos ilegales, inmorales e inhumanos- y el reconocimiento de la necesidad de encontrar soluciones que hasta ahora han faltado debido a la poca capacidad para afrontarlos.

Esta capacidad también reside en la política, que está llamada a imaginar soluciones en las que hasta ahora hemos fracasado. «La política es el arte de lo imposible», afirmó Václav Havel. Y hoy más que nunca lo necesitamos.


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